Verdades apotropaicas

La comunidad imaginada, bajo cualquiera de sus muchas multiplicidades, desde las variaciones indigenistas, pasando por la nación, el Estado y el imperio, requiere de una serie de historias que validen su legitimación. En esto participan la visión mítica, que en ocasiones se pretende también lo sea mística fusionando geografía y metafísica, política y religión. De esta manera la diacronía obligada del devenir de los pueblos se asemeja, primero, al natural fluir de las cosas temporales dentro del espíritu que anima la supervivencia. Idea influenciada en la última época por un darwinismo evidente, donde el pez grande se ve en la necesidad de comerse al pequeño, cuya defensa más efectiva viene a ser aquella de pasar lo más desapercibido posible, si es posible mimetizándose con el paisaje del entorno más inmediato. El mismo destino que históricamente ha venido acompañando a la mujer consorte del héroe triunfante, resuelta para la conciencia general con su anónima presencia bajo el simplismo que afirma haber detrás de todo gran hombre la inteligencia de una mujer. Mas lo importante de estas historias dominadas por un falso cientificismo o impuestas desde la visión patriarcal no es tanto lo que dicen como aquello que puedan significar, puesto que, siguiendo la pauta del filólogo alemán Walter Burkret, deberíamos tener siempre muy en cuenta el que «una historia es una estructura de sentido».

No hacerse notar, en el correlato de las historias, tiene sus desventajas. Así, la principal de ellas pasa por el hecho de que la historia de los pueblos sometidos siempre es contada desde la visión omniabarcante de las grandes naciones, de los estados y de los imperios. La misma que en un esfuerzo por comprender los resortes que mueve el hecho de contar historias, Eric J. Hobsbawm intenta diseccionar en su conocido ensayo Sobre la historia, en una de cuyas partes se analiza aquella concerniente a los de abajo. Así, entre nosotros, un raudal de nuevos historiadores parecen querer poner fin a este desgraciado asunto. Son los Roldán Jimeno, Peio Monteano, Pedro Esarte, Joseba Asirón, etcétera. Pero aún estos nos hablan de estructuras de poder desaparecidas, de estados, como el navarro, que ya no se encuentran, y de modos y pautas de comportamiento de lo establecido en cada momento de manera más o menos puntual. Esta historia parte de una pérdida y, aún de forma crítica, también de la visión paradisíaca basada en el hoy por hoy imposible retorno al punto de estadía temporariamente superada. Aquel lugar donde el pasado se analiza en presente.

La pérdida, como afirma Burkert, es elemento fundamental en la magia apotropaica de los rituales de rechazo característicos de las historias de huidas y rituales oferentes: «la forma de llevarlos a cabo consiste en arrojar o derramar para los perseguidores extraños lo que les corresponde; con frecuencia se advierte a la gente de que no mire hacia atrás al abandonar la escena del sacrificio». En ocasiones, nos confirma el autor, la pérdida de un elemento contribuía a la salvación del resto, dando paso a ceremonias sacrificiales como la recordada por el mismo de cara a aplacar la voracidad del dios del fuego Agni bajo la fórmula del «te doy para que te vayas». Perdida definitivamente la independencia, un autor como Juan de Huarte (1550-1625), subprior que fuera de la Colegiata de Roncesvalles, agradece haber ganado a cambio la paz entre navarros. Dependencia, anexión, o como quiera denominarse, a cambio de la tan ansiada paz es lo que parece agradecer. Lo cual en modo alguno ha de justificar tamaña tropelía, la de la conquista. Como quiera que la historiografía oficial parece empeñada en fomentar la inoperancia revisionista de los hechos acaecidos, estos parecen tornarse, como en Sodoma y Gomorra, en petrificadas por inamovibles visiones del pasado. La verdad de lo acaecido, sin embargo, en modo alguno determina lo que pueda acontecer, salvo en el modo ideológico de presentación. Y éste, como en el efecto apotropaico, puede contar con un valor añadido consistente básicamente en conjurar y protegernos del mal mayor por acaecer.

Ahuyentar el mal, sacrificando una parte en función de un beneficio mayor, es parte del buscado efecto apotropaico. La etnografía del país recoge una multiplicidad de usos y costumbres con la misma preventiva finalidad. Gestos que Fermín Leizaola, sin ir más lejos, recogía de prácticas consistentes en poner tejas de otro color formando la cruz en las techumbres de algunos caseríos, así como las más conocidas de colocación a la entrada y en el umbral de nuestras casas de la eguzki lore o sorgin kontra para impedir la entrada de las brujas y el begizko o mal de ojo. Hasta en el arte contemporáneo, nos recuerda Angela Vattese, hablándonos del lenguaje de retazos, como «la sensación dominante es la de una precariedad que aumenta de forma proporcional el ansia por no tener nada duradero que transmitir a la posterioridad. En las artes visuales, esta inseguridad, por un lado, ha llevado a la fragmentación de las formas, a la negación de lo áulico y de lo sacro a favor de lo transitorio; pero, por otro lado, ha defendido la ritualidad del mismo arte, con un rostro materno, de cuidado, de acto o cosa que apunta a la curación o a la enmienda de las cosas dañadas.» Las acciones apotropaicas cualquiera sea el destino reservado tienen como una de sus funciones principales la de la protección. En todos estos casos, indudablemente, del ser o especie humana.

La misma capacidad disuasoria es la que se le supone a la parte de la filosofía conocida bajo el nombre de Ética. Si las verdades apotropaicas son todas aquellas que nos ayudan a conjurar el mal, siguiendo la máxima de más vale perder una batalla para así poder ganar la guerra, la lógica de pérdida de una parte para la salvaguarda del todo, ello mismo parece justificar el que el enemigo algo debe llevarse a cambio. Es decir, que todo triunfo requiere de un sacrificio, significando así también de paso la naturaleza apotropaica de la política. Verdades apotropaicas son aquellas que vamos dejando en el camino de la consecución de las nuevas adquisiciones paradigmáticas. Las de la ética no pueden ser otra cosa que apotropaicas en el intento de conjura del mal inherente a la naturaleza humana. Y de todo ello nos hablan los filósofos Rüdinger Safranski, en El mal, y Richard J. Bernstein, en El mal radical.

Julio Urdin Elizaga
NOTICIAS DE NAVARRA