Revancha es, según la Academia de la Lengua española, ese idioma que se encuentra en peligro de desaparición en las provincias vascongadas, sinónimo de desquite, que es la acción y efecto de desquitar, que a su vez significa tomar satisfacción, vengar una ofensa, daño o derrota o restaurar una pérdida.
En este año de 2009 se cumplen cuatro siglos de la firma, por su católica majestad el rey nuestro señor Felipe III de Habsburgo, de infausta memoria, del decreto por el que se ordenaba la expulsión de los reinos de España de los moriscos.
Los moriscos eran los descendientes de los musulmanes hispanos, quienes al ser conquistados por los cristianos pasaron a denominarse mudéjares. Como tales, pudieron seguir practicando con más o menos problemas su religión islámica. Fue en 1502, reinando los Reyes Católicos en Castilla, Aragón y Granada, recién conquistada, Navarra aún permanecía independiente, cuando se obligó a los musulmanes a bautizarse o a expatriarse. Unos 300.000 abandonaron la península, el resto pasaron a ser moriscos, oficialmente cristianos pero, en su mayoría, secretamente musulmanes.
El imperialismo español no podía aceptar la existencia en su seno de ninguna minoría disidente que desmintiese de facto la uniformidad del Reino. Ni en el plano religioso, ni en el cultural, ni en el político. Traducido a la práctica, ni criptomusulmanes, ni judaizantes, ni herejes, para eso estaba el Santo Oficio, pero tampoco más lengua que la castellana, ya dejo dicho Antonio de Nebrija, en el prólogo de su Gramática de la lengua Castellana (1492), que «siempre la lengua fue compañera del imperio; y de tal manera lo siguió, que juntamente començaron, crecieron y florecieron, (…) no solamente los enemigos de nuestra fe, que tienen la necessidad de saber el lenguaje castellano, mas los vizcainos, navarros, franceses, italianos, y todos los otros que tienen algún trato y conversación en España y necessidad de nuestra lengua, si no vienen desde niños a la deprender por uso, podrán la más aina saber por esta mi obra». A partir de 1512, el imperio tampoco pudo asumir la existencia de independentistas navarros.
Sabido es que la resistencia de los navarros a su anexión a España fue tenaz durante un siglo, me remite a Pedro Esarte y su «Represión y reparto del Estado navarro», luego parece decaer. Se han esgrimido muchas razones para esta aparente sumisión. Sin duda influyó el cambio generacional, aquellos que habían conocido el reino independiente ya habían muerto, también el cansancio ante la represión, pero me atrevo a lanzar una hipótesis que habrá que confirmar, pero que presenta muchos visos de verosimilitud.
Durante todo el siglo XVI habían corrido rumores por Navarra, acerca de la existencia de planes para deportar a toda la población de Navarra, poco más de 100.000 personas en aquella época, y sustituirla por otra proveniente de cualquier rincón del imperio. Esos planes existían realmente, pero los navarros no creían plausible que pudiera hacerse tal cosa. Había que convencerles.
Evidentemente la expulsión de los moriscos tuvo muchas motivaciones. La primera, la existencia de un núcleo compacto y refractario a la asimilación en el seno de la pretendida nación española, después la competencia económica que esta laboriosa comunidad suponía para los cristianos viejos, menos proclives al trabajo, para terminar la supuesta connivencia de los moriscos con los turcos, siempre dispuestos, al menos según la propaganda oficial, a recuperar la España para el Islam, pero de rebote servía para que los navarros escarmentaran en cabeza ajena.
Podemos imaginar el impacto que el proceso de expulsión de los moriscos supuso para los navarros de la época. El imperio era capaz de deportar a una población que triplicaba la de Navarra y en un territorio mucho mayor. Las amenazas podían hacerse realidad. A partir de entonces la política navarra de resistencia, se transforma en otra de aparente sumisión, muy parecida a la que habían seguido alaveses, vizcaínos y guipuzcoanos. Españoles por conveniencia, como viene a decir la famosa jota, pero que en cualquier momento podrían volver a reivindicar su naturaleza de navarros libres. Entonces se afianza la teoría del pacto, el paradigma fuerista, con la que se edulcoraba algo el trago de medicina tan amarga como era la renuncia, bien fuera que circunstancial, a la recuperación de la independencia. Periódicamente renacía la rebeldía, bien por contrafueros o por razones de penuria económica, siempre ha habido crisis. Particularmente virulento en este aspecto fue el siglo XIX.
La teoría del pactismo siempre ha sido rentable para el ocupante, como sabemos, quien ni siquiera se ha tenido que esforzar en inventarla, ellos hubieran preferido la simple sumisión, pero como mal menor no les ha venido mal.
Hoy en día, cuatrocientos años después, hay muchos más musulmanes en España que en 1609. Curiosamente tienden a establecerse en las zonas donde los moriscos eran más numerosos en el momento de su expulsión, el País Valenciano, Murcia, Granada, el bajo Aragón, el bajo Ebro…
Los navarros tenemos otra revancha pendiente, la de recuperar la soberanía y el territorio arrebatados por la violencia a lo largo de la historia. La historiografía española siempre se ha desenvuelto en la mentira. Por ello resulta labor primordial desenmascarar todos sus engaños. Para empezar el del pacto, que no fue más que una imposición a los vencidos aceptada bajo amenaza.








