Hablaba Jorge de Oteiza, el profeta, de una serie de figuras del país de las que se guarda memoria, y de las que queda registrada una última aparición en la historia. Más allá de aquella fecha, apenas se sabe de ellas. Son especies que han habitado entre nosotros, que han dejado huella, pero hoy no existe ni rastro de su existencia. Casi las podríamos incluir en el Bestiario de Borges por su extrañeza. Son especies extintas. Algunas felizmente. Otras, con pena.
Ponía Oteiza como ejemplo aquel tigre de China. Del de Java se suponía, en vida del escultor, que quedaban entre 3 y 5 ejemplares. «En Muskiz visto por última vez en 1986 uno de los 3 ejemplares del tigre vasco llamado Lehendakari, extinto» (Estadísticas mortales. Jorge Oteiza). Pero no son las únicas estadísticas mortales que hablan de especies en peligro de extinción en la fauna vasca. «Quedan 10 marxistas encerrados en local dispuestos a reproducirse». Se ignora si lo consiguieron o si conservaron siquiera aquella disposición. Fauna atávica.
El último pensamiento vasco. Visto en París, en alguna barricada ajena, acabado sin pena ni gloria. Es posible que fuera una leyenda de tantas. De hecho se desconoce si ha habido alguna vez semejante ocurrencia. Creo que fue Baroja quien afirmó que pensamiento y navarro no podían ir juntos. Para que luego digan que vasco y navarro no son la misma cosa.
El último negociador vasco. Especie con poca fortuna. Se le vio en China, haciendo el gran negocio, pero no está claro que volviera.
El último contrabandista. Visto en la muga antes de la conversión española a la fe comunitaria europea. Le quitaron la frontera del suelo y se la colocaron, a modo de cinta para el sudor, en la cabeza. Ahora la llevamos todos dentro, fractura territorial bien marcada, a pesar de la propuesta de organización de una ONG de contrabandistas sin fronteras.
El último montañero vasco, visto en un plató de televisión, metido a artista de variedades. Se toma la tensión, el pulso y el azúcar en la sangre con un artilugio electrónico, y sabe que su lado izquierdo es más fotogénico. Se metió a ecologista y lucha por la reconversión de los vertederos y basureros en Himalaya.
El último obrero vasco. Era negro, musulmán y senegalés. Tenía tres mujeres, una en Ondarroa, otra en París y la primera en Dakar, y esa fue su desgracia.
El último baserritarra. Vendió el terreno que recibió en herencia a un concejal de urbanismo, y se repartieron el pelotazo. Emigró a Cuba, en busca de una identidad definida y de la mujer de sus sueños. Requiescat in pacem. Si hay descanso en esa vida.
El último revolucionario. Era marxista leninista, albanés (o chino, o procastrista). Se le vio hace unos días en la puerta de un banco, hecho un lío con sus tarjetas de crédito, mendigando una hipoteca; pero con su indumentaria vetusta, que parecía un personaje de hace siglos, merecía poca confianza; abrió la boca para protestar y lo encerraron en un museo. En los manicomios ya no hay plazas.
El último dantzari, con la cabeza pegada al sombrero y un pie en el aire. Otro que emigró a Cuba. Cuentan que se tragó un palo de escoba y al danzar sólo movía los pies. Descubrió, para su desolación, que aquello de que los vascos bailan al pie del Pirineo era una patraña.
El último hombre de las cavernas. Empezó pintándose la cara en sus rituales, pero no tenía la noción de los límites y siguió en la corteza dura de los troncos. Pega garrotazos (y sablazos) a diestro y siniestro y cobra el espectáculo de sus árboles pintarrajeados.
El último político vasco. Desaparecido. Todos metidos a capadores de pollos.
El último cristiano. También desaparecido. ¿Dónde se puede esconder un elefante, y que pase desapercibido? En una manada de elefantes. Ocurrió lo mismo. Así vamos todos, en congregación, en rebaño de ovejas, detrás de nuestros nuevos -viejos- pastores y nuevas -viejas- creencias.
Como decía el poeta, no hay nada más triste que un león que ladra. (También extinto).









