Política y emociones

La capacidad de amar o de emocionarnos no la perdemos con la edad, tampoco en la política. Pero hay personas con pedigrí progre que reprueban en público la dimensión emocional de las posiciones políticas que no comparten. Hay progres exquisitos que reprueban el nacionalismo por emocional y olvidan su historia emocional, que les ha hecho vibrar desde «por el cambio» hasta el «no a la guerra» pasando por el patriotismo sandinista. Tomamos esta frase de un líder político contemporáneo: «Sólo puede ser presidente alguien que desea, ama y quiere». O esta otra: «Nuestra doctrina es, sobre todo, un sentimiento, y no es y no debe ser una construcción ideológica. Para liderar el cambio es imprescindible hacerse cargo del estado de ánimo de los demás». La primera corresponde a François Miterrand, la segunda es de Felipe González refiriéndose al socialismo.

Hay cuatro consideraciones diferentes que podríamos hacer sobre esta reacción progre. Podría resumirse de la siguiente manera. 1. Algunos olvidan o justifican su propia historia emocional y sólo identifican valores, sentimientos y emociones como elementos conservadores. 2. A medida que se han dedicado a la maquinaria de gobierno han gestionado prescindiendo de las emociones como una dimensión del hacer política, de la conexión con la gente y como vehículo de auscultación del pueblo. 3. Obsesionados por tener la razón (el futuro es nuestro) y por no tener que renovarla por la superioridad de sus argumentos y propuestas, han visto perplejos cómo han perdido la adhesión emocional incluso de los suyos. 4. Consideran que hay unas causas sociales, las suyas, que deberían generar emoción o indignación, pero no entienden y no aceptan que los ciudadanos se emocionen tanto o más por otras causas.

Creer que la política funciona despojada de pasión y emoción, como una ecuación matemática, es errar el tiro. La política implica hechos y soluciones, pero es también ilusión y entusiasmo, capacidad de movilización desde el corazón, sueños y esperanzas. Los ciudadanos tienen necesidades por cubrir, bocas para alimentar e hipotecas por pagar, pero también tienen alma y ánimos. De hecho, las emociones son móviles siempre presentes en nuestra acción. Nos guste o no, sentimos más que razonamos. Las creencias producen afectos que nos llevan a desear el logro de metas, provocando en nosotros un conjunto de disposiciones ejecutivas: la implicación, el compromiso, la resistencia, la solidaridad, la cooperación, etc.

Hay una prevención racional(ista) hacia el papel de los sentimientos en la política. Está justificada y es comprensible, porque los populismos manipulan descaradamente esta dimensión vulnerable de la persona. Sospechamos de la retórica persuasiva que desprecia la verdad y que, conociendo nuestras vulnerabilidades, activa las pasiones humanas -incluso las bajas- persiguiendo únicamente nuestra adhesión acrítica. Pero el problema también es que la gente se emociona por causas que no coinciden con las nuestras o que no coinciden con las que algunos creen que deberían ser dignas de emoción. La diferente escala de prioridades doctrinales hace que a menudo nos escandalicemos porque «la gente» se emocione por temas que consideramos triviales. ¿Deberíamos movilizarnos más por el sufrimiento de los parados o por la ruptura del modelo educativo de inmersión lingüística? ¿Por más conciencia nacional que conciencia de clase, o al revés? Con seis millones de parados, miles de desahuciados y otros miles de afectados por las preferentes, se ha creído que lo que debería provocar una reacción emocional unitaria era la cuestión social y sus injusticias y no la cuestión nacional, como si fueran un juego de suma cero.

Hay por parte de algunos un importante desencanto al darse cuenta de que permanece una comunidad de sentimientos, pero no por las causas relatadas en el manual del buen progresista. Y entonces se tiende a pensar que este sentimiento moral es débil, inadecuado o incluso que se ha degradado hasta convertirse en perverso. Por eso cierto catecismo progre desprecia y sospecha de una vía catalana que ha desplegado entusiasmo, alegría, sentido comunitario, exaltación cívica, ilusión, dedicación, esfuerzo y compromiso.

EL PUNT – AVUI