Algunos de mis compañeros de la escuela de Dª Josefina, escuela mixta municipal de párvulos y los grados elementales, tenían las piernas muy delgadas, los muslos con tan poquita carne que casi no parecían muslos, y las rodillas como los nudos leñosos de un sarmiento, y yo tenía cinco o seis años y sabía o intuía que aquellos niños eran muy pobres y que en casa no tenían suficiente comida, como en casa de la señora Virtudes mi vecina, donde muchos días ella y su hija Virtuditas comían únicamente un plato de arroz hervido, y que de vez en cuando le pedía a mi madre que le «dejara» dos huevos o media viena de pan, a modo de préstamo sin retorno posible.
Lo sabía también por la forma en que aquellos niños de muslos delgados miraban mi bocadillo de pan blanco con una barrita de chocolate, aunque el chocolate podía ser del que llamábamos «de Torrent», que tenía una consistencia áspera y arenosa y un gusto clarísimo de algarroba, porque ellos sólo llevaban medio panecillo negro de racionamiento, hecho de una materia pastosa, pegajosa y grisácea, en la que se podían encontrar briznas de paja y cortezas de salvado, y que se hacía una bola en la boca, difícil de masticar y de tragar, con un olor de serrín viejo y un sabor parecido al del pienso de las gallinas o los cerdos: en casa también comprábamos aquellos panecillos húmedos y racionados, no sé si uno por día y por persona, pero los poníamos en remojo con agua y leche para dárselos a los polluelos y a las gallinas enfermas.
El pan blanco lo amasaban en casa entre mi madre, la criada y la tía Josefina cuando vivía con nosotros, y para mí era como una pequeña fiesta de perfumes cuando, en la cocina de dentro, empezaban a amasar vigorosamente la harina en un librillo de paredes robustas cubiertas por dentro de una capa de barniz brillante de color amarillo tostado de caramelo, y yo, de pie junto a la mesa, miraba cómo tomaba consistencia la masa girando a un lado y al otro, amasada con los dedos y con los puños, y sobre todo cuando le añadían la levadura, una rebanada cuadrada de materia similar a un queso podrido de color gris oscuro, compacta pero que se podía deshacer y pellizcar, con un aroma intenso y penetrante de hongos y de rincón de hierba húmeda fermentada, materia que yo aspiraba y luego sentía vivamente sobre la lengua cuando me ponía una pizca dentro de la boca, pequeño privilegio que me era permitido a condición de no repetirlo y que la cata fuera mínima.
Al día siguiente por la mañana, tras pasar la noche cubierta con un lienzo blanco, la masa había fermentado y crecido como el vientre blanco de una mujer embarazada, la amasaban todavía, y con una hoja rectangular de metal la cortaban en trozos del volumen de un puño que se convertirían hogazas o barras de pan cuando la criada las llevara al horno con una tabla cubierta con el mismo lienzo blanco y volvieran a casa olorosas y cocidas, y para mí fue siempre un prodigio, un milagro, aquella transformación de la harina blanca en pan crujiente. El pan negro y con gusto de salvado y de serrín, el mismo pan que habían comido los soldados durante la guerra y que comían todavía en los cuarteles, no era el único producto racionado: la «cartilla» contenía los cupones con la ración semanal o quincenal por persona, tantos gramos de arroz, tantos de legumbres, tantos de azúcar -muy pocos-, tantos de aceite -poquísimos-, tantos de jabón de barra, tantos de embutido, de bacalao o de tocino, que cambiábamos resignadamente en Casa Panza, la única tienda de comestibles.
Detrás del mostrador, Panza mismo o la mujer cortaban los cupones y servían las raciones de aceite con una bomba manual graduada en el cilindro transparente del que yo veía como subía haciendo burbujillas el líquido amarillo hasta la raya del medio litro establecido, o sacaban los sacos las legumbres o el arroz con una pala cóncava y los metían en bolsitas de papel de estraza, cortaban el tocino medio rancio o el bacalao reseco, o servían las sardinas de cuba y las latas de conserva, fuera del racionamiento, que sólo algunos clientes, como mi madre, podían adquirir. Mi madre abría cada vez el monedero y pagaba, mientras que a la mayor parte de los clientes el tendero les apuntaba la compra miserable en unas hojas de papel y tenía que confiar en que pagarían cada sábado, cada quincena o cada mes. Yo no era ciego ni tonto, miraba, y comprendía cuál era la diferencia entre ser pobre o no (también comprendía, por otros caminos, la diferencia entre ser rico y simplemente, como nosotros, no ser pobre), la misma diferencia que entre mi bocadillo de pan blanco y los panecillos negros de muchos otros niños.






