A tres años vista del reconocimiento de la crisis, lo único evidente es que ésta permanece. Pasaron los brotes verdes, las economías que se suponían más fuertes terminan por verse afectadas y las más desestructuradas se ven al borde de la bancarrota, que quiere ser evitada por quienes se encuentran en una situación menos grave.
Por el momento son los afectados por el paro y de rentas más bajas quienes sufren los efectos. Los beneficiarios del desenfrenado enriquecimiento de años anteriores se resisten a perder sus beneficios y la única receta que se aplica es el recorte del gasto público y el paro ¿Se puede afirmar que la historia se repite? Se afirmaba que una crisis generalizada del sistema como la de 1929 no era posible, porque los responsables económicos estaban adiestrados. A pesar de todo el conjunto de medidas que se están aplicando se encaminan a la reducción de la actividad económica. Las circunstancias no son idénticas. Actualmente la economía actúa sobre el Mundo global; pero las decisiones siguen en alguna medida la dirección de 1929. Las medidas que se toman acentúan la crisis y no estimulan la economía.
A partir de la desaparición del Bloque soviético los defensores del Capitalismo han proclamado que el sistema político-económico vigente en los países de cultura occidental era el único viable y tanto más racional, cuanto menos regulado. Desde los puestos de decisión socio-políticos impulsaron la especulación; particularmente en el terreno de las finanzas y arrinconaron a quienes vivían del trabajo en la periferia de la economía, mediante la liberalización de las condiciones del trabajo y las mismas operaciones de especulación financiara. Se ha reconocido universalmente que ésta es la causante de la crisis. No obstante los poseedores de rentas de Capital no han sufrido la crisis en la medida que quienes viven de rentas del trabajo.
Dentro del propio sistema capitalista los más sensatos advierten que la reducción del gasto público y disminución de las rentas del trabajo contribuyen a acentuar la crisis y dilatar el momento de la recuperación. La restricción del consumo afecta a la producción. Las élites económico-políticas, sin embargo, adoptan medidas restrictivas que llevan a las sociedades más débiles a situaciones de supervivencia. La situación no puede dejar de recordar lo que sucedió en el decenio de 1930. La disminución de la producción y del comercio llevó a cada Estado a proteger su economía, en una situación que se prolongó hasta la misma guerra. Hoy los detentadores de capital pretenden mantener el valor de su dinero. Puede que consigan salvaguardar su nominal, pero será una falsa riqueza, si, al final, se restringe la producción.
El principal axioma económico es que sólo el trabajo produce riqueza y sólo son riqueza los bienes y servicios. El consumo es la principal función de la riqueza. La imagen que nos ofrecen los responsables políticos es la de que carecen de margen de maniobra para actuar en el terreno económico. Cada Estado se limita a tomar las medidas que salvaguarden sus intereses de manera más inmediata. Los fuertes –como Alemania- se resisten a comprometer sus medios en ayuda de los débiles –Grecia, España-. Estos últimos se limitan a seguir las indicaciones de los primeros, ante la necesidad insoslayable de solicitar su ayuda, con el fin de poder mantenerse y a pesar del repudio que experimentan por parte de las sociedades a las que rigen. Da la sensación de que nos encontramos en una situación extrema. Cada uno guarda sus recursos ante el temor de alcanzar el último extremo.
Así las cosas, todas las medidas que se toman, son soluciones coyunturales. Permiten a los más fuertes salvar los obstáculos inmediatos, pero enseguida se levantan nuevos escollos; mayores, si cabe, que se convierten en amenaza para todos. La solidaridad económica creada por la globalización termina por afectar al conjunto del sistema. Cada una de las medidas que se toman, recae sobre las economías débiles, pero se evidencia que se cierra el camino a una auténtica solución global, que obligue a los poderosos a aceptar la carga de la reconstrucción económica.
¡Parecen inútiles las advertencias que hacen los más sensatos a los más fuertes! Éstos se niegan a aceptar su responsabilidad. Las medidas que se están tomando no consiguen la reactivación y únicamente generan el descontento de los trabajadores, incluso hasta una posible desesperación, si se prosigue por un camino de restricción del consumo hasta los límites de la supervivencia. Lo más grave es que se cierran las salidas a la eficacia posterior de las medidas que se deben tomar, al haber dilatado su puesta en funcionamiento. Estas circunstancias podrían dar paso a una situación de desesperación colectiva en los países europeos más débiles, al igual la aparecida en África del norte. En tal caso llegaríamos a un punto cercano al desastre, ya que las economías fuertes no podrían funcionar sin los débiles.
No se puede negar que muchos de los dirigentes occidentales son conscientes de estos riesgos. La sensatez obligaría a contemplar la evolución de la economía occidental en el pasado. De hacerlo, se concluiría que la reactivación económica es factible -a pesar de la situación de depresión en que se encuentra- si se estimula el trabajo y el consumo de los menos ricos. No de otra forma se hizo frente a la reconstrucción europea tras la Segunda Guerra mundial; todo ello, aun contando con una situación previa de desastre generalizado por razón de la guerra.








