Pocas cosas dicen tanto de nosotros como la casa en la que vivimos, lugar para la convivencia pero, sobre todo, para lo íntimo, para lo privado. Dos novedades editoriales indagan en las relaciones entre el espacio doméstico y sus habitantes
BIBLIOGRAFÍA
Bill Bryson
En casa. Una breve historia de la vida privada / A casa. Una breu història de la vida privada
Traducción de Isabel Murillo. Traducción al catalán de Joan Solé
RBA / LA MAGRANA
670 / 640 PÁGINAS
25 EUROS
Anatxu Zabalbeascoa
Todo sobre la casa
GUSTAVO GILI
214 PÁGINAS
29,90 EUROS
“Bienvenido a la república independiente de tu casa”, reza una cargante campaña de la omnipresente Ikea. Es cierto, sin embargo, que hemos hecho de nuestras casas el último refugio de nuestra libertad. Se trata de una idealización que arranca hace dos siglos y que, oponiendo el espacio doméstico al lugar de trabajo y a la dureza del medio urbano, nos hizo ver en casa un santuario de honestidad, amor y sinceridad, tal y como Richard Sennett recordaba en El declive del hombre público.
Hemos convertido en un fin el estar en la intimidad, en una casa que hemos hecho reflejo de nuestras psiques y, por extensión, escaparate de nuestros gustos y necesidad de aparentar. En casa, nos hemos convencido, somos más nosotros. La verdad, pocos piensan como el malogrado Francisco Casavella, para quien, según decía, en ningún sitio se está como fuera de casa. La importancia simbólica que este espacio ha adquirido hace significativo cualquier aspecto de nuestra relación con ella: no tener una, vivir en la de tus padres, tenerla compartida, cambiarla o perderla son rasgos que definen de inmediato el perfil de cualquiera. Y más aún en tiempos como estos, enrocados como estamos en una suerte que claramente puede ir a peor. Esta parálisis, que nos hace apreciar más lo que tenemos, quizás explique el renovado interés que mostramos por los detalles del hogar, también del hogar ajeno, en multitud de programas televisivos, y del hogar del pasado, como atestiguan varias novedades editoriales.
La historia del espacio doméstico supone una alternativa radical a la historia de los grandes eventos y la vida de unos pocos señalados por el destino. Es el extraordinario relato de lo ordinario, una crónica de los hábitos e invenciones que han gobernado el día a día de la inmensa mayoría, y una historia sobre la que siempre disponemos de un referente: nuestra propia casa.
Dos libros aparecidos recientemente abordan la historia de la casa y lo hacen desde un esquema similar, estudiando la evolución de las diversas piezas que componen el hogar común: la cocina, el salón, el baño, el dormitorio…
En lo esencial, ambos ofrecen un recorrido similar, si bien Bill Bryson (En casa) se ciñe más al ámbito anglosajón (en paisajes y en la explicación etimológica de muchos términos), además de regalarse unas generosas seiscientas páginas en las que dar cabida a una cascada increíble de anécdotas y escenarios. No por nada, Bryson debe su popularidad a su Una breve historia de casi todo (2003), cuyo título ya da una idea de lo poco que le imponen las aventuras caleidoscópicas. Anatxu Zabalbeascoa, en Todo sobre la casa, resume esta historia en poco más de doscientas páginas, escritas en un tono menos colorido pero igualmente ameno. La edición, por cierto, viene ilustrada por Riki Blanco en un equilibrado ejercicio de estilo y de rigor documental.
La historia de la casa, además de registrar la invención, sentido y evolución de la privacidad es, también, la historia de cómo empleamos el tiempo y cómo ordenamos los roles en la vida familiar. Y es atendiendo a esta evolución como nos hacemos una idea sobre cómo y cuándo algunas invenciones, descubrimientos o revoluciones llegaron realmente a cambiar nuestras vidas. Entre los temas transversales que más interesan está el de la higiene, morboso pero elocuente como pocos. Los hábitos del pasado no nos ahorran disgustos ni medias sonrisas: hogares compartidos con el ganado, baños romanos en los que defecar en grupo, recogida semanal de excrementos en los pasillos y escaleras de Versalles, un Siglo de Oro salpicado por el vaciado de orinales en la vía pública, etcétera. Recorriendo la historia desde distintas estancias, resulta más fácil prestar atención a estos aspectos: la tecnología en la cocina, la higiene en el baño o los hábitos familiares y sociales en comedor y dormitorio.
Una serie británica producida por Channel 4 (The 1900 House, 1999) recreó hasta el más mínimo detalle una casa de época a la que se invitó a vivir a una familia durante un mes. Los descubrimientos que habitantes y productores hacían nos daban una visión muy clara sobre la esclavitud del hogar: la pasta no hervía en la cocina de leña, la colada llevaba horas y la compra debía hacerse a diario ante las dificultades de conservación. El ejercicio se repitió recreando hogares de diferentes décadas, haciendo de un reality una lección de historia increíble. En Gran Bretaña, cabe recordar, los living museums son numerosos y populares, y lo mismo mantienen en uso una cocina victoriana que una colonia de trabajadores de la era industrial.
El interés por esta mal llamada microhistoria no ha dejado de crecer desde hace unos años, ofreciendo una visión más compleja e integrada sobre la relación entre los bienes y los hábitos. No deberían celebrarse los hitos del urbanismo o el diseño sin exponer lo que de verdad implican en la vida cotidiana o lo que su mera existencia nos dice de sus responsables.
En el V&A Museum of Childhood de Londres, por ejemplo, recuerdo haber visto expuestas las ropas de un bebé a lo largo del tiempo, desde un trapo hasta el pañal desechable, sin una sola mención a lo que esta evolución implicaba en términos de higiene, tiempo empleado en cuidados por la madre o coste medioambiental. Paréntesis: todavía en 1870, Orson S. Fowler, promotor de la casa Octagon, recomendaba como científico que los bebés no se cambiaran de ropa interior más de dos veces por semana. Lo apasionante de este asunto, el espacio doméstico, es que su estudio requiere trenzar arquitectura con las ciencias sociales y las innovaciones técnicas y científicas. La política y el marketing, consecuentemente, cobran un creciente protagonismo desde el siglo XIX. En Objects of desire (Adrian Forty, 1986), se dedica un extenso capítulo a la introducción de la máquina de coser en los hogares, a cómo los pioneros del marketing supieron vender algo que no hacía falta en las casas y que además, para colmo, era algo que remitía al penoso mundo del taller de trabajo. Lo hogareño, descubrieron, es algo que podía reinventarse.
La historia de la casa es la de las oportunidades que ofrece este espacio una vez se divide, viste y llena de útiles, condicionando tiempo y espacio para la lectura, el sexo recreativo, el coleccionismo, el ejercicio, la autocontemplación, el juego o la conversación. En definitiva, precisar e intensificar las ocasiones para lo íntimo y lo compartido. Bryson insiste en ejemplos excepcionales que retan la lógica y nos enfrentan a la disparidad de modelos que han existido y hasta conviven hoy.
En 1958 se descubrió en Turquía la que podría haber sido la primera ciudad de la historia, Çatal Höyük, de no ser porque mas allá de su tamaño, la población carecía de cualquier estructura administrativa apreciable. Çatal Höyük era un enorme pueblo sin calles, un conjunto monstruoso de cubículos de una planta pero distintas alturas, amontonados de tal manera que el único acceso a los hogares estaba en los tejados.
Desde aquel amasijo al ideal de la casa adosada, o arquitectura de la tranquilidad (Mike Mills), hay un largo camino en cuyo último tramo la cultura popular ha ejercido una gran influencia. Este es un aspecto que ninguno de los libros citados contempla, el efecto que los cuentos infantiles, Hollywood, las revistas gráficas, la publicidad o las sitcoms han ejercido en nuestra idea sobre lo que constituye un hogar. En su libro Believing is seeing (The Penguin Press, 2011), Errol Morris analiza hasta la extenuación algunas imágenes para educarnos en la fotografía como fabricación y su poder para transmitir ideas. Una famosa imagen de Walker Evans, que retrata la chimenea de un hogar pobre del medio oeste americano, llama su atención por el modo en que los objetos de la repisa definen la vida simple y honesta que ese tipo de vida representa. Entre estos objetos, Morris destaca la presencia de un reloj despertador que, sospecha, fue puesto ahí por Evans. Pura dirección artística. Algo parecido ocurre con las fotos de Bill Brandt sobre la vida hogareña británica de posguerra o las de Dan Weiner sobre la próspera América de los cincuenta. No puede decirse que mientan sobre la realidad, pero construyeron a partir de ella un ideal con el que moldear nuestra imaginación.
¿Qué arquitecto podría imponer con mayor efectividad su hogar ideal?








