¿Qué pasa con los adoquines, alcaldesa?

Barcina se marcha sin cumplir su promesa de aclarar cómo 8.400 adoquines del casco histórico pamplonés, supuestamente inservibles, fueron vendidos a Beasain

 

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El 21 de enero de 2007 un grupo de pamploneses, miembros de la Iniciativa Ciudadana para la Defensa del Patrimonio, acudimos a Beasain, invitados por su Ayuntamiento, para visitar las obras de recuperación del conjunto histórico de Igartza, donde por aquellos días se estaban rehabilitando puente, calzada, molino, ferrería y palacio.

En un momento de la visita, Juantxo Aguirre Mauleón, arqueólogo de la Sociedad de Ciencias Aranzadi y coordinador, por aquel entonces, de la restauración del conjunto, nos señaló con un guiño la calzada recién arreglada, indicándonos lo satisfechos que estaban de la solución adoptada. Al mirar al suelo, los nueve componentes del grupo nos quedamos boquiabiertos. El suelo que pavimentaba Igartza era adoquín de Pamplona. El tamaño y proporción de las piezas, así como su particular combinación de colores se reconocían sin ninguna duda, y hasta se apreciaba el desgaste ocasionado por las pisadas de los pamploneses durante casi trescientos años. La sorpresa fue mayúscula, pero las explicaciones vendrían a continuación.

La polémica de los adoquines

Por aquel entonces coleaba todavía en Pamplona la polémica suscitada por el equipo de Barcina, que siguiendo criterios del arquitecto Fernando Redón había decidido sustituir el adoquín, presente en Pamplona desde el siglo XVIII, por losetas de calcarenita modernas. La controversia aumentó cuando se comprobó que, apenas un año después de su colocación (Diario de Navarra, 11-I-1998), las losetas presentaban un deterioro considerable, y que allí donde se había optado por una pavimentación mixta, es decir combinando losas y adoquines, las primeras se habían deteriorado mucho más que los segundos.

Desde el consistorio se dijo entonces que los adoquines se estaban reutilizando en el propio casco viejo, y que tan solo se retiraban los que estaban deteriorados e inservibles. Y fue en ese contexto precisamente cuando apareció el «filón» de Beasain. El Ayuntamiento guipuzcoano aclaró que la compra se había efectuado en un almacén de las afueras de Pamplona, y que se habían adquirido un total de 8.400 adoquines a 5 euros la pieza, lo que daba un total de 42.000 euros. Como en el año 2007 el referente monetario era aún para la mayoría la peseta, hicimos un rápido cálculo mental: la basura, el desecho, los materiales inservibles de Pamplona, se vendían en Guipúzcoa, a poco más de 70 kilómetros, por la nada despreciable cantidad de 6.988.212 pesetas. Es decir casi 7 millones de las antiguas pelas.

Los periódicos se hicieron rápido eco de la noticia (Gara, 1-II-2007, Diario de Noticias, 2-II-2007), y obligaron a dar explicaciones a la propia alcaldesa, que el 3 de febrero salía a la palestra para decir que su equipo «gestionaba correctamente sus obras», y que iban a «indagar» cómo era posible que materiales constructivos reaprovechables de Pamplona hubieran terminado en Beasain, así como quién y cómo había efectuado tan lucrativa venta. Cuatro años después, y a punto de cerrar la legislatura y despedirse como alcaldesa de Pamplona (mayores glorias le aguardan), Yolanda Barcina no ha aclarado quién desechó los adoquines y siguiendo qué criterios lo hizo. No ha explicado cómo es posible que material constructivo de ese valor llegara a manos privadas, y cómo es posible que terminara siendo vendido a otro ayuntamiento con una tasación de 42.000 euros. Y no ha aclarado, por último, cómo es posible que material supuestamente deteriorado, gastado e inservible tenga hoy un magnífico estado de conservación y un inmejorable aspecto en Beasain, y cómo se explica que constituya un patrimonio digno de sentirse orgulloso a quien lo disfruta en una ciudad distinta a la de Pamplona, donde nuestros antepasados los pisaron desde el siglo XVIII. Todas ellas son preguntas que, cuatro años después, siguen sin respuesta.

Y ahora, en Olza

Pero es que, además, quien quiera pisar adoquín pamplonés fuera de Pamplona no tiene por qué desplazarse hasta Guipúzcoa. En la localidad de Olza, muy cerca de Pamplona, el dueño de un vetusto palacio ha acondicionado el entorno del edificio con una calzada empedrada de 36 metros de largo, realizada íntegramente con adoquín de Pamplona. Ni qué decir tiene que el aspecto visual del conjunto es espléndido, y si se indagara cómo el dueño del palacio de Olza ha podido conseguir este material, seguramente nos encontraríamos con una historia similar a la de Beasain. La veda del patrimonio menor de Pamplona se abrió hace tiempo, y los más avezados se cobrarán las mejores piezas.

Yolanda Barcina se va, y bienvenida sea su marcha. Las personas sensibles con el patrimonio artístico y arqueológico de la ciudad nunca olvidaremos los años de este nefasto barcinato. Siempre nos quedará el recuerdo del expolio arqueológico llevado a cabo en el subsuelo de la ciudad, especialmente el perpetrado en la plaza del Castillo, así como las piltrafas arquitectónicas que son estandarte y símbolo de su mandato: la gris y anodina cajonería del Baluarte, obscenamente abierta hacia el edificio de El Corte Inglés, otro de sus edificios emblemáticos, gigantesco monumento al rayador de queso, y el llamado Aquavox, auténtico portaaviones de la VI Flota, montón de chatarra anclado en la calle San Agustín, para mayor gloria de la arquitectura contemporánea. Adiós, Yolanda, esperamos fervientemente que nunca vuelvas a sentir tentaciones de regresar al Consistorio. Pero antes de marcharte acláranos qué paso con los adoquines de Pamplona y, por favor, sin tratarnos como a tontos, al menos por esta vez.

 

Publicado por Noticias de Navarra-k argitaratua