Tal harás, tal encontrarás

Cada uno es hijo de sus obras, dice Don Quijote, adelantándose en dos siglos y medio a la doctrina de Sartre que el hombre se hace con las propias decisiones, que somos nuestro proyecto. Se cría dentro de una determinada familia, en un barrio determinado de una ciudad determinada, en un país determinado durante una época determinada. El lugar y el momento en el que venimos al mundo imprimen carácter y dejan huella en la memoria. Pero no es menos verdad que la vida es una metamorfosis constante y que no podemos prever qué seremos mañana, porque las valoraciones, los juicios finales, nunca son finales. Los bienes de hoy serán los males de mañana, y a la inversa. O como se decía en religión: los caminos de Dios son inescrutables. Es por eso y no por afinidad política ni ideológica que tiendo a suspender el juicio moral y me quedo con el juicio pragmático, con la consideración, eminentemente falible, de cómo son las cosas que puedo observar con los ojos y ponderar con mi limitado entendimiento.

Las etiquetas ideológicas son casi siempre juicios sumarísimos, píldoras de pensamiento pre-digerido. Abusamos porque simplifican la realidad y facilitan la exhibición virtuosa de quien se cree en el lado correcto de la historia. Los medios de comunicación van llenos de predicadores tronando contra la herejía. Desde que el mundo se divide entre derechas e izquierdas, las guerras de religión son más predecibles y más aburridas. Antes se mataba por un artículo de fe; ahora se asesina civilmente por un tropiezo dialéctico. Pero lo realmente peligroso es encontrarse entre las alambradas en tierra de nadie. En Texas dicen que en medio de la carretera sólo hay armadillos fallecidos. La sociedad nos empuja a elegir bando. Si tú no lo haces, otros lo harán por ti. En los años ochenta, un colega de la Universidad de Barcelona me dijo que en la facultad todo el mundo llevaba carné de partido. Más adelante, otro me explicó que tenía cerrado el acceso a una plaza por haberse significado políticamente. En la época del Observatorio Catalán de Stanford, conoció a un postdoctorado a quien tres profesores de universidades catalanas, que participaban en una conferencia, le advirtieron que si persistía con el independentismo se le cerraría la puerta de las respectivas facultades. Y, efectivamente, para encontrar trabajo aquel joven tuvo que emigrar a Dinamarca.

La politización de la universidad es una desventura para la universidad y el país. En Cataluña, de una forma muy destacada, por la afiliación a los partidos. En Estados Unidos, debido a un clima moral marcado por la opinión en temas de carácter social e ideológico. Hace tiempo que la polarización del país tomó carácter cultural y trastocó la enseñanza, sobre todo en las humanidades y las ciencias sociales, hasta llegar al radicalismo ‘woke’. Pero con un Trump desbridado en el poder, las minorías, sean radicalizadas o no, se encontrarán cada vez más a la defensiva. La semana pasada el gobierno de Estados Unidos rescindió cuatrocientos millones de dólares en ayudas y contratos a la Universidad Columbia con el pretexto de que no había protegido a los estudiantes judíos durante las manifestaciones a favor de Palestina. Minouche Shafik, rectora de la universidad, ya había tenido que dimitir a raíz de las manifestaciones, como lo hicieron las rectoras de Harvard, Cornell y Pensilvania. El castigo financiero a la Universidad Columbia es injustificado, pero cumple más de un propósito. Por un lado, satisface a los magnates judíos que ayudaron a Trump a ganar las elecciones y por otro lado envía una advertencia suficientemente comprensible a las otras universidades, no sólo respecto del antisemitismo sino también de la promoción de la diferencia racial, de género y de orientación sexual, el llamado DEI (diversidad, equidad e inclusión). Por último, es la apertura de ajedrez en el designio de tasar el capital (‘endowment’) de las universidades, así como las donaciones que sostienen la investigación y la innovación. Ayer mismo el departamento de educación avisó a sesenta universidades, entre ellas Stanford, de posibles sanciones por no haber protegido a los estudiantes judíos durante las manifestaciones a favor de Palestina de la pasada primavera. Aparte la vertiente partidista en el conflicto, la intención real de estas imposiciones y recortes en las funciones neurálgicas de la investigación y la educación es reducir el gasto del gobierno e incrementar sus ingresos para preservar la reducción de impuestos a las corporaciones y grandes fortunas.

En la contraofensiva conservadora, la única protección para las minorías es pleitear por el derecho de expresarse sin coacciones que los elementos radicales negaban no sólo a los conservadores sino incluso a la franja moderada. No todo el mundo está de acuerdo. Hay quien cree que se debe proteger a las minorías de las expresiones ofensivas. Por eso, mientras se desmantelaban las instituciones masculinas con el imperativo de inclusividad, se legalizaban agrupaciones exclusivamente femeninas o raciales con el argumento de que estos grupos necesitan un espacio seguro. Hasta ayer los apólogos de la censura aseguraban que la libertad de expresión es una herramienta para dominar a las minorías. Hoy los conservadores les dan la razón atacando el discurso liberal y expurgando bibliotecas escolares.

En la práctica, la ortodoxia impuesta por el sometimiento ideológico no ayuda a las minorías. La censura siempre favorece el ‘status quo’, independientemente de cuál sea el dogmatismo dominante. Coartar la libertad de expresión pasa siempre factura a los más pobres políticamente. Con el delito de odio las minorías se han disparado un tiro en el pie, como se ha visto con la inculpación de independentistas por haber insultado a los “piolines”. Con la misma lógica los tribunales españoles aplican la ley de amnistía a los policías que apalearon a los votantes. Por todas partes, la autoridad considera ofensivo el discurso que la cuestiona.

Las minorías nada tienen que ganar con la censura. Amordazar la opinión que desagrada atenta contra el derecho de quien la emite y el derecho de quien le escucha. Los radicales que, por razones quizás nobles, quieren cortar de raíz las ideas que consideran inconvenientes o inaceptables, reafirman el método inveterado de sus detractores, que lo emplearán contra ellos cuando lleguen al poder. Se ha visto con Elon Musk, ‘soi-disant’ defensor de la libertad de expresión más radical, ahogando cualquier crítica contra su política de motosierra. Se ha visto con la incontinencia expletiva del presidente Trump, insensible a los efectos de sus insultos y al mismo tiempo puntilloso como un personaje de Calderón de la Barca.

Para cobijarse con garantías, la opinión minoritaria debe reclamar libertad de expresión sin límites y confiar en la argumentación racional, el humor y la indiferencia. Las borrascas pasan, pero hay que saber que las traen los buenos tiempos que no se daban cuenta de que lo eran. Es una verdad perdurable que demasiado de algo bueno acaba siendo nocivo.

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