Secuelas para no olvidar del golpe militar de 1936 contra la República de España

 

 

Cartas de Manuel Murias

Cartas de Manuel Murias

Fueron muchos miles los inocentes que perdieron sus vidas como consecuencia del levantamiento militar de julio de 1936 contra la República, que había sido la ganadora de las elecciones generales, democráticamente celebradas cuatro meses antes.

Luego se sucedieron las posteriores represalias, los falsos juicios sumarísimos por tribunales militares, sin pruebas ni derecho a la defensa, o con pruebas falsas. Las principales acusaciones eran por simples ideas políticas, y su delito consistía en que sus ideas eran contrarias al fascismo que los sublevados impusieron por la fuerza de las armas. Otros muchos ni siquiera fueron juzgados, simplemente fusilados y arrojados sus cuerpos a las cunetas de las carreteras o enterrados en fosas comunes, sin identificación siquiera.

Aunque parezca increíble, muchos de estos asesinados fueron acusados de “auxilio a la rebelión”, cuando los rebelados eran quienes ejercieron de verdugos. Todos aquellos crímenes quedaron impunes porque, tras el período de guerra, se impuso una dictadura que duró cuarenta años, impidiendo cualquier acción normal de la justicia, que perdió su independencia y quedó al servicio incondicional del gobierno de la dictadura.

Igualmente triste, cuando murió el dictador en el año 1975, se produjo la llamada transición, según se nos dijo, a un estado democrático, pero, igualmente, los crímenes del franquismo siguieron quedando impunes setenta años más tarde, por la sencilla razón de que el reino de España, que fue el sistema de Estado que surgió tras la transición, y su representante, el rey, fueron impuestos por la anterior dictadura que había surgido de la rebelión militar franquista, causante de los crímenes cometidos.

Franco, con los demás generales golpistas (Emilio Mola y Sanjurjo), era partidario de las ideas fascistas de Hitler y Mussolini y consiguió ayuda de ambos, decisiva para derrotar a las fuerzas republicanas, a las que sometió sin piedad a las más brutales medidas represivas, que afectaron a gran parte de la población civil que había sido adicta a la República: represión, cárceles, torturas, trabajos forzados, campos de exterminio, exilio, juicios sumarísimos, fusilamientos en serie, etc.

Tras la guerra, la generosa dictadura franquista premió a los golpistas con ascensos y medallas, y ellos lo agradecieron manteniendo el poder durante 40 años, con la poderosa razón de la fuerza de las armas.

En mi opinión, al término de la dictadura, el paso a una verdadera democracia solamente podía o puede llegar tras una consulta popular para elegir libremente tanto la forma de Estado como el derecho a decidir de los diferentes Pueblos y Naciones que lo conforman.

Pero la configuración del Estado es una materia tabú y se sigue perpetuando por imposición, evitando la lógica evolución de la sociedad.

La impunidad de los crímenes cometidos, la imposición de ideas o sistemas políticos y la falta de respeto a las minorías para que puedan decidir libremente su propio destino son factores negativos para la convivencia, crean tensiones y falta de solidaridad, impiden la reconciliación y, al final, la sociedad adolece de falta de una auténtica cohesión comunitaria.

Las cartas de Manolo Murias Díaz de Cerio, último alcalde republicano de Orduña

Con fecha 14 de febrero de 2010, surgió la gran sorpresa, en forma de carta, que amablemente nos remitió Jasone Dobaran Anasagasti desde Plentzia. Ella era nieta de Guadalupe Aginaga, orduñesa y telefonista, prima de mi madre Alberta Olabuenaga, y nos explica que su madre, revolviendo papeles, había encontrado una carta escrita a mano por Manolo en la cárcel de Larrinaga y dirigida a D. Prudencio Astoreka, capellán del Sanatorio Marítimo de Plentzia, para entregar a Lupe, telefonista.

La carta de Manolo no tiene remite ni fecha, y por su contenido puede deducirse que la escribió el día 8 de septiembre de 1937, un día antes de su asesinato, puesto que existe una carta del día 7 y otra del 9, su último día.

Las cartas de Manolo reflejan con precisión la situación que están viviendo en la cárcel y su conocimiento de los entresijos de la política. Por ello, insiste en la necesidad de conseguir apoyos, en particular del Ayuntamiento de Orduña.

Muchas personas de Orduña, manteniendo ideas de derechas, no estaban conformes con las injusticias que se estaban cometiendo y afirman su buen comportamiento cuando ejerció de alcalde, incluso detallando algunas de sus intervenciones.

Así, mucha gente trató de salvar su vida, pero otros, en la sombra, tuvieron suficiente poder para echar por tierra tan loables esfuerzos. Se perdieron certificados de buena conducta y se encargaron de que no llegara a tiempo el indulto de la pena de muerte que Alberta consiguió trasladándose hasta Salamanca.

En la carta del 7 de septiembre, dos días antes de su muerte, relata cómo en tres días van matando a 42 santos. “Esta mañana qué angustias… Ha tocado a un muchacho de Galdakao de 29 años, nacionalista, sin más”.

La historia de Manuel Murias Díaz de Cerio no fue, lamentablemente, un hecho aislado. Fueron miles y miles los asesinados tanto en la guerra como en la posguerra por la barbarie fascista que, tras el preludio que constituyó la mal llamada “guerra civil española”, se afianzaría con la invasión de Europa por las tropas de Hitler y Mussolini en la Segunda Guerra Mundial.

Históricamente, hay una diferencia sustancial entre ambos conflictos armados, pues en Europa el fascismo fue derrotado militar e ideológicamente y los responsables, juzgados y castigados; mientras que en el Estado español hay muchas evidencias de que la carencia democrática de este país aún persiste para los que, como Manolo Murias, sufrieron los horrores de la represión franquista, lucharon por la democracia y la libertad, y cuyo sacrificio, después de tantos años, aún no ha sido debidamente reconocido.

Los asesinatos en la cárcel de Larrinaga deberían tener su memorial para la posteridad, reivindicando la libertad y la democracia, la justicia y la igualdad por la que murió Manolo Murias Díaz de Cerio, último alcalde republicano de Orduña, mi aita.

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