El sexo común

Imagínese un país que implanta una solución original a la vista de la reincidencia de los violadores. Esta fórmula se llamaría ‘sexo común’ y consistiría en regular una comunidad estable entre el violador y sus víctimas. Una vez que una persona haya sido víctima de un violador, queda para siempre a disposición de su violador, a quien ya no le hará falta ir a traumatizar nadie más cuando quiera satisfacer sus necesidades sexuales.

Intentaré compartir con vosotros por qué es así mismo como entiendo el concepto de ‘lengua común’ que nos proponen los españolistas partidarios del genocidio lingüístico: una vez he violado tus derechos imponiéndote el conocimiento de mi lengua, no sólo no seré castigado por mi acto criminal, sino que, de propina, siempre te deberás supeditar a mis necesidades comunicativas.

Para llegar a entender qué quieren decir los genocidas cuando hablan de ‘lengua común’ se deberá primero comprender que, propiamente, este sintagma es una tautología o redundancia, como si dijeran ‘lengua lingüística’ o ‘lengua comunicativa’, porque cada lengua es el bien común de un grupo humano.

Podemos encontrar quien define la lengua así: ‘Una lengua o idioma es un sistema de comunicación […] propio de una comunidad humana’, podemos escuchar a Ferdinand de Saussure cuando dice que la lengua es esencialmente social y presupone la colectividad (‘la langue existe dans la collectivité’) o remitirnos a Chomsky cuando teoriza sobre ‘an ideal speaker-listener, in a completely Homogeneous speech-community’. No hay ninguna lengua que no sea común de su comunidad.

De modo que, a primera vista, cuando alguien reivindica la supremacía de una lengua sobre otras pretendiendo que la primera es ‘lengua común’ podríamos pensar simplemente que es un bobo. Está lleno. Como los firmantes de un manifiesto que descubría que ‘las lenguas no tienen territorio’ en flagrante desconocimiento de dos siglos de geolingüística o de la Carta Europea de Lenguas Regionales o Minoritarias. O los tontos que pregonan que no hay derechos colectivos, como si no existieran la Carta de las Naciones Unidas, la libertad religiosa o la protección de la familia, o, aún sin fuerza legal pero sí moral, la Declaración Universal de los Derechos los Pueblos o la Declaración de las Naciones Unidas sobre los Derechos de los Pueblos Indígenas. Pero no nos dejemos confundir por el lobo con piel de burro. Porque el ideólogo neofranquista del genocidio lingüístico, Fernando Savater, o sus corifeos, se llamen De Carreras, Cañas o Rivera, de burros no tienen nada. Cuando el primero reclamaba en La Vanguardia el ‘derecho’ de los castellanohablantes de ser monolingües en Cataluña, justamente pretendía el derecho de excluirse de nuestra comunidad como la mejor manera de hacerla inviable. De modo que lo saben, que cada lengua es común y no hay ninguna más común que las otras. De la misma manera que no hay ninguna lengua más lingüística que las otras.

¿Qué buscan, pues? Han sustituido a los decretos abiertamente genocidas de Alfonso XIII y de su títere Primo de Rivera, el exabrupto de hace unos años requiriendo que hablemos la lengua del imperio o en cristiano, o el paternalismo condescendiente de mostrarnos que es de buena educación renunciar a nuestros derechos, ahora se lleva la postura del experto que reclama la gran ‘solución’ al multilingüismo: imponernos su lengua lo resuelve todo, abarata el coste de los organismos públicos y les permite fortificarse en el su monolingüismo. Solución que, curiosamente, no les es válida cuando se trata de elegir el monolingüismo en inglés en los organismos continentales o mundiales (¿recordais el cabreo de las patentes?).

En síntesis, pretenden consagrar una supracomunidad integrada por la comunidad de los hablantes nativos del castellano y todas aquellas comunidades a las que se ha impuesto (con crímenes, con leyes antidemocráticas, con la constitución neofranquista que consagra al desigualdad ante la ley…) la obligación de saber castellano. Los violadores y sus víctimas. La casta monolingüe y los esclavos que les hacen gratuitamente de traductores o intérpretes.

Todo esto, claro está, pasándose por donde sea necesario que en una comunidad entre los nativos del castellano y los que lo tenemos como una L2 descafeinada (no se nos enseñó con la metodología correcta, se nos impuso como única opción de escolarización) da una ventaja estratégica a los que la tienen como lengua primera. Una comunidad que no sólo premia el genocidio lingüístico sino que, además, lo convierte en una herramienta permanente en beneficio de la supremacía de los castellanohablantes.

No os ha de extrañar que, siempre que me hablan de la lengua común, me venga a la cabeza Can Felip (la casa de Felipe (¿V?).