Miedo

Simplicius se pregunta: ¿Qué fuerzas marcan en estos últimos tiempos el rumbo del Gobierno de España? ¿Cómo se explica la antidemocrática dureza de la próxima Ley de Seguridad Ciudadana? ¿Qué le lleva a adoptar unas posturas tan rigurosas e inflexibles en lo que respecta a la libertad del hombre y del ciudadano? ¿Qué explicación tiene sus reticencias a la aceptación de la deslegitimación por parte del tribunal europeo de la llamada doctrina Parot y su persecución de cualquier manifestación de alegría por las liberaciones de personas presas?

Porque por muchos y graves crímenes que hayan cometido, los presos de ETA que han pasado años y años en la cárcel, son también personas y tienen familias. Familias a las que no se les permite ni alegrarse de que hayan salido y de tenerlos en casa sin tener que recorrer todas las semanas o todos los meses miles de kilómetros para verlos.

¿Qué justificación, inexplicable para los ciudadanos, tiene para mantener en la cárcel a personas sin acusaciones concretas de delitos? ¿Por qué no los juzgan ya los tribunales?

Vista la velocidad a la que funciona la llamada justicia en el Estado español no hay más que ver los once años que ha tardado la cagada del Prestige, Otegi, que no está acusado de delito de sangre, saldrá a tres patas o en ruedas. Se dice que el miedo es el principal demonio que arrastra a los cobardes al crimen y a la injusticia. Alguno preguntará a Simplicius: ¿Miedo a qué? Y Simplicius contestará: miedo a no satisfacer a una parroquia atadoybienatadofranquista y pasar en las próximas elecciones al bíblico llanto y rechinar de dientes. Termina Simplicius apresurándose a mandar este escrito a la prensa, antes de que le alcance la previsible Ley de Antilibertad de Expresión. ¿Qué hacemos nosotros con esa gente? ¿Cuándo nos largamos?

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