Prohibenda…

La anécdota puede parecer de lo más trivial por falta de originalidad y de relieve, pero no me parece mal referente para evaluar el sustrato moral de nuestra sociedad.

Hoy a algunos jubilatas, vamos a decir de clasecilla media, se nos permite, mediante digamos “módicos” precios, “aldraguear” por los gimnasios. Una buena medida, sin duda, para no atosigar a los operarios de las obras públicas y quizás para no reventar las urgencias de los centros de salud.

Allí, en las saunas, nos apelotonamos gentes de todo pelaje, los dichosos jubilatas-carroceros, los adonis, las yogurines, orondas madonas,  ejecutivos, etc…

Y sin duda muchos afortunados desquehacerados…

Procuras una cierta continencia con la peña. Frecuentemente en vano.

Desde el que te cuenta su vida, pasando por no sabes si el discreto o taimado, hasta el cotilla que pretende revolver en los entresijos de tu existencia, se acumula una fauna entre pelotuda, despatarrada o en su caso ahumada, que sería un tema enormemente sugestivo  para El Bosco.

Pues eso, que aunque la mayoría vigila su intimidad, siempre despunta el Ramón tal y de tal, que ni tiene miedo a opinar, ni a contar sus episodios autobiográficos, sin que por cierto, nadie se los solicite ni muestre el menos interés.

Pues que un buen día entré al cocedero y ahí, en la ardiente soledad, sólo bullían sus pupilas envistiéndome con absoluto descaro. Su rostro envuelto en humores acuosos mostraba un cierto cabreo…

–         Ese jilipollas de la UGT…-debía referirse a alguien que recién abandonaba la sauna-, mucho debe chupar de estos sociatas… Un gobierno que lo único que sabe es prohibir, que si el tabaco, que si la velocidad a 110, crucifijos, religión…

–         Partidos políticos -Intervine condescendiente-

–         Mecag…la h… Es lo único que prohibiría yo, a los partidos nacionalistas…

–         ¿Te refieres a los nacionalistas españoles?

–         No hay nacionalistas españoles. Y vaya… que ya te veo el plumero…  Prefiero no hablar… Eso me pasa por hablar con cualquiera…

–         ¿Te refieres a cualquiera que no piense como tú?

–         Que no quiero hablar.

–         Por supuesto, y estás en tu perfecto derecho.

Es una simple anécdota, que explica las dificultades que existen en este bendito lar nuestro, para establecer unos mínimos parámetros democráticos.

Parámetros democráticos imprescindibles para poder hablar de paz, recuperación económica,  o estabilidad social civilizadamente. Porque realmente  con esta calaña de ciudadanos, los gobiernos no tienen ningún empacho en gobernar o desgobernar –poco más que una pelea de patio entre partidos impresentables-, en autorizar o prohibir, según sus intereses espurios.

El capitalismo corporativo, verdadero gobierno mundial, es lo más antidemocrático que cabe imaginar en este planeta sufriente y atosigado por sus normas y prohibiciones.

En cambio, resulta un desmadre permisivo para sus magnates o socios.

Todo un catálogo de amenazas, quiebra del bienestar y prohibiciones para el ciudadano, en beneficio de la avaricia de los oligarcas.

Que realmente para tales oligarcas el resto de los seres humanos somos desechables, colaterales o en su caso esclavos y parias. No más.

¡Tantas prohibiciones…!

Pues vamos a ponernos erráticos y a prohibir…

Comencemos prohibiendo a los  prohibidores “profesionales” de nuestras abominables democracias “representativas…”

A las monarquías, a los gurús que arman guerras o se enchufan en los gobiernos o en la política a las órdenes de la facinerosa bancocracia… (En Islandia les dieron trullo a todos estos delincuentes financieros y el pueblo se oxigenó)

Que son  además los que monopolizan tanto  los grandes depósitos cerealísticos del hambre como los gigantescos arsenales…

Prohibiría absolutamente todos los fanatismos religiosos y la intromisión de las religiones en el ordenamiento civil…

Y los grandes jumelages, negocios o industrias de esos que se definen como “antiterroristas…”, con sus imponentes industrias mediáticas, los bellacos de la desinformación o tergiversación informativa…

Y por supuesto a los jueces, policías y ejércitos que blindan la impunidad, crímenes y torturas de toda esta chusma…

Por prohibir, que no quede…

Pero claro, ¡ingenuo de mi! Eso, sandeces, puras sandeces no más… a eso se reducen mis vanos deseos… ¿Quién es un servidor, tan sólo un ciudadano cabreado, para prohibir…?

¿Qué armas, que recursos violentos o qué predicamento de chichinabo tengo para osar introducirme en semejante berenjenal?

Porque para prohibir, no es vital tener alguna razón, ser conspicuo o eso, un razonable cabreo para poner tieso a cualquier ente agresor o tipo de agresor.

Para prohibir tan solo se precisa un requisito. Poseer capacidad de agresión, legalizada, violenta o subrepticiamente adquirida, o simplemente afanada en virtud de no se que estado de derecho…

Y aquí está el busilis que explica irremediablemente  el marchamo y la dinámica de cada estado, nación, pueblo o municipio de este planeta. El que posee la violencia posee las llaves del reino mundial.

Y la pregunta es tan evidente como determinante. ¿A quien corresponde el derecho o la capacidad de ejercerla?

Así en principio, a cualquiera se le alcanza en  un primer impulso, con visos de sensatez que es al gobierno democráticamente constituido a quien compete la violencia, vamos a llamarla “institucional”.

Pero visto lo visto hasta la saciedad, este asunto, resulta tan complejo, como tramposo…

Estamos hartos de denunciar a los estados que aunque practican una violencia “legal”, la corrupción de tales estados hace que por muy legal que pretenda ser la susodicha violencia, haya perdido tanto su legitimidad, como la justicia de quien en última instancia la autorizó. Es decir la decisión del ciudadano de otorgar al estado el ejercicio de violencia justa y medida.

Por eso, determinadas prohibiciones, represiones de manifestaciones ciudadanas, abusos contra los derechos humanos, utilización de la tortura, protección y en su caso cobertura de los abusos desmedidos de las oligarquías, etc…etc…,

Porque así es como se despachan los actuales estados –entre ellos, descaradamente el español-  falsamente llamados democráticos. Gobiernos que no sólo rebasan las facultades de lo que pretende ser una entidad de derecho, sino que en sobradas actuaciones su ejercicio de la violencia en nada diverge de lo criminal.

La verdad, ¿tanto  difieren tales comportamientos de la praxis de la delincuencia.?

Es en estas circunstancias, como en cualquier tipo de dictadura, cuando la ciudadanía debe recuperar el derecho  delegado del ejercicio de la violencia, recurriendo a la tan denostada insurgencia.

Todo pueblo tiene derecho a la insurgencia cuando ve su soberanía  y su voluntad, conculcadas…

Hay que plantear de una vez por todas, una democracia participativa.

Pienso que en el espíritu de una auténtica participación ciudadana,  está implícita una insurgencia humana, pacífica y liberadora.

Hoy por hoy, no imagino mejor  control, tanto del buen ejercicio político de los gobiernos, como de las tendencias del poder al chanchullo, al enjuague  y a cualquier otro devaneo corrupto.

Evidentemente, que la gente llegue a la comprensión de lo que implica una democracia representativa, en lugar de estas parodias o tragicomedias de las actuales, a las que dicen representativas, no es tarea fácil.

Ni el “statu quo”, ni los medios, carne de tal status, lo van a proponer o promocionar…

¿Qué nos queda? Paciencia e insurgencia o si se quiere, insurgencia y paciencia.

 

Publicado por Nabarralde-k argitaratua