Por deformación profesional, cada vez que se publican encuestas de opinión, especialmente sobre cuestiones políticas -no importa que sean del CIS, del CEO o de cualquier otro organismo-, no puedo evitar poner más atención a cómo se formulan las preguntas que a las mismas respuestas. Me interesa ver hasta qué punto es la pregunta la que crea las condiciones de la respuesta, y si es el cuestionario lo que impone una lógica global que minimiza el carácter inconsistente de unas opiniones individuales construidas a partir de influencias múltiples y contradictorias. El otro aspecto en el que me intereso es en la elección de los datos que los medios consideran suficientemente relevantes como para destacar, y en cómo las explican, como si ellos mismos no hubieran sido los principales responsables de fabricar esas opiniones.
Sobre la imposición de una determinada lógica desde el cuestionario, en el último avance de resultados del barómetro de abril del CIS que nos ocupó la semana pasada hay un par de ejemplos significativos. Uno es el de la valoración de los líderes políticos. ¿Por qué, en general, los líderes de partidos pequeños suelen tener valoraciones más altas que los que obtienen más votos en las urnas? Se trata de un efecto de cómo se hace la pregunta: sólo se consideran las puntuaciones de los que dicen que los conocen. Así, que Alfred Bosch o Ana María Oramas tengan puntuaciones más altas (3,23 y 3,13) que Rajoy o Rubalcaba (2,44 y 3,00) se explica principalmente porque los primeros sólo son conocidos por un 8,6 y un 7,7 por ciento de los entrevistados (con un peso mayor de los más favorables), mientras que los segundos lo son por más del 94 por ciento, es decir, tanto los seguidores como los contrarios. Los rankings de valoración de los políticos, pues, no dicen lo que parece, y he aquí la explicación de la que había sido la eterna sorpresa por la buena valoración de Duran… ¡cuando no era tan conocido como ahora! El otro caso es el de la autodefinición política, en la que, en la escala del CIS, se puede elegir entre las categorías tradicionales -de conservador a comunista-, que se completan con las opciones nacionalista, feminista y ecologista. Es decir, como si los conservadores o los socialistas no fueran nacionalistas, o como si no hubiera nacionalistas democristianos o socialdemócratas, pongamos por caso.
Sabemos que las encuestas sirven más para crear opinión pública que por el valor de su estudio. En este sentido, es interesante ver qué respuestas se publican y cuáles se consideran irrelevantes desde los mismos medios, en función de sus propias adscripciones políticas. Después de todo, ¿cómo se han formado la opinión los entrevistados? Por ejemplo, es obvio el peso que ha tenido la ruptura del tabú informativo sobre la monarquía en el hecho de que se haya perdido tan rápidamente la confianza en esta institución. Y, hablando de lo que nunca explicará La Razón, hay una pregunta del barómetro autonómico del CIS del pasado otoño sobre cuáles son las condiciones para considerar a alguien como miembro de la propia comunidad autónoma. Que se haya nacido sólo es considerado significativo por 29,2 por ciento de los catalanes, mientras que lo es por 84,3 de los extremeños. En cambio, la voluntad de ser es determinante para el 70,7 por ciento de los catalanes y sólo por un 12,7 por ciento de los extremeños. Son datos muy significativos para saber cómo entendemos la pertenencia unos y otros y, sobre todo, para interpretar las razones de las incomprensiones territoriales: los extremeños, con el señor Monago al frente, se imaginan que los catalanes son… ¡como ellos! Atención, pues, a no utilizar las encuestas de opinión para dibujarnos el mundo a nuestro gusto: suelen decir mucho menos de lo que queremos y más de lo que pensamos.








