Es posible, o incluso probable, que las revueltas y los cambios democráticos (reales, en curso, o sólo deseados e imaginarios) que estos últimos meses se han producido en algunos países árabes representan un verdadero cambio de época, tal como aseguran con notable optimismo muchos cronistas, líderes políticos, observadores diversos y supuestos expertos en la materia. Es posible o probable, pero no es nada seguro. En la hipótesis más favorable, que a mí me gustaría que fuera, el proceso que hay en curso es una revolución auténtica y verdadera, una revolución democrática, que entre otras cosas debería desmontar el prejuicio ‘occidental’ sobre el mundo árabe y musulmán, supuestamente incapaz de una vida civil libre y autónoma, de una auténtica democracia política. El prejuicio tiene su expresión más radical en la tesis del ‘choque de civilizaciones’, según la cual ésta, la civilización árabe / islámica, debería chocar necesariamente con la nuestra, cristiana / occidental, por razones intrínsecas, sustanciales e inalterables. Como probablemente la realidad no es tan áspera ni tan rígida, debería ser posible interpretar estos cambios y revoluciones no como un misterio inexplicable, un estallido popular inesperado, sino como un proceso comparable a otros que han tenido lugar a lo largo de la historia contemporánea, incluida la historia de Europa. Más de un historiador, por tanto, ha intentado hacer este tipo de comparaciones, a distancia en el tiempo y en el espacio: con la ‘primavera de los pueblos’, ese conjunto de movimientos y de revueltas que en 1848, hace poco más de un siglo y medio, removió en toda Europa el sistema de poderes y de equilibrio establecido por el Congreso de Viena tras las guerras napoleónicas. Primavera de los pueblos en dos sentidos: el simplemente democrático contra las monarquías autoritarias o absolutas, y el de la liberación de los pueblos sometidos al dominio de los poderes imperiales. El problema es que, al menos provisionalmente, aquellas revoluciones fracasaron: dese la Sicilia de los Borbones, a la Hungría de los Habsburgo, en la Varsovia de los zares, o en el Frankfurt los estados alemanes, los patriotas y los demócratas fueron derrotados de modo violento, militarmente y sin contemplaciones. Como ahora mismo en Siria o en Bahrein, o como habría pasado en Libia sin la intervención exterior en favor de los rebeldes. La primavera de los pueblos europeos, aquel 1848, dio paso, sin embargo, a un invierno no muy largo: la democracia, llamada burguesa, o como en queramos decir, acabó imponiéndose en casi en todas las partes de Europa, y los muros de las cárceles de pueblos cayeron poco a poco, o estallaron con la Primera Guerra Mundial.
La cuestión, ahora mismo, si es que la comparación tiene ningún sentido, es si estos movimientos o insurrecciones populares, de Siria a Marruecos, están destinados al fracaso o no, aunque sea un fracaso provisional y temporal. Si volverán a imponerse regímenes represivos y personales, como volvieron las monarquías autoritarias europeas hace un siglo y medio, o si ahora los tiempos históricos serán más rápidos y los procesos de cambio se consumarán en pocos meses o en pocos años. Ha habido ya, en cualquier caso, un cambio que parece irreversible: en la imagen que desde occidente teníamos los países árabes, incluida su juventud urbana, y sobre todo en la imagen que estos pueblos y estos jóvenes tienen de sí mismos. Incluso, en ‘nuestro’ imaginario habitual (siempre injusto, tal como suele ocurrir), la figura de los jóvenes manifestándose en las plazas de El Cairo, de Túnez o de Casablanca ha sustituido la imagen del terrorista barbudo y fanático. Confiamos en estos jóvenes árabes, y no únicamente los jóvenes, que en las calles y las plazas reclaman por encima de todo (y esperemos que sea así: en primer lugar y por encima de todo) lo mismo que se reclamaba en las calles y las plazas de las ciudades de Europa en 1848. Confiamos, también, que los perdedores no sean sólo los dictadores y sus regímenes, sino el integrismo religioso que podría aspirar a ser su sucesor. De momento, las revueltas populares no han sido movidas y dirigidas por el islamismo radical. De momento, la exigencia democrática parece que es la que guía los rebeldes y los sublevados. Si todo ésto es verdaderamente así (un gran «si…»), la primavera no habrá sido un sueño.






