Carta abierta a Mario Vargas Llosa

DISTINGUIDO señor: Reciba mi felicitación por la concesión del premio Nobel de Literatura, un reconocimiento que los lectores de sus novelas ya le habríamos otorgado hace muchos años si nuestra devoción por su obra tuviera suficiente influencia en las decisiones, tan caprichosas en ocasiones, de la Academia Sueca. A usted le ha llegado a tiempo la gloria de este galardón, en tanto que a otros autores la muerte se les adelantó a igual merecimiento. Esta debe ser la diferencia entre la buena suerte y el infortunio o, también, entre lo justo y lo arbitrario. Demasiadas decepciones contiene la historia del Nobel. La de esta edición no ha sido por su nombre y su obra, indiscutibles, don Mario, sino por las palabras de soberbia e intransigencia que pronunció en su discurso Elogio de la lectura y la ficción. El fracasado político suplantó al cabal escritor en la tribuna.

La lectura, según creo, es una búsqueda de la verdad, un ejercicio de entendimiento o quizás una aproximación al universo humano. Los novelistas, los poetas y los pensadores son imprescindibles porque ensanchan nuestro espíritu y reducen nuestras dudas. Los necesitamos para saciar nuestra sed de saber y concebir la utopía; pero no para entretenernos con sus miserias individuales. Usted construyó una parte de su conferencia para justificar sus desaciertos vitales y redimir en público sus frustraciones. Y el Vargas Llosa que admiramos como narrador se desdibujó y apareció su caricatura, el perfil mediocre de quien pervierte, en el momento de máximo esplendor, el sentido universal de su obra. Y se puso a opinar sobre asuntos menores como un vulgar tertuliano, uno de esos charlatanes que pululan en los platós y nos comprimen el alma en la disputa de simplezas. Ya conocíamos, es cierto, sus criterios políticos y sus aficiones uniformistas; pero no era imaginable que los vomitara en el lugar y el instante en que esperábamos al autor en toda su grandeza.

Dijo usted que «la transición española de la dictadura a la democracia ha sido una de las mejores historias de los tiempos modernos, un ejemplo de cómo, cuando la sensatez y la racionalidad prevalecen y los adversarios políticos aparcan el sectarismo en favor del bien común, pueden ocurrir hechos tan prodigiosos como los de las novelas del realismo mágico». ¡Qué estrecho y falaz juicio! No sé qué vivencias conoció de España en aquella época, pero si hubiera presenciado los acontecimientos no con ojos complacidos, sino con el rigor de la verdad inexcusable, sabría que la sociedad española, perpleja y extraviada, sufrió el fraude ignominioso de la legalización democrática del franquismo y se le impuso, entre el miedo y la ignorancia, una libertad tutelada a cambio de que las atrocidades de cuatro décadas quedaran impunes y Franco tuviese continuidad en su predilecto sucesor, el rey Borbón. Aquello no fue una novela mágica, sino relato de terror, cuyas secuelas seguiremos padeciendo hasta que se reformule el Estado y se abra un proceso histórico y penal a la dictadura. Cuando el intelectual se sitúa en el bando del poder se convierte en su patético y servil bufón.

También dijo en Estocolmo: «Detesto toda forma de nacionalismo, ideología -o, más bien, religión- provinciana, de corto vuelo, excluyente, que recorta el horizonte intelectual y disimula en su seno prejuicios étnicos y racistas, pues convierte en valor supremo, en privilegio moral y ontológico, la circunstancia fortuita del lugar de nacimiento. Junto con la religión, el nacionalismo ha sido la causa de las peores carnicerías de la historia». ¡Qué caudal de adjetivos huecos! Me pregunto a este respecto si cuando el Papa habla al mundo opina o pontifica, propone o impone pensamiento; y así me queda la duda de si usted, subido en el púlpito del Nobel, adjudica a sus propias ideas algún sobrevalor mágico o fascinación dogmática que las hace incontestables. ¿Y qué deidad sagrada, señor malversador de sentimientos, le ha dado el poder de transformar sus filias y fobias políticas en doctrina imperativa? Como toda competición de opiniones -las suyas contras las mías- es inútil, le hablaré de certezas.

Cuando usted aún profesaba la fe socialista y se sentía tan dichoso conspirando en la gauche divine -y ya había cumplido la cuarentena, no era un ingenuo adolescente-, el nacionalismo vasco acumulaba ochenta años de brega democrática y había acreditado en Euskadi y Europa su apuesta por los derechos humanos. Cuando usted le cantaba enardecidas loas a Fidel Castro y mucho antes de que se rebelara contra esa tiranía, el nacionalismo vasco ya había repudiado el horror de aquellos regímenes que tiranizaban aún más a los pueblos y cambiaban la crueldad fascista por la barbarie comunista. Llegó con mucho retraso, admirado amigo, a los anhelos de la libertad, donde el PNV esperaba a que gente como usted se desengañase de épicas totalitarias y madurara. Amparado por el olvido de sus cuitas revolucionarias, viene ahora a impartir doctrina y señalar con su dedo inquisidor a quienes le precedieron en convicciones democráticas. No le niego sus predilecciones antinacionalistas; pero su trayectoria política, tan voluble como contradictoria, no parece que le capacite para dar lecciones de coherencia y ética elemental. ¿Y dónde queda, por cierto, el nacionalismo español en su discurso memo?

Lo primero que enseña la sabiduría es humildad. Creo que los mejores hombres no son fatuos, sino nobles de corazón. Y como toda biografía es una travesía de errores y fracasos, ¿quién puede ponerse de ejemplo ante los demás? Usted, querido señor, es un escritor de éxito; pero reconózcame que como político es un fiasco. Quiso ser en 1990, en un arrebato mesiánico, presidente de Perú y su pueblo optó por un candidato de nombre fotográfico, Fujimori, quien pasó a dictador y después a prófugo y presidiario. Y ahora milita usted en UPyD, que tuvo en Cataluña hace unas semanas menos votos que una plataforma friki liderada por un travesti estrafalario. Está visto que lo suyo no es la carrera política y que allí donde se ubica se produce un siniestro. Con estos antecedentes, ¿se atreve a emitir sentencias sobre la calidad democrática del nacionalismo («plaga incurable del mundo moderno y también de España») y a dividir el mundo entre las ideas que le placen y las que le incomodan? Antes en la izquierda y ahora en la derecha y el antinacionalismo: ¿cuál será su próxima parada, señor veleta?

Todo ser pensante, también Vargas Llosa, tiene derecho al respeto por sus discernimientos. Lo que no está claro es si usted, desde su cátedra de intolerancia, les reconoce a sus opositores la misma cortesía. Su discurso sueco fue una soflama mitinera y su elocuencia emponzoñada evocó el fervor panhispánico de los viejos falangistas. Yo no digo, amigo mío, que el nacionalismo, como todos los ismos, no deba relativizar sus objetivos y desprenderse de sus miedos; pero usted, con sus palabras, levanta un muro de intransigencia entre las distintas formas de interpretar el Estado democrático. Y puesto que es difícil que nos reunamos en el diálogo ideológico, al menos nos encontraremos en sus próximas novelas. Allí nos veremos, en la exploración de la verdad oculta en nosotros. Desde el respeto y la discrepancia, reciba un cordial saludo.

Publicado por Deia-k argitaratua