El crucero es una trampa que no engaña. Promete un lujo cultivado por el cine a una generación que compra sus billetes a través de internet, criada en malls y parques temáticos, que aceptan de buen grado las contradicciones del lujo masificado y a precio razonable.
¿Y qué tipo de lujo es para todos y a buen precio? Ninguno, claro.
Pero existen parecidos. Hay mucho de todo, parece gratis y siempre hay alguien a tu servicio. Por otra parte, como hay tanta gente, principalmente perdida, las reuniones, consignas y órdenes lo asemejana uncolegio, con sus turnos para todo y advertencias en cada esquina. La experiencia del crucero se parece hoy más a la del antiguo balneario que a la del transatlántico. No es tanto un medio de transporte como una experiencia de puertas adentro, un evento camapiscina- mesa que se interrumpe fastidiosamente con breves excursiones para comprar en tierra. Podría pensarse que estos amarres son prescindibles, pero eso es como pensar que los museos dejarán algún día de figurar en las guías para turistas, por muy deconstruidos que estén sus intereses en el mundo del arte. Son la excusa sine qua non.
Apesar de la infantilización que supone volver a las colas, las órdenes y el “deme su tarjeta de crédito que aquí no vale”, nada debe remitir en el crucero a la vida cotidiana osus obligaciones. Uno de los fastidios más atractivos del crucero es la inoperatividad de los teléfonos móviles y las dificultades para conectarse en red. Perderse es fácil, hacer deberes imposible.
Un gran reclamo promocional es el de fingir que el crucero es como una gran familia diluida, donde los hijos “muy lejos no pueden andar” y donde “siempre habrá otro adulto al tanto”. Falso, pero como idea, es muy conveniente. Despreocuparse se acepta pronto y con tanta naturalidad como desayunar en la cama, otra cosa que tampoco hacemos en casa y que aquí nos parece obligatorio. Ocuparse sin preocuparse. Una mente vacía forma parte del lujo, sin duda. Pero la vista, hay que estresarla.
La decoración de estos gigantescos paquebotes está pensada para resultar excesiva, pelín de mal gusto a cualquier navegante, sin importar su condición.
La razón no es obvia pero tiene su lógica: en la expectativa de la mayoría de viajeros está la de vivir algo excepcional, impropio de su condición social, algo que se recuerda ajustado a la vida de ricos y famosos, enmarcado en un lujo obsoleto, estentóreo, hollywoodiense pero visto en televisión… Un lujo que no es lujo, sino su representación. La huella de Vacaciones en el mar es, todavía hoy, difícil de medir.
El kitsch es pues parte de lo que secretamente uno espera y parte importante de lo que se recibe, porque esta gente sabe muy bien lo que se hace.
En la experiencia del crucero, lujo y derroche van parejos. De hecho, la cantidad es la única forma del lujo que se conoce aquí. Supongo que en otro tiempo en un crucero se paseaban amantes, se hacían negocios o se jugaban fortunas en la ruleta. En mi último crucero lo más impresionante que vi era un cartel anunciando “pizza gratis 24 horas”.
Ser excesivo es la manera más rápida de parecer distinguido y proporcionar al viajero esa posición que ha venido a buscar: tener mucho por poco. Es decir, estar donde uno no se merece. La impostura es parte esencial de este juego, en el que las visitas culturales cumplen su papel,yenel que la expresión placer culpable se asume en toda su extensión. El crucero se disfruta a pesar y a sabiendas de que es prescindible, antiestético, surreal y tóxico. Nada más generalizado en el crucero que las críticas hacia aquello que, precisamente, uno esperaba encontrar: “Se han pasado recargando la decoración.” “Qué rabia da que tiren tanta comida.” “En el baile del Capitán se han pasado de horteras.” “Qué gigante se veía el barco en aquel puerto tan pequeño…”
Reconozcámoslo, al pronunciar estas frases, alguien ha cumplido tus expectativas.
¡Y, sin embargo, funciona!
Casi todo lo que se puede decir sobre un crucero lo dejó bien escrito David Foster Wallace en su divertidísimo Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer (2003). Lo leí a bordo de un crucero fluvial entre Kiev y Odessa y me parecía compartir mesa con él, a pesar de que Foster Wallace lo escribió en las Bahamas abordo de un enorme paquebote. Los arquetipos, trifulcas, castas y tópicos parecen ser los mismos en todos los cruceros del mundo. Estos nuevos hitos de lo hipervulgar tienen en su sátira un retrato definitivo e inolvidable.
Sin embargo, debo confesar que fue otra lectura la que me vino a la mente cuando me estrené en esto de los cruceros-cruceros, mediterráneo en este caso. Se trata de un texto de Rick Poynor, gran comentarista de diseño y fenómenos culturales, escrito tras su visita a la apertura de un gran centro comercial en Inglaterra (Obey the Giant, 2001). Finalizaba el milenio y la postura de rigor en estos casos era la de enfrentarse a estas nuevas catedrales como máquinas de alienación y consumismo. Pero Rick Poynor tuvo la serenidad y franqueza de reconocer, en cambio, que aquel edificio estaba bien pensado, que se habían sabido crear sensaciones formidables, artificiales y propicias al consumo, claro, pero también para el encuentro y el descanso. Poynor se rindió a la eficiencia.
Algo parecido experimenta mucha gente en los parques temáticos: se pasa de disfrutar las atracciones, o de criticar el corporativismo del gran ratón, a admirar la ingeniería gobernante, tan complejacomo discreta, casi invisible. Lo que para tí es un día extraordinario, para ellos, esos trabajadores que aparecen y desaparecen a través de puertas disimuladas, es otro día de la marmota, en el que hasta la puesta de sol está prevista y mecanizada.
Los cruceros ofrecen algo similar: un día de vacaciones, eterno y repetitivo como un carrusel, con puerto pintoresco incluido, en el que nada falla ni falta.
Las visitas a tierra, en estos casos, ofrecen un contrapunto caótico que refuerza la imagen del barco como babel armónico: caos para pillar un taxi, vuelta al monedero, gente que pide en lugar de gente que atiende, malentendidos idiomáticos, discusión por los precios, impuntualidad…
Volver al barco es entonces como volver a casa, donde no hace falta el dinero y donde todo el mundo te entiende y hasta te da la razón. Sin embargo, sentirse como en casa, o andar empachado todo el día, no forma parte del glamur que algún día hizo popular este medio. La sustancia básica que nutre hoy un crucero –parejas, familias y retirados– no enciende precisamente las mejores fiestas. Por eso, yporque el verdadero lujo huye de lo plural, nuevos formatos de crucero se han creado al margen del mastodóntico hotel flotante, de nombre exótico pero formas que poco o nada recuerdan a las de un barco. Se diría que están tan fuera de silueta como muchos de sus ocupantes.
Los cruceros para singles, o los que recorren fríos fiordos en naves de mediano tamaño, con mástiles y poca compañía, son parte de esa nueva oferta con que recuperar aventura y elitismo. Cruceros que huyen de los cruceros, como el lujo o el cool huyen de quien los pronuncia.
A lo largo del siglo pasado, los mejores paquebotes se anunciaban como estandartes de su nación, cuanto más grandes, mucho mejor. Hoy, navegan casi todos ocultando su nacionalidad, y disimulando su horrenda silueta en escorzos imposibles.
Son el lujo domesticado de una generación en la que los pobres son gordos, los ricos trabajan y en la que dos hijos ya suman familia numerosa. Es la segunda residencia de unas vacaciones de una semana. Es viajar sin moverse y comer y comer. Confundir Malta con Tánger y no bajarse en Roma porque ha salido el sol.
Es bestial.







