Simbolismo, historicismo y realidad

En este sistema romano que nos ha tocado vivir desde hace 2000 años, la cultura romana ha sido entendida como Derecho, e impuesta militarmente, con toda clase de regímenes que han desconocido y desconocen la existencia de los pueblos colonizados. Todo ello bajo el endiosamiento de las jerarquías, sublimadas en la representación de los dioses, hecho aún subsistente.

Cuando los romanos ocuparon la península ibérica, emplearon su distribución administrativa, tras destruir toda resistencia por la fuerza. De las masacres que realizaron queda la constancia de las masacres en los pueblos del Ebro, Sagunto, Numancia y Calahorra, que además de ser asesinados hasta los últimos resistentes, fueron denigrados y ridiculizados. Para la posteridad, impusieron su cultura, «la cultura», ya que para ellos y sus sucesores, no existió ni existe otra.

Sus sucesores los godos (ejército trashumante con sus familias), siguieron imponiendo la jerarquía militar y la guerra como medios de dominio territorial y de colonización. Su cultura, a ejemplo de la romana, fue la única practicable. Cuando hacia el año 621 el rey Suintilla ocupó parte de la tierra de los vascones, y fortificó uno de sus poblados, le dio el nombre de Oligicus (Olite), atribuyéndose la fundación de la villa, donde ya vivían sus originarios. El hecho simbólico se transmite de tal forma que desconocemos incluso el nombre anterior de la villa.

Las invasiones de Carlomagno en el siglo siguiente llevaron el mismo sistema de conversión a su régimen, imperio adoptado por los francos, también a imitación de los romanos. De su derrota el año 778 no nos queda la efigie de los vascones que lo vencieron, sino un monumento dedicado a Roldán, uno de sus capitanes, como símbolo del saber guerrear y aplicar el dominio.

Las fundaciones de Hondarribia, Vitoria, Bilbao, etc., resultan un insulto a la inteligencia y una ignominia frente al relato histórico veraz. En todos los dichos lugares existían poblados, y su «fundación», al estilo románico, constituyó la colonización del lugar como medio de establecer residencias controladas por ordenanzas, y medio de exaccionar las imposiciones y tributos. Los ejemplos se pueden prolongar hasta donde hallemos datos conocidos.

Grandes falsedades de enfrentamientos

Todos hemos oído hablar de «la guerra de la Navarrería» (1276), como una disputa de vecinos. Pero de lo que se hace dejación es que en ese momento Pamplona se había alzado frente a la monarquía francesa, y fue el ejército francés quien se impuso mediante la invasión, masacre y represalias.

Otro cuento con duración de más de medio siglo fue «la guerra civil entre beamonteses y agramonteses» entre el siglo XV y comienzos del XVI. Irónicamente el siglo XIV dio muchos mas muertos en reyertas y ejecuciones, como lo aportan los libros de la Cámara de Comptos.

Frente a decenas de muertos anuales en ejecuciones por cosas mínimas durante el siglo XIV, las llamadas «guerras civiles» del XV, sólo asientan tres muertes, y fueron venganzas entre la llamada «nobleza». Al aumento ilimitado de cortesanos, el pequeño reino carecía de posibilitar cargos para todos ellos. La búsqueda de alcanzar los puestos y beneficios fue el motivo de las disputas que se llevaron a nivel de partidos, y que se dilucidaron en la división familiar entre Juan II y su hijo el príncipe de Viana. Cada grupo apoyó para monarca al que esperaba que le diera puesto en su corte.

La falta de iconografía de la invasión de Navarra

Sobre la invasión armada del rey católico a Navarra se dieron multitud de justificaciones, y la de los colaboracionistas fue la de las guerras civiles que nunca existieron, y que hoy todavía se sigue exhibiendo y magnificando; como que debido a ellas se firmaba la «predestinación» a la desaparición de Navarra, y nadie habla sobre las ambiciones de los vecinos francos y galos.

Carecemos del relato correcto de lo que fue una invasión militar de un imperio en ciernes, a un país falto de ejército profesional y moralmente sin afanes colonialistas. Hoy día se exhibe como obra de magnitud el cerco amurallado de Pamplona su ciudad, cuando ésta fue concebida para opresión de sus naturales.

a) Ningún recuerdo a los vecinos de la merindad de Sangüesa, que desde el año de 1509 defendía la soterrada guerra que les hacía el arzobispo y virrey de Aragón, con saqueos y refriegas.

b) Ni una estatua, placa, calle, rememoración o acto oficial, recuerda el intento de recuperar Pamplona para su libertad.

c) Idem para el juramento que se realizó en Villaba como rey al príncipe Enrique, ni festividad que reivindique su fecha.

d) Idem ningún recordatorio en tantos pueblos que se levantaron contra el invasor, a la convocatoria del repique de campanas.

e) Idem a personajes como el protonotario Martín de Jaureguizar, el mariscal, Juan de Jaso, Sancho de Yesa, Esteban de Zuasti, etc.

f) Idem a los asesinados, ejecutados, represaliados, expoliados en sus bienes y haciendas.

g) Idem a los que fueron obligados al alistamiento militar, a las obras de fortificación, a la asistencia económica, a la prestación personal y de útiles y ganados obligada y gratuitamente.

h) Idem a la lengua vasca (nativa) frente a la imposición de la lengua imperial.

Paradojas irónicas

Hoy que el Tribunal Constitucional niega la existencia del pueblo vasco, vemos la de siglos que se lleva destruyéndolo, también desde la clericatura universal, y no aludiré a los casos presentes de escrituración de bienes a nombre de la iglesia.

Siquiera algún ejemplo de los pocos que la extensión de este trabajo me permite, el primero es la de la iglesia parroquial de San Andrés de Azpilcueta, sita en Urrasun, lugar de su término. Hoy se la nomina y se propaga como ermita de Santiago apóstol en el camino a su iglesia catedral en Galicia. El segundo caso es el de la caseta del castillo de Amaiur, que servía como tabla de peaje a los que cruzaban el puerto de Otsondo. Ironía de la vida, hoy se la conoce como ermita del Pilar, sin caso meritorio conocido.

Las ironías que se ofrecen, se multiplican en tantos campos como queramos abarcar. Hoy con un partido que se presenta como nacionalista, gobernando en la villa de Hondarribia, celebra la fundación de la misma por un rey castellano, cuando ya lo fue anteriormente por otro navarro, y debía su existencia a tener población de naturales anteriormente.

Hondarribia vio su castillo derruido por Carlos I en 1522-24, y tuvo que reconstruirlo a su costa. Además a su entrada celebra en una rotonda a un ladronzuelo que venido con las tropas que tomaron Hondarribia, fue tirado por el caballo que robó en Donibane Garazi.

Pero aún hay más. La mejor avenida de Hondarribia está dedicada a un alcalde que tuvo en 1636, y que metido a militar, masacró la villa, la expolió de bienes, impuso condiciones sobre-humanas, etc., y fue repudiado por el propio consistorio que lo tuvo de alcalde, que lo declaró al tiempo que ocurrían los hechos, contrario a los intereses de la villa.

Un análisis de la situación municipal, tanto en mayorías de ideología vasquista, como en oposición, no responden a una política reivindicativa de derechos y de recuperación de la realidad histórica propia y reconocimiento.

Todos hechos expuestos, sobre los que la oficialidad y la oposición guardan silencio. La posibilidad de levantar monolitos se encuentra a disposición de la oficialidad para hacerlos, o de la oposición para reclamarlos. Sólo teniendo en cuenta el intento de recuperación de Pamplona, las fuerzas sitiadoras acamparon alrededor de Pamplona, en Ezcaba, Ansoain, Errotxapea, límites de las murallas, etc.

Obtenidos los cargos con votos de una ideología concreta sobre derechos vascos, éstos se auto-limitan en mostrar sus tesis políticas. ¿Cómo se puede entender que se reclame una consulta «no vinculante», lo que constituye un reconocimiento a la aplicación constitucional, si al final te lo rechazan? ¿No hubiera sido más positivo, pedir el referendum, que no incluye el sometimiento?

Hoy, que se debaten los presupuestos del Estado con tanto retintín sobre el TAV, y su costeamiento, hoy que se presenta como el no va más, la sentencia de Europa que sólo reconoce un derecho dentro de las competencias del Estado, hoy que el Tribunal Constitucional declara que el pueblo vasco no existe, nuestros parlamentarios y políticos no demuestran recordar la verdadera reivindicación, por la que salieron las masas vascas a la calle en la Gamazada (1893):

Se quería mantener el ejercicio de aprobar los propios impuestos en Navarra, Guipúzcoa, Vizcaya y Álava, con la libertad fiscal e impositiva de impuestos, lo que equivalía a llevar una política económica propia, sin participación de las Cortes de Madrid. ¿Qué tiene que ver el ejercicio político que gozábamos hace poco más de un siglo, con el que se juega ahora?

* Apuntes para futuros estudios históricos