Fue militante comunista, líder de la resistencia contra los nazis en Francia y del “maquis” contra Franco, pero sufrió una purga feroz a manos de Santiago Carrillo, que lo sentenció al ostracismo. Según el miliciano comunista Enrique Líster, el único delito de Monzón fue su valentía

Residencia de los Monzón en Navas de Tolosa y un retrato de Jesús Monzón Repáraz
De “niño bien” a militante comunista
Jesús Monzón nació en el seno de una de las familias más pudientes de la ciudad. Su padre, Cipriano Monzón Jiménez, era un prestigioso pediatra, nacido en Marcilla, antiguo médico de Irurita y autor de varios estudios sobre mortalidad infantil. En cuanto a la madre, Salomé Repáraz Goizueta, era natural de Doneztebe, y pertenecía a una familia aristocrática que había tenido incluso cierta relación con la monarquía zarista rusa. Ni qué decir que ambos eran católicos y de derechas.
Tuvieron tres hijos, Carmelo, Mariatxo y el pequeño Jesús Sito, que nació en su domicilio de la calle Navas de Tolosa, nº 25, el 22 de enero de 1910. El futuro comunista vivió su infancia como un auténtico burgués, atendido por un servicio que portaba guantes blancos, y hasta con su propio preceptor de francés. Estudió en los Jesuitas de Tudela y Derecho en Zaragoza, y su esmerada educación incluyó la estancia en la célebre Residencia de Estudiantes de Madrid, pero la evolución personal del joven Monzón se alejó en seguida de aquel mundo y le hizo abrazar el comunismo.
Su padre, Cipriano, no era ajeno a la política, era militante nacionalista vasco y había concurrido como tal a las elecciones municipales de 1911 pero, a pesar de todo, las ideas revolucionarias de su hijo provocaron una primera y temprana ruptura entre ambos.
Un pacto transcendental
Mientras tanto, y durante aquellos primeros años en Pamplona, Jesús había trabado relación personal con personajes que, años después, adquirirían gran protagonismo en la política española. Tuvo trato con conspiradores derechistas como Jaime Del Burgo y Antonio y Francisco Lizarza, con el futuro arzobispo Añoveros, con el golpista general Solchaga o con Antonio Iturmendi, futuro ministro de Justicia de Franco. No obstante, por encima de todas estas personalidades, su estancia en Pamplona y su vida entera estará marcada por los singularísimos amigos de su cuadrilla, que tenían adscripciones políticas de lo más diverso.
Junto al comunista Monzón comparten francachelas Estanis Aranzadi, nacionalista vasco, el republicano “Iñako” Usechi, el carlista y futuro requeté Tomás Garicano Goñi, y el derechista y militante de la CEDA Ignacio Ruiz de Galarreta. Y lo curioso, lo realmente anómalo en aquella época de odios fraternales es que, ya en vísperas del golpe de 1936, cuando la sociedad pamplonesa se encontraba al borde del colapso, este singular grupo de amigos, en plena plaza del Castillo, se declaró fidelidad eterna, y se conjuraron para mantener su amistad por encima de lo que les deparara la vida, pasase lo que pasase. Y aquel juramento salvaría, muchos años después, la vida a Jesús Monzón, como demostró el periodista Manuel Martorell, autor de una completa e interesantísima biografía sobre Sito Monzón.
La Guerra Civil
Mientras el ambiente se caldea, Jesús vive enteramente entregado a la causa revolucionaria. Como candidato comunista obtuvo 32.000 votos en las elecciones municipales de febrero de 1936, que impugnaría por coacciones y compra de votos. Se casa por lo civil con Aurora Gómez Urrutia, compañera de militancia, y es detenido varias veces, la última de ellas tras el asalto a punta de pistola al Gobierno Civil de Pamplona, en marzo del 36.
Así las cosas, tras el 18 de julio se verá obligado a huir. En un primer momento un conocido derechista, Francisco Lizarza, le dio cobijo en su casa, motivo por el cual algún tiempo después la Junta de Guerra Carlista lo ejecutaría. Jesús pasa a Francia disfrazado de fraile, y de ahí a Bizkaia, donde se reúne con su mujer, Aurora, que da allí a luz a su hijo Sergio. El gobierno republicano le nombra gobernador civil de Alicante, primero, y luego de Cuenca, pero su brillante trayectoria se trunca tras la derrota republicana. En plena desbandada, la familia se disgrega. Monzón saldrá del país en el mismo avión que la Pasionaria, reencontrándose con Aurora en Orán, pero desconocen que su hijo Sergio, al que han enviado en barco a la URSS, ha fallecido de escarlatina en el trayecto. La muerte del pequeño dejó a la pareja emocionalmente destrozada, y será causa de su ruptura y separación.
Guerra Mundial y maquis
Sito pasa a Francia, donde reorganiza eficazmente el Partido Comunista, y a partir de la invasión alemana dirige el “maquis”, la guerrilla española que lucha contra los nazis. Sin embargo, en 1944, y con la guerra prácticamente ganada, Monzón ordena a sus guerrilleros que crucen la frontera y entren en el valle de Arán, en un golpe de mano que fracasará estrepitosamente. El PCE no perdonará el fiasco a Monzón, y emprende contra él una feroz campaña, dirigida por Santiago Carrillo. Le acusan de burgués y vividor, de que le gustaba la buena comida y el café, de vestir como un “dandy”, de tener amigos derechistas y de tener líos amorosos con las mujeres de otros camaradas. Finalmente, en una esquizofrénica purga, que Martorell define como “estalinista”, le acusan de ser agente de la falange, de ser un traidor. El partido ordena entonces su eliminación, de la que se libra porque, cuando acudía a la cita en la que iba a ser ejecutado, la policía franquista lo detuvo, de forma casi accidental, en Barcelona.
Cárcel y exilio
El Régimen condenó inmediatamente a muerte a Monzón, pero es entonces cuando se ponen en marcha los resortes trabados durante su juventud. Intercede por él su familia, que habla con el obispo de Pamplona, Marcelino Olaechea. También interviene el arzobispo Antonio Añoveros y, de forma muy especial, los amigos derechistas de su infancia, que durante aquellos años se han convertido en personas influyentes. Participan en las gestiones Ruiz de Galarreta, Garicano Goñi y Usechi, así como Estanis Aranzadi, el joven nacionalista vasco, que había participado en la guerra como voluntario requeté, para salvar su vida y la de su padre.
Finalmente, la pena de muerte inicial es conmutada por 30 años de cárcel. El viejo “pacto” de la plaza del Castillo le había salvado la vida. Más implacable será con él el propio PCE, donde ahora Carrillo es dueño y señor, y que emprende una labor de desprestigio contra Monzón y los suyos, a resultas del cual un manto de silencio ocultaría la titánica tarea llevada a cabo por el comunista pamplonés.
Sito permanecerá en presidio hasta 1959, siendo también sus incondicionales e incansables amigos de la infancia los artífices de su liberación. Por fin libre, Jesús se esfuerza por recuperar su vida. Retoma la relación con la familia y con sus amigos de juventud, disfruta de su Iruñea querida, del chiquiteo, de los paseos y de las cenas en casa de sus amigas “Las Pocholas”. Y, por fin, se reconcilia con Aurora Gómez Urrutia, el auténtico amor de su vida. Exiliada en Méjico, y gracias a su valía e inteligencia, Aurora se había convertido en una importante ejecutiva de la multinacional petrolera Shell y se había casado de nuevo, pero dejará su nueva vida para volver junto a Jesús. En cuanto al antiguo comunista, progresará de forma igualmente rápida, convirtiéndose en un experto en mercadotecnia y formador de empresarios, primero en Méjico y luego en Baleares.
“Estoy tranquilo”
Aquellos años de estabilidad se ven sin embargo interrumpidos cuando diagnostican a Aurora una esclerosis múltiple incurable. Regresan a Pamplona, buscando el apoyo familiar, pero entonces detectan a Jesús un cáncer de pulmón en fase terminal, que provocará su muerte antes incluso que la de su mujer. Durante sus últimos días, en Pamplona, es sometido al acoso de conocidos y curas, que pretenden arrancar de él la vuelta al redil de la Iglesia, el retorno del niño de misa diaria que fue durante sus años de infancia. Todo será inútil.
Un viejo conocido, el entonces alcalde Miguel Javier Urmeneta, le pregunta por fin si se arrepiente de algo en su vida, y Sito, privado ya de la facultad del habla, le garabatea una respuesta contundente: “No, estoy tranquilo”. Jesús Monzón Repáraz fallece por fin el 24 de octubre de 1973, a los 63 años, fiel a la condición de marxista y ateo que le había guiado durante toda su vida.
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