Metástasis

LOS problemas de territorios cuya dimensión desborda la de un barrio no son generalmente considerados como causa y sólo corresponden a efectos o a síntomas de patologías globales. Estas sí que son reveladoras de la salud de los sistemas. A las impudicias responden, con énfasis hipócritas, ofuscaciones que engañan tanto al que las produce como al que las sufre. La exposición de las oscuras vías de las cloacas, ¿choca de verdad a seres, en apariencia, normalmente constituidos; esperaban otra cosa de colectivos ampliamente vituperados encuesta tras encuesta? Hay que seguir viviendo y atravesar con precaución las vías que quedan a los que no tenemos motivos de escándalo financiero, aunque siempre queden apurras, peras para la sed, para nuestros marginales.

Vivir por debajo de la ética está a la altura de los individuos que se refugian en la moral basada en conceptos del bien y del mal definidos por sus cómplices. La trampa y la trampilla ya no es escándalo cuando se trata de producto de consumo normal. A sus autores se les califica de espabis y salaos. La sociedad llega, a menudo, a admirarles. Los problemas se plantean cuando se airean las hazañas de los alibabás cuya intrepidez es ajena a la miseria ambiente. En época de vacas gordas suele bastar un «si ya me lo imaginaba». ¡Colosal cinismo!

Vivimos seriales de escándalos públicos que creemos conocer por las clónicas informaciones que recibimos después de un impaciente y estéril zapping. Escándalos financieros, escándalos deportivos, sobre de sobresueldo, mordidas, cazas, tráficos de drogas y de influencias… A propósito, parece como si los tráficos de armas hubieran salido del catálogo de escándalos, habida cuenta que sus autores están patrocinados por Estados con sede en la ONU y cuya razón se impone a cualquier concepto ético. La moral, con sus reglas de calificación del bien y del mal, de donde surgen recompensas y castigos, intenta continuamente desintegrar la ética.

Las trampas resquebrajan lo inmaterial. La sociedad recibe información de medios de comunicación cuya inspiración viene dada por medios de financiación cuyo origen es generalmente conocido. Uno de los disfraces citados son los tontos útiles, entre los que seguramente me encuentro. Se detecta el origen de la publicación tanto por los temas de defensa partidista como por las frases, escritas o leídas, repetidas y calcadas, de medio en medio, por individuos diferentes. Felizmente hay todavía profesionales de la información que han demostrado saber sacrificarse.

Cuando los escándalos, entre los que también figura la ambigüedad institucional, son pan de cada día y llegan a crecer en los jardines descuidados del poder, el que sea, las reacciones perversas de todo tipo están servidas y traducen lo que realmente traslucen, la incultura endémica de un sistema afectado por la metástasis de la indecencia. Hoy, los escándalos revelan el final de un ciclo que se ha alimentado, hasta el hartazgo, de impunes situaciones políticas delictivas, reflejo de hábitos totalitarios anteriores no eliminados por una transición que revela que un régimen dictatorial, militar y fascista no puede regenerar y sanear una sociedad anterior. La transición solo traduce la indecisión. Sólo la ruptura con un modelo perverso puede despejar el futuro.

Cabe otra reacción, también nefasta, que alcanza la resignación y permite dejar hacer a los sucesores del régimen anterior que lógicamente reproducirían lo que siempre supieron hacer bajo el paraguas de mayorías de hecho. Así llegó Hitler al poder después de elecciones regulares. Esperemos que Europa no tolere esta última posibilidad.

Las reacciones se hacen esperar y su retraso angustia cuando en plena crisis ética y social las encuestas informan que los electores vuelven a dar la mayoría a partidos en cuyo seno prosperan desvergüenzas. El escándalo parece avezado. Las reacciones son escasas, ocasionales. Todo parece preparado para acoger poderes uniformados por ahora camuflados. Un país no puede contentarse de glorias deportivas y de episodios del corazón. Sus habitantes ¿no se avergüenzan de lo que viven sin casi rechistar? ¡No puede ser, no puede ser!

Quizás la reacción primaria sea la de proclamar «allá ellos». Pero como europeo me indigno. Me cuesta aguantar ser ciudadano de una Europa en la que una parte de ella acepta la trampa pública.

 

http://www.deia.com/2013/02/14/opinion/tribuna-abierta/metastasis?l=leido&n=10&v=basica&t=general&m=