AL sometimiento de la Tierra por parte del humano, Bruno Latour, tomando prestado el concepto del climatólogo Crutzen, denomina como tiempo del antropoceno. Curiosamente, en entrevista en un medio de difusión estatal (El País Semanal, 24 de marzo de 2013), y a instancia del entrevistador, se hace una referencia a la relación habida en la actualidad entre ecologismo y territorialidad, el nacionalismo del terruño que en la Francia del entrevistado ha sido traído a la actualidad de la mano del sindicalismo agrario de José Bové. Para el antropólogo, «hay aspectos regresivos en el apego al terruño, y a la vez otros muy importantes sobre la definición de los límites, de los entornos en los cuales vivimos, que son decisivos para el porvenir (…). Pero el problema de la orientación, de la diferencia entre el apego reaccionario o progresista a la tierra, es fundamental». En el caso de la especie humana Descola encuentra una explicación a esta necesidad que tiene de individuación colectiva que antes más se denominara espíritu del pueblo y ahora, según afirma, consideramos más conveniente llamar culturas: «En efecto, no hace falta profesar un relativismo intransigente para admitir, con la opinión común, que en materia de costumbre y de hábitos los usos varían en función de las convenciones arbitrarias y los regímenes de significación por medio de los cuales a los humanos les gusta particularizarse colectivamente a pesar de su identidad de especie». El particularismo, cualquiera sea su gradación desde el pintoresquismo regionalista hasta el más exacerbado nacionalismo no pasa de ser así otra cosa que la simple condición de un hecho, con todo lo que ello conlleva incluida la crítica latouriana del mismo. Este ser que se dice perteneciente a la colectividad o nación dada a la vez se afirma consciente de su superioridad sobre el resto aplicando su necesidad de hegemonía entre los propios congéneres.
Para Latour, la relación del sometimiento de la naturaleza por parte del hombre tradicionalmente ha estado dominada por la visión derivada de cinco tropos, o figuras retóricas, plasmadas en relaciones basadas en las visiones del desarraigo, la conquista, de espejo, dialéctica y, finalmente, de relación de fuerzas. Cosmovisión pentagonal, con todo lo que ello conlleva de poderío y cosmopolítica. Cinco ángulos de visión que vienen a conformar la dualidad enfrentada hombre naturaleza. Todo el esfuerzo realizado en su ya conocido ensayo viene a consistir en un intento inconcluso de superación de este par oposición dentro de la volatilidad y espíritu efímero con el que son tratadas estas cuestiones en el interior de una sociedad que presuntamente se advierte a sí misma como abierta. Y especialmente me llama la atención el último de los tropos considerado como una especie de pulso entre ambos extremos del pareo propuesto bajo el común denominador del colectivo en el cual: «El ser humano, por su crecimiento demográfico y técnico, rivaliza con la naturaleza y se convierte en un elemento peligroso para esta, mientras que antes siempre había sido genéticamente débil y más frágil. Esta forma de relación es totalmente contradictoria con la anterior (dialéctica, según nos recuerda), ya que imposibilita la existencia del fabricante entusiasta, siempre presente en las dialécticas (suaves o duras); igualmente, es incompatible con el tema del desarraigo y con el de la invasión; la madre nodriza y madrastra pasa a ser una madre anciana a la que se debe proteger». Lo que con anterioridad ya denunciara Illich sugiriendo el que: «La antropogénesis es evolución dentro de un nicho cósmico. La tierra es morada y el hombre se ha convertido en una amenaza para ella».
Buena parte de la crítica ejercida por Latour tiene que ver con la superación de la política en tanto cosmovisión tradicional de todo aquello concerniente con los valores, por un lado, y los hechos como confirmación ineludible, y, en ocasiones, irrefutable (matemático es uno de sus sinónimos), apoyadas en el método científico, por el otro. Del avasallamiento producido por semejante dualidad basada en esta oposición surge la confusión sobre qué es lo realmente subjetivo y lo ciertamente objetivo en el mundo de los humanos. Todo movimiento social, por ende, más aún si es tildado como alternativo del sistema, es adscrito a la subjetividad de la apreciación colectiva enfrentada con la analítica de los hechos confirmados, de manera que tan solo y únicamente puedan ser abordados por la legitimada élite especializada en las cosas de la sociedad desde los ámbitos de la acción, de la praxis, y de su teoría emanada desde la aséptica ciencia. Por lo que no deja de llamarme la atención afirmaciones realizadas en esta dirección por pensadores de la categoría de Daniel Innerarity (Premio Príncipe de Viana 2013) cuando considera que el mayor desafío de nuestra sociedad, como si fueran dos cosas diferentes, consiste en saber conciliar economía y política (DIARIO DE NOTICIAS, 7 de mayo). A estas alturas, pensar que economía y política son cosas diferentes es una frivolidad que manifiesta un cierto platonismo de intención, pues en el ámbito de la acción política la economía no deja de ser un instrumento para la consecución de sus fines y viceversa. Frente a la opinión del filósofo, al que admiro profundamente, no creo que exista para nada una ciencia económica neutral. Más bien y teleológicamente se da una economía disfrazada con valores de la política y una política camaleónica que tiende a mimetizarse con el paisaje teórico, más que nada en aras de la autojustificación. Los hechos se ponen así del lado de las certezas y seguridades, mientras los valores lo hacen en el mejor de los casos del lado de los consensos y las conveniencias.
De los mismos nos hablaba ya en su día Leo Strauss desde «la puesta en duda de la premisa fundamental de las ciencias sociales actuales -la distinción entre valores y hechos- (…). La comprensión científica implica una ruptura con la comprensión precientífica y, sin embargo, al mismo tiempo, es dependiente de la comprensión precientífica. Más allá de si es o no posible demostrar la superioridad de la concepción científica respecto de la comprensión precientífica, la comprensión científica es secundaria o derivada. De ahí que la ciencia social no pueda alcanzar la lucidez acerca de sus actos si no posee una comprensión coherente e integral de lo que a menudo se llama el sentido común de los asuntos políticos, es decir, si no comprende en primer lugar lo político tal como lo entienden los ciudadanos o los hombres de Estado; solo si posee dicha comprensión coherente e integral de su base o matriz puede llegar a demostrar la legitimidad, y a hacer inteligible el carácter, de esa modificación peculiar de la comprensión primaria de lo político que es su comprensión científica». De ahí su defensa a ultranza de la visión aristotélica de la política donde el ser humano de acuerdo con su naturaleza deviene en contemplador absoluto del mundo.
http://www.noticiasdenavarra.com/2013/06/12/opinion/tribuna-abierta/39dominus-mundi39






