Declaración sobre la lengua

La revista de poesía Reducciones, vinculada a la Universidad de Vic, fundada en 1977 por Miquel Martí i Pol, Antoni Pous, Jordi Sarrate, Segimon Serrallonga, Lluís Solà y Ricard Torrents, al llegar al número 100, ha publicado la siguiente Declaración sobre la lengua.

La lengua, el poder y la justicia

Cada lengua es una parte indispensable de la lengua de la humanidad.

Una lengua, cualquier lengua, no sólo contiene vocales y consonantes, sílabas y palabras, no sólo es un repertorio específico de sonidos, de ritmos y de melodías, no sólo es una percepción, una forma y una lógica. Una lengua, cualquier lengua, contiene, mantiene y transporta la sustancia humana que cada una de las personas que forman una comunidad lingüística, un pueblo, ha depositado en ella.

No hay lenguas individuales. Sólo hay lenguas de los pueblos, de las colectividades. La lengua es una sustancia principal, esencial, en la vida de cada pueblo.

No hay razones para imponer una lengua sobre la propia de un país o territorio. Una imposición de este tipo conlleva la destrucción consciente del pasado, del presente y del futuro de un pueblo y la eliminación del patrimonio intelectual y espiritual de las personas que lo conforman. Un acto así es un acto de desprecio de la realidad humana.

Sólo las personas del país tienen el derecho de legislar sobre la lengua de este país.

Ningún poder exterior tiene legitimidad para emitir leyes sobre la lengua de un país. En todo caso, sus leyes no son sino imposiciones, abusos, extorsiones.

No hay razones que justifiquen el marginar una lengua en su territorio ni de extirparla del mismo. Sólo existe el abuso, la injusticia, el desprecio y el daño contra la humanidad.

Los derechos justos que no son reconocidos -y una lengua es un derecho que pertenece a todas las personas de un pueblo-, aunque sean coaccionados, no desaparecen. Actúan efectivamente contra el poder que los suprime y siempre lo hacen más coercitivo y menos humano. Al violar estos derechos, el violador se viola. Al violar al tú, al otro, a los otros, a la otra lengua, al otro pueblo, el violador se viola.

Las leyes injustas siempre causan sufrimiento y, si son aplicadas a la lengua de un pueblo, causan sufrimiento y disminución del poder de ser de las personas de este pueblo.

La lengua propia de un país tiene el derecho intrínseco de poder desarrollarse en plenitud, sin restricciones de ningún tipo, con el mismo respeto y con las mismas atribuciones de que gozan las lenguas que no sufren ninguna restricción o coacción.

Un poder que durante siglos se ha propuesto exterminar una lengua y que impone sistemáticamente el bilingüismo para continuar marginándola es un poder ilegal, ilegítimo, fraudulento.

Imponer el bilingüismo, bajo la apariencia de justicia y de igualdad, después de siglos de marginación y de persecución de una lengua en su territorio propio es el método de marginar definitivamente esta lengua.

Hasta ahora la lengua catalana ha sido confinada a una cooficialidad restringida. Hemos pasado de la etapa de prohibición absoluta a la etapa de tolerancia de la lengua. En ningún caso y de ninguna manera ha habido la voluntad estatal de restituir la lengua propia en todos los ámbitos, sin restricciones, sin obstáculos. Y así, la lengua propia de nuestro país, en la práctica, sigue siendo desterrada de los ámbitos que le pertenecen por derecho y por deber.

Un pensamiento y una acción que se proponen romper los vínculos humanos, culturales y lingüísticos entre los diversos territorios de una lengua son un pensamiento y una acción abyectos, criminales. Lo que se proponen es un genocidio cultural.

El Estado que margina y menosprecia una o más lenguas no sólo daña estas lenguas sino que corrompe y deshumaniza también la lengua que quiere imponer.

Es un signo decisivo de la justicia y de la libertad de que goza un pueblo la situación de cumplimiento pleno de la lengua propia, de su cultura y de su personalidad en el mundo según la propia voluntad.

La lengua y la poesía

El lenguaje y la poesía son consustanciales con la humanidad. Y tanto el uno como la otra se materializan y se manifiestan por medio de lenguas concretas.

Las lenguas no son abstracciones ni tampoco meros repertorios de palabras y de reglas morfológicas y sintácticas.

Las lenguas son construcciones culturales colectivas, forjadas en el transcurso de la historia por unos grupos humanos determinados, se llamen pueblos o naciones, que han tenido que enfrentar a unas condiciones particulares de la existencia humana.

Las lenguas son medios de comunicación, pero también de creación, de acumulación y de transmisión cultural. Y es debido al profundo valor práctico que les otorgan estas funciones, el que las lenguas adquieran un eminente valor simbólico para los pueblos que las heredan, se sirven de ellas, las transforman y las proyectan hacia el futuro.

La poesía, al menos hasta ahora, no ha sido hecha para ser traducida. Es bueno que traduzcamos poesía, pero la poesía está compuesta en una lengua determinada y para una lengua determinada, que es tanto como decir para un conjunto de instrumentos musicales único, imprescindible, preciso, altamente complejo, una de las músicas verbales del mundo. La poesía está hecha en una lengua para la comunidad y para las personas de esta comunidad que tienen esta lengua como lengua, como su sustancia verbal, musical, intelectual, comunicativa. Es en el medio de la sustancia lingüística colectiva donde la poesía quiere desplegar todas las potencialidades de la palabra.

Una lengua es un hecho colectivo. El individuo la recibe en comunidad y la usa en comunidad. La lengua de un pueblo, heredada por el individuo, es un patrimonio ambivalente: el equipamiento para la vida social, pero a la vez le impone ciertas convenciones en la expresión verbal.

La palabra de cada individuo se convierte en posible, pero a la vez limitada, por la lengua colectiva o, mejor dicho, por las fórmulas y las convenciones en que tiende a cristalizar la lengua tal como es usada en los diversos ámbitos de la actividad social.

La poesía, entendida en el sentido más amplio, a menudo es causa y efecto de la lucha de la palabra individual contra las convenciones que se han ido incrustando sobre el hueso vivo de la lengua colectiva.

La lengua ha nacido de la palabra, hace posible la palabra y se alimenta de la palabra. La palabra de la poesía es un aliado incómodo pero necesario de la lengua. Con severa lealtad la estira o la contrae, la eleva a la cima de la exuberancia o la empuja justo al risco del silencio. La hace señora de los amplios espacios que rodean sus límites inciertos.

La palabra de la poesía incluso puede conseguir que una colectividad se convierta consciente de los enormes potenciales de futuro que encierra y anuncia la tradición histórica encarnada y expresada en la lengua propia.

No es casual que el renacimiento del valor simbólico de la lengua, reavivado por el estallido de algunas obras poéticas geniales, haya precedido el renacimiento político de los pueblos.

Lengua y poesía no se pueden desligar. En la salud y en la enfermedad van juntas, lo que no quiere decir que necesariamente hayan de experimentar los mismos estados de salud o de enfermedad en los mismos momentos.

La universalidad del lenguaje, la diversidad de las lenguas y la singularidad de las obras poéticas son una prueba de la unidad fundamental de la condición humana, de su capacidad de dar respuestas culturales adecuadas a entornos diferentes. Y también, una prueba de la personalidad irreductible de cada uno de los individuos que compartimos esta condición.

Las lenguas no son prescindibles ni intercambiables. Las lenguas tienen ramas y tienen raíces. Necesitan aire y necesitan tierra. Una lengua no puede vivir ni evolucionar en libertad si no posee un espacio seguro, unos ámbitos territoriales, sociales, culturales, digitales, mediáticos, escolares, científicos, socioeconómicos, lúdicos, en los que su presencia y uso sean habituales y preferentes, no exclusivos, pero sí nítidamente hegemónicos.

Es en este espacio seguro, en estos ámbitos de comunicación funcional, donde una lengua tiene la posibilidad de convertirse en palabra plural, palabra libre, creación colectiva. Este uso social de la lengua genera el terreno donde crece el uso literario y el uso poético de la lengua.

Una lengua no puede ser decapitada. Su uso público no puede ser recortado, su transmisión social no puede ser dificultada. Una lengua necesita y merece el pleno reconocimiento legal que garantice el derecho a la continuidad en sus dominios seculares, el derecho al futuro, el derecho a persistir en voz viva en el lugar y en el tiempo.

Una lengua no puede ser rota. Su patrimonio literario no puede ser ocultado al mundo ni escatimado a las personas recién llegadas que se incorporan por nacimiento o por inmigración en la comunidad lingüística.

La creación poética no puede ser desconectada de la voz y del oído del pueblo que la nutre. Las instituciones responsables de la política educativa, la política cultural y la política universitaria no la deben ignorar ni marginar. La extensión del uso social de la lengua debe ir acompañada de la difusión, el conocimiento y el estudio de su patrimonio literario.

La reivindicación de una lengua por parte de una colectividad pierde fuerza, incluso sentido, si no se apoya en la práctica de la lengua, en el uso más amplio y diverso de la lengua, sin restricciones ni concesiones.

La poesía se forja en la raíz de la lengua.

La poesía es la flor delicada y airada de la palabra.

 

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