Euskadi-Venezuela

Esta noche ha tenido lugar en Bilbao un partido curioso. La selección de Euskadi se ha enfrentado a la  de Venezuela. Lo de menos es el resultado, sobre todo teniendo en cuenta que el partido no formaba parte de una competición oficial. Este último hecho, además, no es noticioso. Así lo han querido españoles y franceses. Por lo que se refiere a los primeros, el mismo ímpetu que les lleva a idolatrar a su selección campeona del mundo les sirve igualmente para impedir que una de sus colonias, Nabarra, tenga la suya propia.

Mi particular crónica no gustará a muchos, soy consciente. Y lo comprendo. Hace años sentía ilusión por esta selección. No es el cambio de nombre lo que me llena de decepción. Se le llame Euskadi o Euskal Herria, el desenlace es cada Navidad el mismo: un combinado de jugadores de la Nabarra reducida y de la Nabarra Occidental -de vez en cuando se cuela alguno de la Norpirenaica- juegan un partido de fútbol en absoluta desigualdad respecto a sus contrincantes sobre el césped.

Alguno pensará: “¿Pero qué está diciendo este majadero? Pero si le endosamos tres chicharros a Venezuela…”. Efectivamente, tres goles endosados a una selección oficial de un estado soberano. Dos atributos de los que los vencedores del encuentro carecen: porque su combinado no es oficial y porque su estado está ocupado por España y Francia. Bien mirado, hasta los escoceses nos superan, ya que, a pesar de tener su estado colonizado, disponen de selección oficial.

Me habría encantado ver a jugadores del Girondins, del Racing, del Numancia, del Mirandés… -añadan ustedes los nombres de otros clubs que, a buen seguro, conocen mejor que yo-. Y, por qué no decirlo, me habría encantado escuchar la Llamada a Cortes, y no un himno que, aún siendo precioso desde el punto de vista artístico, pertenece a un partido político, no a un estado milenario.

Mis respetos hacia la hinchada que ha abarrotado las gradas de San Mamés. Una ilusión desbordante que me embarga, pero que me deja un cierto poso de desilusión, de querer y no poder, de alegría vana. Pero insisto, no he venido teñir de tristeza lo que se supone es una fiesta para el fútbol nabarro. Tan sólo he querido introducir una pizca de espíritu crítico en torno a este encuentro futbolístico.

Decía esta mañana Patxi Mutiloa en Radio Euskadi que tras la intención de cambiar la denominación del combinado Euskadi por Euskal Herria implica intereses políticos de superar el actual marco.

Escucho a César Farías, entrenador de Venezuela, hablar de “esta parte de España” al referirse a Euskadi. Puede ser un estupendo colofón a nuestro particular y dramático “es lo que hay”. Seguimos colonizados, no sólo en un  sentido jurídico-político, sino también en un sentido mental: porque seguimos insistiendo machaconamente en solapar el ámbito socio-cultural con el político. Y claro, el señor Mutiloa se aprovecha, nos pilla con el pantalón caído y nos la endiña hasta el fondo: “La virtual Euskal Herria” o “La Euskal Herria cultural” han sido sus palabras. Un enemigo de la causa nabarra, sin duda, pero bastante más informado que algunos que, con la mejor intención del mundo, se precian de ser patriotas.

Respecto a la oficialidad del combinado, un sencillo apunte. Permitir que Euskadi juegue con todas las de la ley choca de lleno contra las pretensiones imperialistas de los colonizadores españoles y franceses. La FIFA siempre mirará a ambos agentes con respeto en tanto en cuanto son estados soberanos. Quizá por eso mismo nunca veremos un Euskadi-Argentina (¿se lo imaginan?) o un Euskadi-Alemania. Las cosas cambiarán -o deberían cambiar- el día en que la selección sea la de Nabarra. Quién sabe si no sería la Holanda la primera en enfrentarse a los futbolistas vascones. Nadie como los hombres de la naranja mecánica recuerda también al que fue enemigo común, el Duque de Alba.

 

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