Sorprende mucho, francamente, que a día de hoy todavía haya políticos independentistas que insistan con fe cristiana que lo más importante para Cataluña es derogar el artículo 155. Me pregunto si han reflexionado suficientemente sobre el carácter autonomista y hispanocéntrico de este planteamiento. Da igual que el planteamiento esté hecho desde la buena fe o desde el cálculo partidista. En ambos casos, el beneficiario es el Estado español, siempre tan ansioso de tenernos entretenidos en discusiones autonomistas bajo su supervisión. Él las provoca y nosotros, como catalanes genuinos, caemos a gatas tirándonos los trastos. Y al final: todos en el saco, y el saco en el suelo.
Lo más importante para Cataluña, queridos amigos, es su libertad, y lo que impide esta libertad no se llama 155, se llama Estado español. La cantinela que insiste en que ahora lo más importante es pedir que el Estado retire el famoso artículo y que podamos recuperar la ‘normalidad’ es uno de los discursos más autonomistas que se han escuchado en Cataluña en muchos años. El 155, déjenmelo decir muy claro, está aquí para siempre. No lo derogarán nunca mientras estemos bajo su yugo. ¡Nunca! Salvo, claro, que Cataluña renuncie a ser quien es y abrace la idea de convertirse en una Comunidad Autónoma tan española como Extremadura.
Existe la posibilidad, ciertamente, de que una presión europea por debajo de la mesa obligue al Estado español a hacer un ‘gesto’ anunciando la retirada del artículo, pero esto no cambiaría nada, sustancialmente hablando. Cabe recordar que la intervención de las finanzas catalanas y el ahogo económico del país no tienen nada que ver con el 155. La intervención y el ahogo son anteriores a la aplicación del artículo, y este artículo se mantendrá indefinidamente por más que ‘oficialmente’ llegue a retirarse. En otras palabras, el auténtico 155 es el ahogo económico de Cataluña, y también lo son todas aquellas medidas que ahora se aplicarán con un nombre diferente. En consecuencia, si hay políticos independentistas suficientemente cándidos para creerse que los Mossos dejarán de estar controlados por Madrid, como ocurre ahora mismo, ya se lo pueden quitar de la cabeza. Y si estos mismos políticos piensan que España renunciará a destruir TV3 y la lengua catalana, será necesario que se bendiga su buena fe. «Vamos a españolizar a los niños catalanes», no era la frase de un ministro, era el título de un plan dictatorial totalmente elaborado para tomar las riendas de la consellería de Enseñanza y hacer de Cataluña una prolongación de Castilla. Y esto será así con el 155 o sin el 155. En resumen: la obediencia al totalitarismo español constituye un suicidio en toda regla para Cataluña.
Debemos tener en cuenta que el Estado español sabe bien que el independentismo no sólo no desaparecerá, sino que ha aumentado con cien mil votos y que aprovechará cualquier descuido del adversario para ganar terreno en la misma medida que el cautivo espera un descuido del carcelero para huir. En otras palabras: cualquiera que sea el miembro del tridente de la caverna (PP-PSOE-C’s) que mande en Madrid, nada volverá a ser como antes. ¿Y cómo estábamos antes? ¿A que no tan bien? ¿No es Verdad que el proceso de independencia de Cataluña comenzó hace muchos años, y no a partir del 155? Pues tal vez no caigamos en la trampa de las disquisiciones autonomistas. Dejémoslas para el dependentismo tímido de En Común Podemos, que es aquel españolismo que no quiere ser llamado así y que necesita coartadas que justifiquen su posición favorable a detener el proceso de independencia.
Nuestro presidente se llama Carles Puigdemont no sólo porque así lo decidieron las urnas, sino porque ya era nuestro presidente cuando España agredió a Cataluña en dos fases: primero apaleándonos, y después destituyendo a su gobierno democráticamente elegido. Sólo los regímenes totalitarios hacen esto, y ya se ha demostrado sobradamente que el totalitarismo español no tiene límites. La reciente sentencia condenatoria del Tribunal Europeo de Derechos Humanos, por el «trato inhumano y degradante» a dos detenidos, no ha gustado nada a España, claro que no, pero no le provocará la más mínima reflexión ni le impedirá seguir cometiendo todo tipo de barbaridades para satisfacer sus intereses y su afán de humillar. El complejo de inferioridad de España es tan grande, que necesita reafirmarse sistemáticamente mediante la humillación de quienes no comulgan con sus ruedas de molino. La prueba es que la sentencia también condenatoria del 2004 por las torturas a los independentistas catalanes detenidos en 1992 no ha impedido que España continúe torturando. El Estado español del siglo XXI es, en esencia, exactamente el mismo que el del siglo XVIII, y quien piense que ya lo ha visto todo, con relación a los ataques a Cataluña, habrá desearle que Dios le conserve la inocencia, porque lo cierto es que aún no ha visto nada. Nada de nada.
Toda concesión que Cataluña haga a un Régimen que mantiene encarceladas a personas inocentes porque se niegan a dejar de ser independentistas, y que obliga a que una parte del gobierno legítimo catalán, con el presidente a la cabeza, tenga que pedir amparo en la capital de la Unión Europea para no caer en las garras de un Estado violento y demofóbico, será utilizada en su contra y apretará aún más el dogal que lleva en el cuello. Cuanto más cedamos nosotros, más se crecerá España en su afán de someternos. Y ceder es aceptar que España, a pesar de haber perdido las elecciones catalanas, puede decidir quién gobierna Cataluña. Por eso, cuando un pueblo llega tan lejos en sus anhelos, como lo ha hecho Cataluña, no puede arrodillarse ante el 155. Arrodillarse, por mucha retórica con la que se disfrace, implica rendición y sumisión. Y, francamente, para este servicio no era necesario correr tanto. O como nos diría España con socarronería y mucha razón: «Para este viaje no necesitabais alforjas».
Vivimos días decisivos para el país, y es hora de que aquellos políticos que no se vean con corazón para mantenerse firmes en la defensa de la dignidad de nuestras instituciones y del derecho inalienable del país a su independencia den el ‘paso al lado’ que ellos reclaman al presidente Puigdemont. Apartar a Puigdemont es una rendición histórica y un reconocimiento público de que no somos nadie. Absolutamente nadie. No se trata, sin embargo, de censurar a estos políticos. Somos humanos, cada uno se sabe sus circunstancias personales y hay que respetarlo. Pero el lugar que dejen estos políticos debe ser ocupado por otros que, también de acuerdo con sus propias circunstancias y convicciones, estén dispuestos a asumir las consecuencias de defender la libertad de su pueblo. Hay sitio para todos, y todo el mundo es necesario. Tanto los que lo hacen en primera línea como los que lo hacen en la retaguardia. La independencia de Cataluña está más cerca de lo que el Estado español quisiera, amigos; otra cosa es que su estrategia consista en actuar como si no lo supiera. Ahora sólo hace falta que nosotros también lo tengamos claro y que le demostremos que su percepción es acertada.
EL MÓN










