Al paso que vamos y viendo el panorama en el que florecen aventajados y brillantes alumnos del plan ZEN de triste recuerdo, seguro que fue la ETA y no el bueno de Islero. Ahora el turno le ha tocado a ese consejero de Sanidad, caballero de cara triste, quien sin inmutarse dice que debido a una bomba de la organización totalitaria los archivos que podrían facilitar la investigación sobre los niños robados quedaron destruidos de manera que muchos casos se quedarán sin resolver; y se queda tan pancho don Rafael. Una mentira repetida varias veces, con sonoros altavoces que amplían la voz mentirosa, pasa a convertirse en una neta verdad para muchos, más todavía si de lo que se trata es de desprestigiar(?) a una prácticamente desaparecida organización armada. Además es conocida la expresión miente, miente que algo queda. Lo que sí que parece que queda claro es que el mentado (que no mentolado) señor, o bien se equivoca o bien miente como un cosaco (¿mienten estos?). Sea como sea, lo que sí queda claro, reitero, es que con sus estrafalarias declaraciones desvía la atención acerca de la culpabilidad de los responsables de tales comportamientos, y de sus posibles encubridores en el campo de la investigación, ya que esta resultará prácticamente imposible debido a, una vez más, la mano asesina de la ETA.
Facilita así, con tales afirmaciones, que los verdaderos culpables puedan dormir tranquilos, ya que los responsables nunca serán conocidos al resultar imposible hallarlos, o hallar su culpabilidad, debido a los totalitarios de siempre. De este modo, quienes constituidos en una peña organizada de desalmados traficantes de recién nacidos con afán de lucro pueden soñar ya que con semejantes encubridores podrán largarse de rositas… con tanta falsedad como las colocadas en tumbas vacías. La sinceridad de Epiménides debería servir de ejemplo a más de un consejero ya que al menos aquel afirmaba que todos los cretenses eran unos mentirosos, siendo él de tal lugar. Si los consejeros adoptasen tal máxima aplicada a su caso deberían decir que «todos los consejeros mienten» en cuyo caso la excepción (que confirmaría la regla, resolviendo a la vez la aporía) será tal afirmación, ya que sería una verdad como un piano, la única, pues desde luego Bengoa no está solo en la postura de afirmar cosas que no son acordes con la realidad. Precisamente hace poco alguien traía a colación, hablando de la señora doña Isabel Celaá, al personaje de Carlo Collodi. Al final los consejeros y consejeras serán distinguidos por ser seres a una nariz pegada.
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