La inauguración el pasado 1 de octubre de la nueva sede territorial en Bizkaia de Osasun Saila/ Departamento de Sanidad de Eusko Jaurlaritza, en la confluencia de las calles Licenciado Poza con Errekalde Zumarkalea supone la materialización de la más absoluta frivolidad política, administrativa y arquitectónica.
En realidad no resulta demasiado sorprendente considerando quién es el máximo responsable de Departamento: el consejero Gabriel Inclán. Un político que a su deficiente gestión pública, corrupción deontológica encubriendo a médicos que cobran por exclusividad y están pluriempleados en la medicina privada, absoluto desprecio real al euskara, al margen de hipócritas declaraciones por el Departamento, añade su socialmente conocida escasa reputación.
En este lugar existía el dispensario Ledo-Arteche una bella arquitectura en absoluta sintonía, formal y material con su entorno arquitectónico inaugurado en 1915 según proyecto del notable arquitecto Enrique Epalza (1860-1933) y posteriormente reformado por otro gran profesional Eugenio de Aguinaga (1910-2002), que fue clausurado en el verano de 2003. En el Plan General de Bilbao estaba catalogado como de Conservación Básica nivel C, lo que le otorgaba unas condiciones de respeto. Pero en el Ayuntamiento existe la Comisión del Patrimonio de Bilbao, integrada en su mayoría por funcionarios municipales, algunos de los cuales ya han dado reiteradas muestras de ferocidad destructiva por lo que en la realidad no es más que un sanedrín para, aparentando democracia y debate interno, favorecer administrativa y políticamente la pérdida del legado arquitectónico de la Villa.
En ningún momento se planteó ni exigió la posibilidad de su ampliación con un proyecto culto y delicado. En rotunda y continua contradicción con el espíritu europeo de conservación del patrimonio monumental y de criterios medio ambientales a pesar de que dicha Comisión depende jerárquicamente del Área de Urbanismo y Medio Ambiente del Ayuntamiento dirigida por Ezker Batua. Una ideología a la deriva y a la carta del respectivo poder político, para poder mantener el puesto, que por supuesto es lo que prevalece y prima. La operación destructiva y especulativa se complementa en otro edificio propiedad del Departamento, el situado al final de la calle María Díaz de Haro, nºs 58 al 62, con su magnifico cuerpo vertical, una bella referencia urbana, descatalogándolo de idéntico grado previamente y recalificándolo urbanísticamente de uso equipamental a residencial. Actualmente dependiente de la Dirección de Patrimonio de la Consejería de Hacienda, es una cierta garantía de una gestión honrada y de que no acabe demolido.
El edificio es una construcción en la esquina antes citada de ocho plantas de altura y cinco subterráneas con una fachada poliédrica de numerosas superficies acristaladas enlazadas mediante una ramificada y complejísima estructura tubular metálica generando múltiples planos e inclinaciones a modo de una primera piel transparente. Probablemente, lo que ocasionará es una pérdida de luminosidad y reflejos incómodos en el interior de las oficinas, que por cierto es para lo que se dedica el edificio: trabajar dentro racionalmente unos 200 empleados. Los que además se podrán permitir el irracional capricho de acudir en coche ya que dispondrán de dos plantas de aparcamiento.
Se trata de una arquitectura convertida en espectáculo, egocéntrica que prescinde de todo y sólo se mira a si mismo, de muy difícil lectura. Incluso por la noche con focos que perpetúen su existencia: el consumo y la contaminación lumínica no importan. Están al servicio del brillo. Por mucho que cumpla las ordenanzas municipales en cuanto a la edificación, altura, vuelos, etc. es una clara trasgresión al Ensanche, en su concepto de neo-centro histórico de Bilbao, como un notabilísimo ámbito que por su coherencia no es el lugar más adecuado para experimentos excéntricos.
Una arquitectura debe poseer una razón constructiva y por tanto una lógica, no sólo una imagen brillante. La obsesiva persecución del hito, propósito de alto riesgo económico, funcional y formal, puede conducir al fracaso, la banalidad, sino vulgaridad y en ocasiones al esperpento. Ya en la Biennale di Venezia de 2000 ante la caótica situación imperante en la arquitectura de la globalización, se proclamó el lema «menos estética y más ética». Conocido el proyecto ya suscitó numerosas críticas y alguno advertimos de la descontextualización del mismo (Gara 26-05-2004)
Sus grandes rasgos son la incoherencia, la insostenibilidad. Es socialmente inadmisible que una administración pública, Sanidad con tantos problemas y graves deficiencias en su gestión y función se dedique a despilfarrar el presupuesto en edificaciones que por su costosísima construcción y exagerado mantenimiento resultan inapropiadas. Se han invertido 14 millones de euro. Una rotunda falta de ética pretendidamente sustituida con un fachadismo estético. La limpieza de la doble fachada acristalada por el exterior y el interior resultará una gravosísima, arriesgada y compleja operación. Sorprende asimismo una excesiva dependencia, muy a la moda, de la silicona como elemento de encuentro de materiales.
Una inmoralidad propia de un político irresponsable. La insensatez y ligereza en la gestión de una administración se demuestra en este gusto por la grandilocuencia como fin que debe expresarse con una excentricidad primando la espectacularidad, la fascinación mediante el impacto constructivo e incluso con la experimentación plástica. La forma, el gesto exacerbado como protagonista esencial, lo demás ya se adaptará y cuanto más espectacular mejor. No se debe confundir la calidad arquitectónica con un suceso turístico. La arquitectura no es el edificio solamente, sino también la forma como el ser humano desarrolla su actividad vital en su interior.
La crítica al edificio, que evidencia una audacia conceptual, una destreza constructiva al servicio de una creatividad aparatosa y vistosa no presupone, ni muchísimo menos, cuestionar la capacidad profesional de su autor mostrada en otros varios notables proyectos.
Iñaki Uriarte. Arquitecto









