El fin del mundo, los años

Siempre me han fascinado las cosas que no entiendo, sobre todo las que no entiendo porque no se pueden entender. Por ejemplo, si nos preguntamos por qué hay mundo (técnicamente, ¿por qué el ser y no la nada?: La bibliografía es infinita), y cómo empieza el mundo y cómo acaba. El placer oscuro del estupor sólo llega si se resiste a la pregunta los minutos suficientes para oír el vértigo: considérelo una hora entera, y está provisionalmente perdido. Por alguna razón que no sabría explicar (quizás el paso de los años, que para los humanos son la forma del tiempo, quizá mi distanciamiento de la vida activa y los progresos que voy haciendo en la contemplativa), la cosmología forma una parte creciente de mi empleo mental o, si se quiere, sólo de mi curiosidad universal. En fin, ustedes ya saben la historia, sobre la que no es la primera vez que hago literatura: al principio no había nada, como quien dice, apenas un punto más pequeño que un protón, todo el futuro encerrado en una infinita y poética pequeñez. Y apenas en una ínfima fracción de segundo, ese punto estalló, y de allí venimos todos y viene todo: el polvo de las estrellas, los dioses, la arena del desierto, el fuego del sol, el color de las banderas, el Arte de la Fuga y la Odisea de Homero. Los gnósticos, a este núcleo primero que revienta o estalla, le llamaban el huevo divino: de un huevo salía todo y al huevo seguramente debía volver todo algún día, en un proceso de infinito retorno cíclico: los gnósticos tenían una visión del mundo más coherente de lo que parece. El mundo, tal como ustedes pudieron comprobar, no se terminó el 21 de diciembre, ni se acabará con un estallido de fuego ni con un retorno a aquel huevo primordial, sino que, hablando en términos vulgares, se irá expandiendo y enrareciendo poco a poco y, por emplear el lenguaje poético de los astrofísicos, «finalmente, todo lo que quedará en el cosmos serán agujeros negros, ceniza quemada de estrellas…». Un panorama lúgubre y remoto, pero así es como nos dicen que será. Vale la pena, por tanto, pensar qué podemos hacer, mientras dura este universo nuestro y personal (y sobre todo mientras dura el gobierno del PP en el País Valenciano), para ir pasando la vida de manera agradable y provechosa. Leer literatura, por ejemplo, escuchar Bach, mirar el mar, que son algunas de las pocas ocupaciones que hacen más tolerable el paso del tiempo.

 

 

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