LOS esfuerzos por demarcar un campo teórico para la ciudad parecen estar condenados al fracaso, como así lo han mostrado tanto los críticos de Wirth (1938) como los de Castells (1972). La teoría de Wirth es difícil de defender. Para empezar, la especificidad de algo llamado urbano, entendido como la cultura de la ciudad, nunca fue defendida por la Escuela de Chicago en su conjunto. Park, por ejemplo, nunca concibió la ciudad como un objeto teórico, sino más bien como un laboratorio para el estudio de procesos sociales. Por otro lado, lo urbano solamente puede ser identificado por oposición a algo llamado rural y en este sentido no podemos olvidar los comentarios de Pahl respecto a que parece haber muy poca evidencia empírica que sostenga la afirmación de que el continuo rural-urbano pueda relacionarse significativamente con variaciones consistentes en la organización social o en las funciones económicas. Raymond Williams argumenta de forma similar. Y Herbert Gans sostiene que factores extra-urbanos como la clase social o la etnicidad tiene mayor importancia analítica que los factores puramente ecológicos en los procesos de construcción comunitaria. La evidencia mostrada por los analistas de redes sociales respecto a la idea de que los patrones de interacción social y los patrones de residencia no son subsumibles, se añade a la lista de posturas críticas sobre la especificidad de lo urbano.
Por otro lado, los especialistas en economía política urbana han demostrado que es la destrucción creativa del capitalismo (y no los supuestos rasgos distintivos del urbanismo) la que explica una buena parte de la organización socio-espacial de la ciudad y su cambio incesante. Dicho de otro modo, las ciudades no serían contextos productivos, sino más bien meros reflejos – o «expresiones», tal y como lo describe Castells- de fuerzas sociales más amplias. La economía política prestó atención a las ciudades solamente como ejemplos a través de los cuales una teoría que no es urbana en origen (el marxismo) pudiera reivindicarse.
Y así, el programa de investigación sobre ciudades de la economía política abandonó una teoría de la ciudad como arena específica para el análisis sociológico, por tres razones. Primero, los economistas políticos aceptaron la crítica que Castells hizo a Wirth y a la Escuela de Chicago y, por extensión, al paradigma ecológico. Visto retrospectivamente, la principal lección histórica del paradigma económico-político es que las ciudades no pueden explicarse satisfactoriamente aisladas de fuerzas sociales más amplias. Segundo, la mayoría de los proponentes de un enfoque económico-político no estaban de acuerdo con la noción de ciudad como unidad de consumo colectivo en el capitalismo, que es la propuesta personal de Castells tras su crítica a Wirth. La propuesta castellsiana fue rechazada gradualmente como fundamento teórico del concepto de ciudad por ser reduccionista y no específicamente aplicable a las ciudades. Factores de producción y de circulación de capital son funciones que las ciudades cumplen también en las sociedades capitalistas. La provisión de servicios de consumo colectivo afecta a áreas no urbanas tanto como a las urbanas (como han señalado, entre otros, Enzo Mingione y Ray Pahl). Empíricamente, la teoría castellsiana del consumo colectivo es útil, aunque ciertamente ha perdido poder analítico por causa de la crisis del Estado de bienestar en Occidente. Tercero, ninguno de los críticos de Castells pareció interesado en sugerir alternativas viables para una fundamentación teórica del objeto de estudio. La consecuencia más aparente fue la disolución teórica del campo de estudios urbanos, incapaz de encontrar un referente teórico adecuado que fundamentara la noción de ciudad.
Y, sin embargo, los urbanistas insistimos en convertir en objeto directo de estudio lo que otros científicos sociales consideran meramente una fuente temática. Como bien nos recuerda Giddens, las preocupaciones fundamentales de la ciencia social surgen de procesos que tienen lugar en ciudades.
Así, se estudian las ciudades individualmente y en contextos comparativos, se recoge información empírica sobre ellas, y continuamente se proponen teorías de la ciudad. Si la noción de ciudad sobrevive frente a objeciones lógicas y empíricas, puede ser en parte porque el peso de los argumentos lógicos y empíricos ha sido cuestionado por parte de la comunidad de científicos sociales, y con conciencia teórica de ello desde que Lakatos introdujera sus propuestas sobre programas de investigación. Más recientemente, la llamada «desorganización» del capitalismo ha sido acompañada por un intento por rehabilitar marcos representacionales como enfoques epistemológicos en varios campos de estudio. El post-estructuralismo y el posmodernismo, en todas sus variantes, son adalides de esta idea, que ha invadido también los estudios urbanos.
Desafortunadamente, esta creciente preocupación por las representaciones ha llevado con demasiada frecuencia a muchos analistas urbanos hacia un terreno de empiricismo descriptivo en el que la «excavación arqueológica» sustituye a las alternativas sólidas al estudio de la ciudad (véase la demoledora crítica de Harvey al posmodernismo en La condición de la posmodernidad). El bagaje teórico del posmodernismo es más bien pobre, debido quizás a su rechazo frontal de las grandes narrativas (¡excepto la suya propia!). Y sin embargo, a pesar de todas las propuestas de différence, subjetivismo, relativismo moral y rotura epistemológica de los posmodernistas, la táctica representacional que persiguen tiene el potencial de recentrar la ciudad como objeto de estudio. Así, las ciudades recobran su existencia como objeto de representaciones. Es todavía significativo hablar de «la ciudad» porque es posible representar tal cosa (visual y discursivamente), y también imaginarla. Incluso virtualmente, sobre la pantalla de un ordenador, las ciudades pueden exhibir su totalidad como objetos de representación tecnológicamente mediada.
Como enfoque culturalista, las representaciones son epistemologías holísticas, no procedimientos analíticos causales. Las representaciones implícitamente presuponen una idea común sobre el objeto representado, la ciudad en este caso: la idea de que tal objeto tiene referencia empírica. La representación, por tanto, presupone la existencia de un punto focal espacial y centrado-en-un-lugar para la identificación colectiva en el discurso. Es precisamente el estatus ontológico de las ciudades lo que nos permite representarlas en primer lugar. En este sentido, es preciso matizar las afirmaciones de aquéllos que proponen que la idea de la representación de la ciudad excluye epistemológicamente la posibilidad de concebir la realidad ontológica de la propia ciudad.
Las ciudades han sido desde siempre el objeto de representaciones discursivas en obras literarias y de representaciones visuales en mapas y obras de arte. Dentro de los estudios urbanos, las utopías urbanas de Lewis Mumford y Frank Lloyd Wright no hubieran sido posibles sin una visión holística y representacional de la ciudad animándolas. De forma similar, Yi-Fu Tuan representa la ciudad como un «universo moral» y como un «orden moral cósmico». Joseph Rickwert explica los fundamentos históricos de las ciudades romanas como la acción humana de un designio divino. Gerald Suttles discute la idea de una «textura acumulativa de la cultura local» en parecidos términos. Este es también el caso en The City of Collective Memory (La ciudad de la memoria colectiva) de Christine Boyer y en The Power of Place (El poder del lugar), de Dolores Hayden. Algo similar puede decirse del enfoque de Sharon Zukin sobre la «mística» de las culturas urbanas. Todos estos trabajos recentran la ciudad mediante un énfasis en el potencial normativo de las representaciones para llegar más allá de las historias fragmentarias y las ciudades que desaparecen.
Así, todas estas obras contribuyen a la búsqueda de una «cultura pública» urbana como punto de convergencia representacional y normativo. La esencia de la ciudad (si nos vemos obligados a señalar una) es, pues, la idea de lo público.
Las ciudades son realidades espaciales e históricas duras de roer, o resistentes (resilient), que existen en la realidad social. Son medioambientes construidos en lugares concretos. Tienen incluso presencia corpórea. La materialidad de la ciudad surge del hecho mismo de su lugaridad, podríamos decir, y esta característica no puede disolverse en el espacio por mucho que insistamos en causaciones mentales o subjetivas.
Walter Benjamin, frecuentemente citado por muchos urbanistas contemporáneos, implícitamente apoya la idea de la resistencia material de la ciudad al sugerir que las ciudades no pueden reproducirse mecánicamente, contrariamente a otros artefactos culturales. Y, así, las representaciones urbanas no pueden dejar de lado el carácter esencialmente material de la ciudad, que deriva de su naturaleza tectónica. Como bien afirma Kenneth Frampton, «construir, contrariamente a las bellas artes, es tanto una experiencia cotidiana como es una representación y lo construído es una cosa material más que un signo».







