El «meme» intrahistórico

LA predominancia de la visión objetual, que no objetiva, hoy es más actual que nunca. A ello le dedica todo un libro el pensador italiano Ernesto L. Francalanci, Estética de los objetos, en cuya introducción sobre la concepción de lo difuso nos relata el cómo: «En medio de la vorágine de sentido que constituyen los lugares transformados en puro artificio -como destaca Marc Augé-, las cosas acaban reduciéndose todas a imágenes, a cosas para ver…». La cuestión, por tanto, de en qué plano de la realidad se desenvuelve nuestro presente imaginario se trasluce como una imperiosa necesidad de urgente dilucidación. Y para ello es más necesario que nunca el hacernos una idea de cómo la evolución de la cultura ha ido pareja interaccionando con la del propio ser biológico que somos. Idea defendida por Luigi Luca Cavalli Sforza, entre otros; esfuerzo complementario de esa otra lectura sugerente, desde la añoranza, dada por Marc Fumaroli, en su París-Nueva York-París, viajando por el mundo de las artes y de la imágenes como subtítulo de un escéptico recorrido por los vericuetos de nuestra cultura presente.

Los pueblos también, como las personas, tienen una historia que si afecta a la salud y la biología viene denominándose bajo el generalizado epígrafe de historial (de informes, relaciones y antecedentes). Esto no es nada nuevo y, particularmente, el médico puede avanzarnos algo de nuestro futuro accidental más inmediato si no tomamos las medidas adecuadas para, si no al menos evitarlo sí, en buena medida, poder mitigarlo. Las ciencias prospectivas de la economía, de la politología, de la sociología, de la historiografía y de las por demás denominadas del espíritu vienen a desempeñar ese mismo papel en el plano societario y de la cultura. Siendo que la intrahistoria funciona como el poso imaginario de la identidad de cada cual, bien sea individuo o constituya una colectividad, y urdimbre unamuniana que nos hace sentirnos en cualquier época cercanos a un origen (alejado como se encontraba nuestro pensador de esa filosofía participada, en la opinión de Ciriaco Morón Arroyo, por tres de los grandes enemigos de los ojos, es decir del ver: en este orden, Hegel, Nietzsche y Heidegger).

Para Cavalli Sforza sorprende la contumacia de ciertas permanencias culturales que él, bajo la doble denominación de meme o sema físico, contempla en la duración de lugares del habitar, ciudades y casas, cultos y lenguas, mostrándose como supervivencias del ayer. La nuestra, bajo la denominación que querámosle dar, es una de ellas. Así lo supo apreciar nuestro historiador Mikel Sorauren, en su Historia de Navarra, el Estado Vasco, quien menciona el trabajo en este sentido elaborado por el mencionado Luca, por Francesco Cavalli Sforza, Jaume Bertranpetit y Carmen Manzano, en línea con las tesis de Barandiarán y Aranzadi de una supuesta evolución local del Cromañón, en la que, particularmente, ni entro ni salgo, ni creo tenga mayor trascendencia para una explicación de la evolución del ser humano actual cuyo presunto origen estuvo en África.

Sí son importantes, no obstante, los porqués de esa permanencia como herencia cultural estable y de los efectos de una variación cultural rápida, para la explicación de lo que no deja de ser una clara voluntad del permanecer, impelida o ralentizada por factores coyunturales, de la historia y de la política. Relato, en este caso, victimario que nos distancia entre los nuestros y nos hace sentirnos ajenos a una realidad de la que nuestros antepasados, consciente e inconscientemente, fueron depositarios. Siendo de gran interés la reflexión expuesta sobre las dificultades planteadas por el papel que la historia desempeña desde el mismo momento en que, en su opinión: «La investigación histórica es la más difícil que existe, porque, a diferencia del analista de laboratorio, el historiador no puede volver a reproducir la historia de nuevo e intentar alterarla para comprender la influencia de ciertos factores que considera determinantes». El debate al que asistimos en vísperas de la fecha conmemorativa de nuestra conquista, por el poder castellano, adolece ciertamente, en las dos visiones contrapuestas del acontecimiento, de este hándicap. El mero historicismo, como todo determinismo, realizado al margen de las realidades culturales, de la política, de la demografía, de la poética y hasta de la religión, como nos indica el autor, no deja de constituir sino una manipulación de los hechos del pasado con clara intencionalidad ideológica de cara a la legitimación o no de la realidad presente.

Objeto de una mirada interesada, la historia como ciencia debiera servirnos de guía y referencia para no cometer los errores del pasado, ser conscientes de los avances y de los retrocesos de una humanidad de cuyo progreso razonablemente podemos dudar desde el momento en que contamos con medios para el exterminio y la autoaniquilación. Y prospectivamente adelantarnos a lo que el anónimo presentador de la obra Harald Welzer denomina, no sin ciertos riesgos, una historia del siglo XXI, aún por hacer, en la cual asoman los viejos fantasmas que vienen asolando desde siempre a la humanidad bajo el paraguas de una nueva denominación: la del ecocidio. Estas problemáticas vienen a superar antiguas visiones, puesto que no entienden de fronteras. Su origen se encuentra en la globalización de unos y la mundialización de los otros, teniendo como contrapunto el identitario retorno de lo local basado en la preservación de la memoria y de la tradición, fuentes que lo son también de la historia, bajo riesgo de favorecer el resurgimiento de antiguas rencillas, pero imprescindible como la parte del proceder del ser que es devenido en su variedad cultural.

Por todo ello, y ante la amenaza que se cierne sobre la variedad cultural del presente, el mismo Cavalli Sforza, dictamina el que: «Sería deseable evitar muchas de estas pérdidas o, por lo menos, preservar su memoria. El intento de reconstruir y comprender la historia de las culturas puede ser importante mientras exista la presente variedad cultural, pero parece inevitable que muchas de las actuales variaciones están destinadas a desaparecer por completo». Su preservación implica, no obstante, el marco político adecuado que contribuya a ello, y éste constituye, en definitiva, la legítima aspiración a la que una colectividad tiene el derecho y el deber de constitución.

Publicado por Noticias de Navarra-k argitaratua