¿Quién hubiera pensado que los mitos que se describen en la Torah de los judíos -y que, posteriormente, se recogieron en el Antiguo Testamento de los cristianos- hubieran podido resurgir hace pocos años y, esta vez, con nuevos disfraces?. El mito del Leviatán, aquel dragón o monstruo del mar al que el Creador sometió y que se narra en el ‘Libro de Job’, a lo largo de la historia ha tenido sus diferentes expresiones en la mitología antigua y, obviamente, las ha tenido, y las está teniendo todavía, en la moderna. El Leviatán, reconocido como Tiamat, fue también un mito propio de los babilonios y se describía su poder y monstruosa apariencia en las narraciones acerca de la lucha mantenida entre el dios Marduk y el monstruo Tiamat.
De igual modo, se le reconoce también como el dragón ‘Illuyankas’ de los hititas y con el sinónimo de otros monstruos fenicios, ugaritas, canaaneos, etc. Para el profeta Isaias, en su Apocalipsis, el Leviatán representa el poder del maligno que, en sus revelaciones, nos dice que deberá quedar sometido al poder del Altísimo, para ser más tarde derrotado por el propio Mesías, después de su venida. En tanto que esta venida del Mesías se haya producido o se vaya a producir, según diferentes creencias, el hecho cierto es que el Leviatán acaba de perder su última batalla por el poder y la hegemonía de este mundo. Las fuerzas de la naturaleza -el agotamiento de los recursos naturales, en especial, el petróleo y las leyes físicas- le han puesto freno a su alocada carrera y lo han tumbado. Ahora el neoliberalismo sólo vive su agonía. Una agonía que nos ocasionará, por culpa de sus poderosos adeptos, demasiados sufrimientos y penalidades. Pero ya, en el mundo que emerge, nunca podrá volver a florecer de la manera que lo hizo anteriormente.
Este poder sombrío, y a veces tan oculto, que entraña el Leviatán fue analizado, en el siglo XVII, por un gran pensador, como lo fue Thomas Hobbes, que se rebeló contra las ideas imperantes de la época, donde la corrupción y los privilegios de unos cuantos se ejercían a costa del sacrificio y de las penalidades de la mayoría. El absolutismo imperante en la época era el sistema que se había transformado en un monstruo de injusticias y de iniquidades. Se había convertido en un sistema que atentaba incluso contra la dignidad de los seres humanos, en un etapa tan importante para el desarrollo de la humanidad. El Leviatán se identificaba con un Estado totalitario sujeto a una gran burocracia. Para Thomas Hobbes, el hombre era un lobo para otro hombre: homo homini lupus.
A su juicio, el hombre, por su propia naturaleza, se mueve por la fuerza de sus deseos y pasiones. Son los deseos, las pasiones y las ambiciones de los hombres quienes crean el Leviatán que caracteriza el Poder Supremo al que, a veces, en tiempos de Hobbes, se le llamaba Estado o República. Los hombres luchan entre sí porque la codicia de unos les presiona para que roben o maten a los otros. El estado natural entre los hombres sería el de la guerra o el de la anarquía. Sin embargo, los hombres tienen miedo de morir y, además, son egoístas. Pero no son tontos, pues saben que no podrían mantenerse en guerra todo el tiempo pues también saben que todos perderían con ello. Por ello, optan por la paz para así poder disfrutar tranquilos del botín.
Así pues, para evitar la muerte y la aniquilación mutua, los hombres abdicaron de su soberanía y se sometieron a un soberano o rey que les garantizara la paz y el progreso, a través del contrato social que el rey impone para ejercer su arbitraje todopoderoso. Con el paso de los años, y tras la revolución francesa, la figura del rey fue sustituida o arrinconada para ceder su puesto a los electos de la democracia. El Leviatán apenas tuvo que variar su ‘look’. Donde antes eran los privilegios de la nobleza, ahora serían los de la burguesía.
El Leviatán no tuvo ningún problema para aceptar figuradamente el arbitraje que impone el modelo democrático ya que le reconfortaban excesivamente las aguas del capitalismo. Sólo había una pega. Había que mutar del keynesianismo al neoliberalismo, como así se hizo. Esas serían las mejores condiciones para que el Leviatán mutara y se encargara después, con sus malas artes, de confundirnos. El Leviatán constantemente nos ofusca u obnubila para que no nos percatemos de que, con democracia o sin ella, siempre será la plutocracia -el gobierno de los más ricos- quien mande. Esa plutocracia que incorpora a la mayoría de los rentistas del sistema, a los que más se benefician. Son los eternos amigos del poder, los que gobiernan en la sombra, los que consiguen que unos tengan que escupir sangre para que otros, unos pocos, vivan en la abundancia.
Hace unos años, surgió un nuevo paradigma que, poco a poco, nos fue descubriendo su verdadero rostro. Se trataba del nuevo avatar del Leviatán que, esta vez, se había presentado a la humanidad disfrazado de neoliberalismo. Nadie, ningún Estado siquiera, por poderoso que fuera, osó, durante mucho tiempo, oponerse ante su poder y sus leyes. El neoliberalismo surgió con fuerza, en los años 1990, como respuesta a la crisis prolongada que padecimos durante los años 1980.
Surgió como la verdadera solución a los males económicos y sociales de aquellos tiempos. Su empuje fue tan fuerte y arrebatador que ni tan siquiera los gobiernos de los grandes países se atrevieron a hacerle frente. Adoptaron su credo y se convirtieron en sus máximos valedores. Así, los países ricos, entre los cuales nos encontramos nosotros, consideraron al neoliberalismo como el único arbitro solvente del desarrollo y esa misma condición sería la receta que también se impuso a los países en vías de desarrollo. Tras la caída del comunismo en la URSS y en los países socialistas de la Europa Oriental, se inicio el asalto al ‘dragón comunista’, China. A partir de la muerte de Mao Tse Tung las escaramuzas duraron muy poco y concluyeron con el consiguiente pacto entre el neoliberalismo, auspiciado por las empresas multinacionales y, paradójicamente, el sistema que más combate las libertades individuales: la dictadura china. Fue como un matrimonio de conveniencia que dura hasta nuestros días.
De este modo, en nombre del progreso y de la libertad de comercio, en nombre del modelo de globalización neoliberal, se impulsaron en aquel país del Extremo Oriente, los planes de crecimiento y desarrollo ‘a cualquier precio’, impuestos a todo un pueblo, sometido a la mayor explotación conocida en este siglo. Una cruel y despiadada explotación humana en el trabajo, que cuenta con el consentimiento del partido comunista chino y su máximo poder fáctico, representado por el ejército de represión, y con la colaboración y apoyo inexcusables de los paladines de las ‘libertades’: multinacionales y gobiernos títeres. ¡Menuda apología mundial del cinismo!
De manera aparente, y a nivel mundial, la batalla se planteó en el plano económico pero, sin embargo, la verdadera batalla, se desarrolló en el plano político. A falta de nuevas ideas en la política, fue el capital el que se hizo con las riendas del poder y comenzó a campar a sus anchas, por los mares del desconcierto y del caos. Para algunos actores inocentes – los que conocemos habitualmente como los eternamente bienintencionados- se trataba de superar las barreras que se oponen al comercio libre y al progreso científico y tecnológico. Así, la consigna: ‘globalización de la economía’, se convirtió en el mensaje clave del nuevo Leviatán. Pero, como complemento, también se hablaba de la no intervención de los Estados en la economía y de las nuevas reglas de juego manejadas por las multinacionales que deberían regir la competencia internacional.
En principio, todo parecía que serían conceptos positivos pero no fue más que un espejismo ilusorio. Ello ocurrió porque nadie los analizó en profundidad. La excepción, como casi siempre, fue la de algunos ‘locos’ prospectivistas -entre los que me incluyo- que, desde el inicio, consideramos las desviaciones y las consecuencias nefastas que aquel fenómeno tendría en el largo plazo, si es que su desarrollo se basaba -tal como al menos yo estaba percibiendo- en la avaricia y en la maximización de los beneficios de las empresas.
Hoy en día, nos abruman los frutos de aquella insana corriente. Durante el camino, hemos perdido muchos principios y valores éticos, de gran valor y que conferían y daban dignidad a los seres humanos. Lo más absurdo e incomprensible ha sido que, como recambio de todo ello, nos ha quedado como herencia una nefasta visión cortoplacista de los proyectos que nos está llevando al desastre. De este modo, y sin que apenas nos demos cuenta, es como ha triunfado un hedonismo rancio y obcecado por la satisfacción del placer en el instante. Así mismo, la lucha por el poder y la acumulación de riqueza se ha convertido en el único ‘leit motiv’ de nuestros políticos y dirigentes empresariales.
A su vez, y por detrás de estas evoluciones, se ocultaron otra serie de objetivos que llegaron a erosionar incluso, hasta los cimientos sobre los que se asienta la propia democracia. Durante todos estos años, la plutocracia -los más ricos, los rentistas del sistema- ha permeado el poder hasta sus entrañas, comprando, de paso, las almas de muchos dirigentes. Ello ha contribuido también a la fácil generalización de la corrupción política en algunos países que sufren una fuerte crisis de valores como los nuestros.
A lo largo de mi vida, muchas veces he sostenido que si el comunismo fue el cáncer del socialismo, el neoliberalismo lo sería del capitalismo. La desregulación de la economía que impuso el neoliberalismo fue una pura pantomima para ocultar que también con el neoliberalismo se perderían muchas libertades e incluso que se resentiría el Estado del Bienestar. El objetivo era ocultar que lo que verdaderamente le interesaba al neoliberalismo era seguir acumulando poder, riqueza y capital, a costa de los demás.
En definitiva, se ocultaba que el rico cada vez sería más rico y que, por el contrario, el pobre sería cada vez más pobre. Se ocultaba que dada la limitación de recursos, lo que uno obtuviera de más, obligaría a que otro u otros lo harían de menos. Un objetivo del neoliberalismo consistía en continuar con la privatización de los beneficios y, por si vinieran malos tiempos, con la ‘socialización de las pérdidas’, tal como ha quedado bien al descubierto con la crisis inmobiliaria, crediticia y financiera que actualmente sufrimos. Los diferentes gobiernos de los países desarrollados, y sus correspondientes bancos centrales, han tenido que intervenir para salvar a muchas instituciones financieras mientras que, los que antes fueron defensores acérrimos del neoliberalismo, permanecían callados, cuando no, suplicando a gritos la intervención de los gobiernos como hicieron promotores de la economía del ladrillo, bancos y cajas de ahorro, etc.
La crisis actual cada vez se nos agravará más, debido a los altos precios de las energías. El último informe de la Agencia Internacional de la Energía sobre previsiones del mercado del petróleo, a medio plazo, ha puesto de manifiesto la incapacidad de la oferta actual de petróleo para hacer frente a la demanda de crudo. El petróleo se agota y con él, también el neoliberalismo. Estamos situados ante el fin de una era. El precio de la inacción será el que las cosas vayan de mal en peor. El Leviatán del neoliberalismo ha caído y ello nos impone reflexionar sobre el futuro, ya que no podemos seguir haciendo más de lo mismo. Entre otras cosas, impone replantearnos lo que queremos que sea la globalización de nuestra economía. Hemos visto ya que no es bueno que los gobiernos no puedan tutelar siquiera sus propios mercados. Tampoco es bueno que no se puedan aplicar políticas efectivas que luchen contra la creciente lacra de la pobreza y las desigualdades sociales.
En el orden mundial, deberemos ser muchísimo más solidarios con el resto de países pobres y/o en vías de desarrollo. El sentido de la globalización, por fuerza, habrá de ser completamente diferente a lo que hasta ahora hemos conocido. En nombre de la globalización, se deberá trabajar, a nivel mundial, siguiendo una estructura en red y en base a la cooperación y la solidaridad entre las diferentes naciones que integran el planeta. La globalización, hasta ahora, ha perseguido apuntalar unas estructuras jerárquicas de dominación de unos países sobre otros. La globalización no ha sido otra cosa que la expresión de la concentración de las decisiones económicas, a nivel mundial, desde los diferentes centros financieros: Nueva York, Londres, Paris, Frankfurt y Tokyo.









