La escena evocada, las imágenes, las palabras, son siempre algo más, de más valor o de valor diferente: nos llevan y nos transportan a otro territorio emocional, estético, ideológico o moral. Incluso, o sobre todo, cuando el poeta tiene la pretensión de producir directamente historia con el poema, cuando el poema es un instrumento de una visión de la historia, incluidas las visiones ideológicas y más o menos «propagandísticas», cuyo ejemplo máximo podría ser la Eneida de Virgilio. El poeta, pues, empieza con los versos que me hacían aprender de memoria en mi remoto bachillerato: «Arma virumque cano, Troiae qui primus ab oris / Italiam fato profugus laviniaque venit / litora, multum ille et terris iactatus et alto». O sea, nos cuenta que quiere cantar los hechos de armas de aquel hombre que, partiendo de Troya y huyendo del destino, llegó el primero a las costas de Italia, perseguido por los dioses por mar y por tierra. Pero a continuación, el objetivo es clarísimo: explica que sufrió lo que había que sufrir, incluso contra la gran diosa Juno, a fin de fundar la ciudad, llevar a sus dioses en el Lacio, y de ahí la raza latina, los padres antiguos, y las altas murallas de Roma. No engaña a nadie: la propaganda está servida, la grandeza histórica de Roma tiene un origen mítico que la justifica, y la misión imperial de Augusto es completar y perfeccionar este destino y esta historia. La altísima poesía de la Eneida tendría poco sentido sin esa misión, asumida por el autor. Que al final de la vida el poeta dudara de todo, como quisiera Hermann Broch en ‘La muerte de Virgilio’, es otra cuestión. Quizá dudaba del sentido de todo ello, de su vida misma, de las razones de Augusto, o de la perfección de su poema. Pero dudar así es también propio de los grandes poetas. Tenemos y mantenemos, siguiendo la preceptiva clásica y antigua, la costumbre de distinguir entre poesía «épica» y poesía «lírica», lo que en el sentido original de las palabras no era nada clara. Epos, en efecto, era simplemente la palabra, o el sentido de la palabra, o el discurso, o más adelante el canto, el verso, y el contenido de los cantos que se recitaban. Los que, en efecto, solían tratar de materias que luego hemos dicho épicas, es decir de historias pasadas, de mitos y leyendas, de héroes conocidos. Y esto vale también para los cantos de la Europa medieval, llenos de guerreros y de héroes y de combates, y de historias contadas: la de Rotlà, la del Cid, la de reyes y caballeros del ciclo artúrico, que acabarían dando paso a la novela. La literatura catalana medieval, por alguna razón, no produjo esta épica histórica, guerrera o legendaria: produjo otra épica, en la singular creación de Ramon Llull (la épica del conocimiento, de la experiencia humana y del amor sublimado), y produjo tras la máxima expresión de las historias de caballeros, con el Curial y el Tirant. La gran poesía épica catalana tendría que esperar todavía muchos siglos, hasta Jacint Verdaguer, con poemas inmensos hechos de historias fabulosas y leyendas fundacionales.
Esta re-producción o re-creación de escenas y de hechos reales o irreales es, desde los poemas homéricos y seguramente desde antes de la literatura escrita, una larga y extensa tradición: la «imitación» poética incluye con frecuencia la «invención», la creación de situaciones que, si no responden a una realidad historia, sí expresan dimensiones posibles de la experiencia de vivir. Como en aquel atrevimiento supremo de Dante, que inventó en la Comedia tanta historia imaginada, posible o imposible, con una potencia poética insuperable. La libertad del poeta, para crear o recrear, reproducir o inventar, es parte irrenunciable de su oficio. Es Horacio quien ya afirmó rotundamente eso tan antiguo de la libertad poética: «Pictoribus atque poetis / quidlibet audendi semper fuit aequa potestas». Que los pintores y los poetas siempre han tenido la potestad de atreverse a todo, a cualquier osadía. Después, siempre tendrá que añadir lo que Aristóteles llamaba el «color» o la «ejecución», y que nosotros llamaríamos la calidad de la lengua poética. Pero, ¿y si pasa y se acaba «la fortuna viviente de los lenguajes», como decía también Horacio? Si ya no sabemos o no podemos leer los clásicos como parte de un mundo que quizá ya no entendemos, quién sabe si no corremos el riesgo de perder también el uso viviente de la lengua nuestra en un mundo que, paradójicamente, mientras lo ampliamos como campo de visión, lo reducimos cada vez más como espacio de experiencia viva. Que los dioses nos ayuden, ante un riesgo tan grande.









