Facebook es la comedia posmoderna y escasamente divina en que se destila la morbidez del recuerdo. Con menos clics que pasos dio el Dante, se pueden reencontrar las sombras de viejas amistades que ya no reconoceríamos en unos cuerpos gastados por el trayecto vital. Del tríptico de la Divina Comedia Facebook se parece especialmente al purgatorio, el espacio de las almas que todavía retienen la esperanza de aliviarse de experiencia y despegar sentimentalmente hacia los orígenes. La memoria es un puñado de reproches encurtidos de melancolía, y una escuela de que somos coautores de nuestro destino. Coautores y no autores, porque nuestras decisiones tienen como trasfondo las de los demás. Vivimos mirando de soslayo. Ahora mismo, la crisis amenaza con convertirse en intratable porque nos hemos convencido de que lo es, así como antes la burbuja inmobiliaria se había hinchado porque mucha gente bien situada propagaba el mito de unos precios que no bajarían nunca. Son dos variantes contrarias del cuento de la lechera: la primera imaginaba un futuro dogmáticamente mejor que el pasado, la segunda cree que, una vez rota, la jarra seguirá fragmentándose en trozos tan pequeños que no los cogeremos nunca más.
Haría falta que la narración de la independencia se situara entre las dos variantes, esto es, entre la fantasía desbocada y la pérfida objeción de que la independencia no resolverá todos los problemas. Tanto si es del género positivo como si lo es del negativo, la banalidad no puede ser nunca un estímulo. Ahora bien, que el riesgo de trivialización existe lo demuestra el hecho de que un articulista del género ‘tocapelotas’ haya escrito recientemente que el independentismo es cosa de oportunismo hormonal, haciendo un paralelismo tan fácil como históricamente viciado con el tardofranquismo, cuando convergieron en unos señores barbudos y unas señoritas con minifalda la revuelta sexual y la política. Aquella réplica a escala local de Mayo del 68, que podríamos resumir formulariamente como momento Bocaccio, ya la caricaturizó Juan Marsé narrando la seducción vaginal de la burguesía por un joven bastante inculto y políticamente agnóstico, que en realidad era el mismo Marsé detallando simbólicamente su relación de amor/odio con la progresía ‘engagée’ que lo encumbró e hizo de él un autor. La misma progresía que ahora se esfuerza por darle un Premio Nacional por las mismas razones que en El amante bilingüe, impulsan a una chica de buena familia a poner un pisito a un oportunista cada vez más desvergonzado y fanfarrón.
La trivialización acecha al independentismo, pero no tanto por razones eróticas como retóricas. Con la independencia socialmente homologada, existe el riesgo de que el eufemismo parasite la acción. Invocar el derecho a decidir sería una tontería si no fuera una hipocresía, porque decidir no ha sido nunca un derecho sino una obligación. Decidimos incluso cuando nos negamos a hacerlo. Otra cosa es que la decisión coincida con la impotencia y no la podamos realizar inmediatamente; sin embargo, la tomaremos de forma irrevocable. Que el mundo no obedezca mi deseo no quiere decir que yo no ejerza mi albedrío; significa, simplemente, que tengo que trabajar para cambiar o uno u otro. La frase «Ahora no toca» no es una expresión de impotencia sino una declaración de que la voluntad va por otro lado. La libertad siempre toca, otra cosa es que se posponga a otros valores o antivalores: la riqueza, el prestigio o la participación en el poder. Pero incluso cuando hay voluntad, no basta para recorrer el camino de la realización, hay que tener en cuenta las irracionalidades que la entorpecen, sabiendo que el miedo, el resentimiento, la ambición, la vanidad, están detrás de las decisiones viscerales que después disfrazamos de racionalidad. Si no confesamos estos irracionales ni a nosotros mismos nos engañaremos sobre el qué y el por qué de nuestras decisiones. Esto no quiere decir que esquivemos las consecuencias de nuestros actos. En el mejor de los casos nos quedará el recurso a la melancolía del purgatorio, en el peor, el infierno de una historia, cuyo curso no habremos sido suficientemente lúcidos o suficientemente nobles para desviar. Es lo que le pide, una y otra vez, el fiscal a Eichmann a lo largo del famoso juicio de Jerusalén: «Conociendo el destino de los transportes que usted organizaba meticulosamente, ¿nunca pensó en desobedecer las órdenes de sus superiores?» Y el interpelado, alma eternizada en su destino de burócrata, repite hasta el aburrimiento que él no tenía derecho a decidir, que el juramento prestado a los nazis le obligaba a actuar como un autómata. Y efectivamente, lo condenaron y colgaron automáticamente, con la misma inevitabilidad con que su destino servil y perversamente responsable la había convertido en criminal sin reflexionar que el mal no era ningún principio trascendente, sino el juego de acción y omisión que movía cada tramo de la serpiente que entre todos ellos incubaron.






