Esto de la España plurinacional no se lo cree nadie, si exceptuamos, claro está, un reducido número de socialistas catalanes completamente despistados
De forma totalmente desenfadada, un amigo y reconocido historiador tarraconense dijo recientemente, durante la presentación de un libro por Sant Jordi, que no hay ningún otro profesional que al final de su carrera haya mentido tanto como un profesor de historia; su chocante afirmación se basaba en el actual dinamismo que tiene la investigación histórica y que continuamente nos hace replantear, e incluso cambiar, conceptos que en ocasiones creíamos totalmente dogmatizados. Esto, en cambio, no tiene nada que ver con otros tipos de mentiras históricas que algunos tertulianos sin formación o con mucho cinismo intentan meter en los debates que actualmente se producen respecto al democrático y legítimo derecho a decidir de los catalanes.
El nacionalismo español se ha apropiado inadecuadamente del concepto de Hispania para sentenciar que los habitantes del noreste peninsular, antes de que estos comenzaran a hablar en catalán (siglos X y XI), ya eran españoles. Hispania es, en esencia, un término puramente geográfico que ha ido variando su contenido según las diferentes culturas que nos han precedido. Mientras que los fenicios (los acuñadores de esta palabra) abarcaba las regiones litorales más occidentales del Mediterráneo, los romanos implicaba la Península Ibérica y para las monarquías cristianas medievales, la parte del territorio peninsular ocupada por los sarracenos.
La Hispania de las primeras centurias únicamente era una provincia del imperio romano que ya desde el inicio fue fragmentada en dos (y posteriormente en tres) territorios administrativos diferentes. Por tanto, hoy en día todo el mundo acepta que, al igual que la vecina Galia, la Hispania de los romanos no es la prefiguración política de nada que haya podido acontecer posteriormente.
La Hispania de los visigodos, tres cuartos de lo mismo, los visigodos eran un pueblo germánico que llegó a nuestras tierras en el siglo V; su capital inicial en Narbona se trasladó a Barcelona y posteriormente a Toledo, ni en este momento de máximo esplendor podemos hablar de una unidad política peninsular consistente, ya que las luchas internas y las otras naciones que también ocupaban este espacio (sueva y bizantinos) no lo hicieron posible. En todo caso, los visigodos sólo representaron un tres por ciento del total de la población y rápidamente sucumbieron a la invasión musulmana, replegándose hacia la zona noreste pirenaica, donde formaron la Gothia (que los historiadores posteriormente han llamado la «Marca Hispánica», futuro embrión de los condados catalanes). Si quisiéramos ser muy puristas, la llamada «reconquista» sólo sería un término adecuado (y de forma muy parcial) si la aplicáramos a la zona catalana; en Asturias, el legendario Don Pelayo, probablemente no contó con la ayuda significativa de muchos visigodos.
Por otra parte, cabe señalar que ni romanos ni visigodos pudieron ocupar nunca el País Vasco, de hecho, coincidiendo con el inicio de la invasión musulmana, el rey Rodrigo aún estaba batallando en esta zona en el enésimo intento por reducirla. Es bonito recordar que, incluso dentro del actual territorio catalán, y más concretamente en la zona del alto Pallars, seguramente se habló el vasco hasta los alrededores del año 1000. En todo caso, si algún españolista sigue insistiendo en el tema de Hispania, hay que invitarle inmediatamente a ir a explicar sus teorías a los portugueses (los hispanos de occidente), a ver si consigue algo diferente de una gran carcajada.
Lo que realmente ha marcado el organigrama y los conceptos políticos y culturales de la Península Ibérica hasta nuestros días tiene su origen en la Edad Media, cuando, tras la dominación árabe, que acabó de borrar cualquier vestigio político precedente, se configuraron (con permiso de los vascos) las tres grandes naciones hispánicas actuales: la galaicoportuguesa, la española (castellana) y la catalana (la única que actualmente no ha recuperado su antiguo estatus de soberanía política). Eso que entendemos ahora por España nace en el siglo XVIII, cuando los españoles (castellanos) y franceses someten y ocupan militarmente los antiguos reinos de la confederación catalanoaragonesa, también llamada Corona de Aragón. Dentro de estos trescientos años de soberanía española, también hay que mencionar que en el período comprendido entre el 1812 y el 1814, y por orden expresa de Napoleón Bonaparte, «la Catalogne» fue incorporada al imperio francés como un departamento más.
Antes, cuando he afirmado que España es castellana, es porque su cultura, su pensamiento y su lengua lo son, y a que no piense lo mismo también le invito a ir al parlamento español y a hablar en catalán o en gallego, a ver si se lo permiten. Esto de la España plurinacional no se lo cree nadie, si exceptuamos, claro está, un reducido número de socialistas catalanes completamente despistados.
En este actual debate independentista, hay que dejar la historia tergiversada y ciertos sentimentalismos y nos debemos centrar únicamente en el derecho a decidir del todos los ciudadanos de Cataluña, sea cual sea su lengua o nacionalidad. Cataluña requiere con urgencia un parlamento soberano que marque las pautas de nuestra economía y redacte las leyes adecuadas que nos deben garantizar la convivencia. Nuestros recursos y nuestra manera de vivir no deben estar sometidos al capricho de una retahila de gente ajena a nuestro territorio y sin ningún tipo de educación democrática. La paz social, las libertades y la sociedad del bienestar de nuestros hijos así lo exigen.







