Poincaré y la política internacional

El mundo de la política internacional se parece a tableros de juego con varios jugadores que no ocupan posiciones igualitarias, sino jerarquizadas, y donde se desarrollan diversas partidas simultáneas. La información de la situación y de las consecuencias de las propias acciones siempre resulta incompleta, incluso bastante precaria. Estos dos factores, la falta de calidad de los datos iniciales y la imposibilidad de asignar probabilidades fiables a las consecuencias de las decisiones, hace que los cálculos de los gobiernos puedan fracasar estrepitosamente.

1) La falta de calidad de los datos. Se trata de una versión más compleja de lo que en ciencia se conoce como el problema de los tres cuerpos. Desde prácticamente el momento en que Newton unificó en una sola teoría los movimientos de los planetas (astronomía) y los movimientos de los «objetos terrestres» (física) surgió el llamado problema de los tres cuerpos. La física clásica suele estudiarse a partir de las leyes que rigen la interacción de dos cuerpos (dos planetas, por ejemplo). Sin embargo, cuando son tres los objetos que interactúan entre sí, la formulación matemática de lo que ocurre resulta mucho más complicada que cuando sólo hay dos. De momento, esto no provocó grandes problemas científicos, ya que las leyes newtonianas son deterministas: cuanto mejores fueran los cálculos de las condiciones iniciales, más previsible sería establecer la posición y velocidad final de los planetas u objetos que interactuaban.

Sin embargo, a principios del siglo XX, Henri Poincaré se dio cuenta de que una pequeña diferencia en las medidas del momento inicial de los tres cuerpos se incrementaría rápidamente con el tiempo, dando lugar a unos resultados muy alejados de las previsiones matemáticas. Así, como una exactitud perfecta en las medidas iniciales resulta imposible, Poincaré postuló que habrá una notable diferencia o incertidumbre entre lo previsto matemáticamente y los resultados empíricos de los fenómenos físicos. De hecho, esta incertidumbre podía llegar a ser casi del mismo rango que si la predicción se hiciera de manera aleatoria.

Durante siete décadas, esta conclusión del físico y matemático francés no fue tenida muy en cuenta por la colectividad científica. Sin embargo, fue reintroducida a partir de los análisis informáticos de un meteorólogo, E. Lorenz, que abrieron la perspectiva de la mal llamada teoría del caos. Como es conocido, Lorenz tituló su famosa conferencia de 1972 ‘Predictibilidad: ¿el aleteo de una mariposa en Brasil provoca un tornado en Texas?’ A medio o largo plazo, cuando intervienen diferentes variables interrelacionadas, establecer predicciones fiables no resulta posible. Esto no significa que el comportamiento de los objetos sea aleatorio, sino que, al ser los datos iniciales imposibles de medir con total precisión, los resultados finales se alejan mucho de los cálculos obtenidos matemáticamente a partir de aquellos datos. Los meteorólogos luchan cada día contra este tipo de incertidumbres. Se trata de una cuestión estructural. No se arregla aumentando la potencia de los ordenadores. La complejidad de las interacciones con datos iniciales dotados de cierto grado de imprecisión, aunque sea pequeño, impide el control de las incertidumbres de los fenómenos físicos a través del tiempo.

El mundo de la política es más complejo que el de la física. Hay muchos más actores y muchas más variables interrelacionadas. Los intereses y los objetivos suelen estar fijados, pero los gobiernos se encuentran con situaciones de indeterminación en parte debidas a una ausencia de calidad en los datos iniciales.

2) La imposibilidad de asignar probabilidades fiables a las consecuencias de las decisiones. Habitualmente, los gobiernos tampoco pueden establecer cálculos fiables sobre las probabilidades asociadas a las consecuencias de cada una de las posibles alternativas de acción. En estas condiciones no hay reglas de decisión racional que puedan ser aceptadas con carácter general. De lo que sí se dispone, sin embargo, es de todo un conjunto de reglas que los actores pueden elegir según cuales sean sus actitudes subjetivas sobre el caso. Pero se trata de reglas incompatibles entre sí. Así, el margen de actuación de los gobiernos se sitúa entre las reglas llamadas maximin y maximax.

La regla máximin es de tipo conservador. Está basada en una aversión al riesgo. Recomienda actuar de manera que el actor minimice su máximo riesgo posible. O sea, el actor se pone en su peor situación potencial posible y trata de minimizarla. Por el contrario, la regla maximax recomienda actuar desde el supuesto de que el actor ganará la partida. Entre estas dos reglas en situaciones de incertidumbre se sitúan otras de carácter intermedio.

Así, la regla máximin difícilmente será implementada por actores políticos fuertes en el ámbito internacional. Su voluntad de actuación estará siempre que pueda cerca de la regla maximax, a nos ser que otros actores decisivos amenacen con aplicar la misma regla. Obviamente, apelar al diálogo siempre es importante. Pero aquí un diálogo efectivo presupone querer llegar a un pacto estable de intereses por parte de los principales actores implicados. En estas circunstancias, los liderazgos se vuelven decisivos. La misma situación con liderazgos diferentes conllevará resultados diferentes. Los liderazgos son una variable importante de las reglas y decisiones políticas internacionales. Cuando se combinan con datos incompletos o imprecisos, tal como advirtió Poincaré, y no se conocen las probabilidades de las consecuencias de las diversas acciones posibles, resulta imposible establecer conclusiones fiables a medio plazo. El futuro de las situaciones complejas siempre estará abierto. En el ámbito de la física y, sobre todo, en el ámbito de la política.
ARA