Euskadi. Constitución. Londres, enero 11/1941

LOS militarismos triunfaban en España, Portugal, Italia, Rusia y Alemania. El Gobierno de Euskadi aconseja a los vascos abandonar Europa rumbo a América. El presidente catalán Companys, secuestrado por los nazis y entregado a Franco, es fusilado el 15 de octubre de 1940, advirtiendo del peligro que corrían en la Europa invadida.

En Londres, Manuel Irujo, desafiando las circunstancias terribles de su tiempo y la catástrofe de su pueblo, se dedica a escribir una Constitución para un futuro Estado Vasco. No era hombre que imaginara imposibles ni que se solazara con quimeras. Sus puestos políticos en la Diputación de Navarra, en las Cortes de Madrid y en el Gobierno de la República avalaban una conducta política cuerda y práctica. Su decisión de salvar vidas en la hecatombe de la guerra, consiguiendo con éxito múltiples salvamentos, lo retratan como un hombre avanzado en los Derechos Humanos y en la posibilidad de usar su ejercicio político para tal fin.

Escribió la Constitución basado en las condiciones que una vez nos hicieron Reino de Navarra. Recurre al Fuero para la conciliación social y política, más adelantada, en su momento, que la Carta Magna inglesa, a quien muchos consideran un avance de las actuales libertades políticas europeas. Encuentra leyes concordantes a la dignidad humana. La frase que los Reyes de Navarra escuchaban el día de su coronación debiera ser escuchada hoy por algunos de nuestros representantes: Nos, que cada uno vale tanto como tú, y todos más que tú…

Irujo traza un Estado Vasco siguiendo las líneas fronterizas de un reino que, en general, no fue agresivo, fiel a la consigna del Árbol Malato: se lucha por defender no por conquistar. Por eso fue tan gravoso, tras las guerras carlistas, no sólo la ocupación militar a que se nos sometió, sino la leva militar impuesta por el Estado central, que llevaba a nuestros jóvenes a la guerra, cuando querían la paz de su trabajo, y que nos privó de universidades donde hubieran dado el salto educativo. Fuera de Euskadi lo hicieron: en Argentina y Uruguay, hijos de expatriados vascos llegaron a la primera magistratura. Y en Estados Unidos, en Boisse, el vasco Zenarruza accede a la gobernación del Estado.

Irujo, licenciado en Letras y abogado, presentó su Constitución un 11 de enero de 1941. Su nítida raíz vascónica le hace prever el tiempo en que nuestro pueblo podría ser uno más entre los pueblos de Europa. Habíamos sobrellevado a Roma, a los árabes, derrotado a Carlomagno en Orreaga y al Ejército de Napoleón en la plana de Gasteiz. En aquella noche europea, Irujo decide que el pueblo vasco, sus territorios históricos, formen un Estado consolidado para bien en su educación, economía y sociabilidad. De su libertad.

A lo largo de estos años de laboriosa andadura democrática, múltiples y dolorosas acciones terroristas han pervertido la limpia raíz nacionalista que exhibimos con orgullo quienes fuimos, de una manera u otra, perseguidos por un ideario nacional, y han desacreditado nuestra propuesta, hábilmente manipulada por los adversarios. Hemos recorrido un camino de lucha tenaz, esperando siempre una señal de acercamiento. El anuncio de una tregua por parte de ETA y la voluntad manifiesta de la izquierda abertzale de emprender un camino democrático nos anima en esta nueva deriva. Pero necesitamos hechos más que palabras.

Quiero para las siguientes generaciones vascas un país que decida por sí mismo el camino a emprender, sin coacciones de una y otra parte. Esa Euskadi, nada utópica por cierto, como se encargan en aclararnos, o tan utópica como en su día fue la idea de una Unidad Europea tras la 2ª Guerra Mundial, o la caída del muro de Berlín, que mi generación vio izar y caer… Hay países semejantes al nuestro, en Europa, que gestionan su democracia, administran el buen hacer de cada uno y de todos sus ciudadanos, acuciando por una vida digna en el ejercicio de la paz. Pero la violencia de ETA, nacida en el franquismo y perpetuada en los años de iniciación democrática del Estado español, ha dejado secuelas de odio y encarnecidos dolores y ciertas fórmulas políticas a las que sus acciones han venido más que bien para sus intereses. La reparación debe trazarse con sumo cuidado. Con enorme generosidad. Como la que se tuvo, y no se nos deja olvidar, al facturarse la Constitución de 1978 en el Estado español sobre las cenizas calientes de un régimen dictatorial que duró, tras una guerra civil de 3 años, cuarenta de poder omnímodo.

Cuando Irujo estructuró su Constitución, doscientos mil vascos/as deambulaban por el exilio, y otros muchos fueron fusilados, encarcelados, o simplemente amordazados. De esa realidad a la de hoy, el camino ha sido largo y difícil, pero no estéril. Recobremos la esperanza de nuestra historia para avanzar al futuro con optimismo.

 

Publicado por Noticias de Navarra-k argitaratua