El sortilegio de las declaraciones de soberanía

Los años noventa del siglo pasado vivieron múltiples casos de independencia en Europa. Algunos de estos procesos, como el de la secesión Eslovaca, fueron apacibles por completo, otros, como los de Estonia, Letonia o Lituania no escaparon de una tensión evidente con su metrópolis; ya en Eslovenia o Bosnia el conflicto fue por el desmenuzamiento de un Estado. Todas estas secesiones, sin embargo, tuvieron en común una declaración de soberanía como la que se está trabajando en Cataluña. Menos de 3 años después de votarla, ya eran independientes.

 

El primero de los países en emprender esta medida fue Estonia el 16 de noviembre de 1988, cuando votó la declaración. El Kremlin tardó entonces 12 horas en responder y al hacerlo envió todo un aviso a navegantes: La decisión estonia de otorgarse la libertad de suspender las leyes soviéticas era, según el Soviet Supremo de la URSS, “anticonstitucional” y por lo tanto inaplicable. El organismo advertía a lituanos y letones que no siguieran el mismo camino, amenaza premonitoria de lo que poco después pasaría en estos territorios. Pero Estonia terminó declarando su independencia el 20 de agosto de 1991.

 

La ex república yugoslava de Eslovenia siguió la misma estrategia aprobando una declaración de soberanía el 10 de julio de 1990. El entonces primer ministro de la república balcánica, Aloiz Peterle, aseguró que este acuerdo “no implicaba la secesión de Yugoslavia”. A pesar de esta afirmación la independencia eslovena era una cuestión de tiempo. El 23 de diciembre del mismo año los eslovenos aprobaron -con un 88% de votos favorables- dotarse de Estado propio en un referéndum de autodeterminación. Y el 25 de junio de 1991 la independencia fue una realidad, a pesar de quedar inmersa tangencialmente en las guerras balcánicas, que se dio por terminada el 7 de julio del mismo año.

 

Una semana después de que Eslovenia pronunciara su soberanía, Ucrania se expresó en el mismo sentido. El parlamento de la república soviética, tras renunciar a una declaración más atrevida, aprobó una declaración en la que declaraba el país como sujeto con derecho a decidir libremente su futuro. Este acuerdo fue el paso inicial para la segunda república más poblada de la URSS (52 millones de habitantes entonces) se escindiera definitivamente de la Unión Soviética. El proceso vivió un penúltimo episodio el 24 de agosto de 1991, cuando el parlamento ucraniano declaró formalmente la secesión. 3 meses después el 90% de la ciudadanía consolidó la declaración parlamentaria en un referéndum.

 

La independencia más tranquila de esta larga lista fue, sin duda, la de Eslovaquia. El país centroeuropeo aprobó una declaración de soberanía el 17 de julio de 1992. La decisión motivó la dimisión del presidente checoslovaco del momento, el carismático Vaclav Havel. Y tras un proceso conjunto y dialogado, checos y eslovacos acordaron la disolución de Checoslovaquia el 31 de diciembre de 1992. Acababa así la ‘revolución de seda’.

 

El 16 de octubre de 1991 otra república perteneciente a Yugoslavia, Bosnia-Herzegovina, emitió una declaración de soberanía. Y este complejo territorio, que sufrió los hechos más sangrientos de la Guerra de los Balcanes, declaró su independencia el 1 de marzo de 1992.

 

 

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