Ignoro la virtualidad o el compromiso del reciente acuerdo entre Navarra y la CAV sobre el euskera. No es el objeto de mis reflexiones. Ni lo son las posteriores consideraciones -que ni venían a cuento, ni merecen comentario alguno-, del ilustre D. Miguel. Ya nos tiene acostumbrados a sus incontinencias de adrenalina en ciertos temas y en ciertos momentos.
Al final todo se queda en fuegos fatuos, producto de alguna descomposición mental. Una llamada a la calma, no para la ciudadanía, sino para los 90 grandes del reino.
Qué otra cosa podemos pensar de un sujeto que hoy se «ajunta» con las falanges del fascio para poner en la picota a ZP, y a los pocos días se nos aparece besuqueando su inefable tafanario. No lo haría mejor Tartufo…
Es un ejemplo cercano, para calibrar el perfil de estos nuestros políticos de nuestros pecados. Para los de a pie, una conducta habitual.
Tartufos, trotaconventos, paráclitos y trafulcas, valquirias -féminas desmelenadas que pululan en las tertulias, adictas a la soflama y a la arenga-, savonarolas, etc. Rebosan en la vida política y en sus cenáculos, parlamentos y ayuntamientos, basílicas y catedrales, rotativas y radiotelevisión, y en la banca, donde conspira la mafia intocable. Y los ciudadanos, asistimos perplejos ante esa representación -si no fuera tan dramática- de la comedia de la democracia.
Van de laicos y le hacen la cama al Vaticano. Ponen en circulación a celestinas oficiales y a remilgadas trotaconventos.
Proclaman a la estrella de los vientos su preocupación por el paro y abren el erario a sus directamente responsables, los banqueros, ¡sírvanse y tapen sus chanchullos! Más sarcásticos que el Domine Cabra con el pueblo desvalido: ¡coman, coman! Chaucha y media…
Suben los productos energéticos. Los pobres comerán frío…
No condenan ideas, no hay pira que las queme pero sí a los que las piensan… No hay entidad democrática -ni siquiera la ONU- que soporte tal indecencia y su tufo fascista.
Están los de la tiara y el capelo, hijos de ese paráclito engendrador impoluto. No hay mayor tartufada ni mayor escenificación de una impostura que la suya. Y se mesan el cabello y apelan a la guerra santa, cuando se hace inviable «un proyecto de vida», un embarazo traumático. Luego callan, transigen o dan la mano a los productores del hambre, de guerras genocidas, de torturas, de armas mortiferas… ¿Porqué tanta deferencia con estos impostores, sacristanes de Mefisto?
La verdad es que este tipo de reflexiones, tan estrictamente controladas por los medios, cada día son más recurrentes en los escasos medios libres o «disidentes». Un servidor, pues, no pretende aportar demasiados avances. Mi palabra es una voz más para denunciar el terrible fracaso, la mentira de las llamadas democracias participativas. Y hay que decirlo bien alto, no son más que una careta más de las profundas desigualdades e injusticias de la sociedad. Otro rostro del fascismo.
Dicen que esta demostrado hasta la saciedad, que esta democracia representativa no pasa del puro camelo. Los farsantes oficiales de este statu quo, sacan pecho para despreciar a otros gobiernos dígase, Venezuela, Cuba, Bolivia. Estarían bien callados todos estos tartufos.
Las democracias convencionales se han degenerado. El hecho de poder votar cada cuatro o cinco años ya no significa nada.
Es bien sabido que el pastel está bien repartido dentro del bipartidismo.
El ciudadano pierde absolutamente sus cauces de participación. Los partidos se blindan, y fuera de su hermetismo se mueren la mayoría de las propuestas ciudadanas.
El «stablishment» impide otras opciones dicen que peregrinas o ilegales. Porque aún en el caso de no ser arbitrariamente ilegalizado, haría falta una ingente suma de dinero para poder competir con los dos grandes trusts políticos que acaparan el sistema, aquí, en Francia y no digamos en EEUU.
Eso mismos partidos manojean, cuando no corrompen las propias instituciones municipales, que por cercanía parecen más accesibles a la voz del ciudadano.
Las diferencias ideológicas de los dos partidos alternativos, hoy día son nimias, meros matices. Ambos tienen la misma concepción del estado y se mueven en los mismos parámetros centralistas y neoliberales. No hay más opciones.
Se puede decir que la «res pública», es innaccesible a cualquier ciudadano que no pertenezca a una de esas familias que, prácticamente con carácter vitalicio, mangonean el cotarro.
De esta forma los pueblos del estado y sus ciudadanos, pierden su voz y su soberanía, sometidas a las normas, a los intereses y a la arbitrariedad de las instituciones del estado centralista.
Quiere decir, que si un pueblo reclama su derecho a conocer la voluntad y los intereses de su ciudadanía, ha de pasar el tamiz de los parámetros del estado. Un estado que habitualmente ignora, tergiversa o desprecia la historia, la cultura y la voluntad de los ciudadanos de dicho pueblo.
Hay muchas más consideraciones que podríamos deducir para denunciar el fracaso y la inmoralidad de las actuales democracias representativas.
Hoy día, los que de alguna forma constatamos el profundo fracaso del neoliberalismo y sus falsas democracias, no vemos otra alternativa que la democracia participativa.
Se podrá decir que la gran masa ciudadana está desorientada, desmotivada, alienada, no preparada para estas lides. ¿Y que otra cosa podía ser? ¿Acaso los poderes fácticos -los muy demócratas- no han trabajado esta masa para neutralizarla, desmotivarla, alienarla, idiotizarla? Futbol, telebasura, reality shows…
La desinformación y el desconocimiento, son el método que desvergonzadamente utiliza la democracia representativa para alcanzar el objetivo de manejar a la masa.
Los gobiernos actuales no quieren ciudadanos pensantes sino borregos.
La democracia participativa es el antídoto para esta degeneración de la sociedad actual.
Una sociedad ecuánime y humanizada solo se estructura partiendo de las propuestas sociopolíticas de las asambleas ciudadanas.
Desde los barrios a los ayuntamientos, desde los municipios -en el caso de Navarra-, a las merindades y desde estas al gobierno del «Reyno»… Sería un ejemplo entre muchas otras posibilidades. Valga el fondo, ya que quizás no la forma.
Evidentemente para lograr esto, la concienciación y la motivación ciudadana supondrían un enorme salto cualitativo. Conllevaría un cambio general de mentalidad, de cultura, de reflexión y por supuesto, una profunda regeneración de los gobernantes, algo impensable en este momento, pero factible desde una amplia contestación popular.
Ya no es de recibo, proponer a la ciudadanía constituciones engendradas desde la voluntad o la veleidad de cuatro próceres «motu propio». Muy al contrario, sólo es al ciudadano a quien corresponde elegir a quienes confeccionen tal constitución «cortes constituyentes». Y solo a él compete la validación o denegación tal carta magna.
La constitución española nunca fue el producto de una asamblea constituyente, sino el engendro de neofranquistas, militares y algunos tartufos y celestinas que andaban por ahí.
Y de aquellos polvos, estos lodazales…
Hoy el ciudadano tiene que callar, decir amén a las propuestas que hacen los partidos en el poder, de acuerdo con sus intereses particulares o las apetencias de la oligarquía.
Esto nada tiene que ver con una sociedad democrática.
Tendremos que retroceder al ejemplo de nuestros antepasados. Eran las villas y los municipios quienes hacían las propuestas y sus comisionados y diputados quienes se encargaban de llevarlas a las cortes, donde una vez discutidas se convertían en leyes. Así se hizo nuestro fuero.
Y será nuestro sueño hasta el día en que los tartufos y demás brunetes de la corte dejen en nuestras manos los destinos de toda Vasconia. ¿Acaso es delito soñar?







