Políticas de Estado

Antes del ciclo de manifestaciones que comenzó el 11 de Septiembre de 2012 osaría afirmar que el principal acto de soberanía que se ha producido en la Cataluña autonómica, y tal vez el único impulsado por representantes de las instituciones catalanas, fue la reunión entre Josep Lluís Carod-Rovira y Jaume Renyer I Alimbau con la cúpula de ETA en enero de 2004, hace, pues, diez años. Este gesto, duramente criticado no sólo desde el españolismo sino también por el catalanismo (y que incluso algunos independentistas todavía poseídos por un “síndrome de Estocolmo” asumieron con reservas) significó un gesto de desvinculación de España para impulsar una política exterior propia sobre un conflicto que afectaba a Cataluña. Se trató, en definitiva, de ejercer una política de Estado. Como se vio, la revelación de la reunión era mucho más de lo que el gobierno español y el sucursalismo catalán (este sucursalismo que ahora se está desintegrando) estaban dispuestos a asumir y respondieron con una campaña feroz que forzó la dimisión de los dos protagonistas catalanes de sus cargos, Carod abandonó la ‘conselleria en cap’ apenas unas semanas después de haber tomado posesión y Renyer perdió la condición de miembro del consejo consultivo.

Las consecuencias a corto y largo plazo del acto, sin embargo, resultaron muy positivas para el independentismo y para la paz. ERC, con Carod de cabeza de cartel, obtuvo unos meses después los que de momento siguen siendo sus mejores resultados electorales desde 1978: más de 652.000 votos y 8 diputados en el Congreso, se selló la tregua de ETA en Cataluña (los negociadores habían hecho prevalecer los intereses de su país) y se profundizó en la singladura hacia el cese definitivo de la acción armada que culminaría en octubre de 2011.

El rotundo triunfo de la vía democrática y pacífica en la reivindicación soberanista tanto en Cataluña como en Euskadi, una reivindicación que en el caso catalán está alcanzando niveles hegemónicos, tuvo uno de sus momentos germinales en ese viaje en algún punto del Rosellón. Por eso la caverna mediática españolista, con la actitud miserable que la caracteriza, intenta relacionar el proceso catalán con el terrorismo de ETA apuntando hacia algunos dirigentes del movimiento independentista catalán, entre ellos Jaume Renyer, sin entender que toda la operación que buscan estigmatizar representó, de hecho, la superación de la violencia en la solución de los contenciosos nacionales abiertos en el Estado.

El ardor que expresa el españolismo para destapar los vínculos entre sectores del independentismo catalán y el mundo de la lucha armada transmite la desesperación de no saber cómo manejar ni como deslegitimar una demanda puramente democrática. No hace falta decir que, a tenor de la bilis que supuran los artículos aludidos y las supuestas investigaciones del aparato del Estado, nada complacería más a los guardianes de la unidad nacional que el proceso catalán se desbocara en un conflicto de alta intensidad. Sería la excusa perfecta para activar los mecanismos represivos constitucionalmente previstos con toda su contundencia sin desvelar demasiadas reticencias entre la comunidad internacional. Sería “la fractura” que imagina el ministro del Interior, Jorge Fernández Díaz, en sus delirios, pero no sólo la fractura social de la que habla ya sin rodeos, sino la guerra larvada, el enfrentamiento directo, el ” Ulster” a los que también tan les gusta referirse a Alicia Sánchez-Camacho y a Jordi Cañas.

El riesgo inmediato es que ante la impotencia por no encontrar los brotes de violencia se los inventen y que tiren la carga igualmente sobre la base de la mentira y de la tergiversación. La cuestión será si los representantes de la sociedad catalana ante la embestida se limitan a poner la otra mejilla o apuestan por verdaderas políticas de Estado. Y seguramente estas políticas, así como el logro de la plena soberanía, exigirán mucho más que una consulta y que la demanda de celebrarla.

EL PUNT – AVUI

 

PUNTUALIZACIONES DE JAUME RENYER AL ARTÍCULO DE HÉCTOR LÓPEZ BOFILL

Las puntualizaciones que quiero hacer aprovechando la ocasión que ofrece la publicación de ese artículo son las siguientes: en primer lugar, está por hacer un estudio con rigor historiográfico sobre los puentes de diálogo y los contenidos de los contactos con las diversas organizaciones de la izquierda abertzale y ERC entre los años 2001 y 2004. El libro de Víctor Alexandre (” El caso Carod “, Proa, 2004) y artículos como el de Héctor López Bofill constituyen contribuciones parciales dignas de ser tenidas en cuenta en medio de la manipulación mediática que ha rodeado ese acto de soberanía nacional catalana ejecutado al margen de la estrategia impuesta por el orden estatal español hacia el conflicto vasco.

En segundo lugar, la crispación política generada por la filtración de los contactos ETA-ERC y la criminalización mediática orquestada desde el poder español hicieron tambalear la dirección de Esquerra, situada a la defensiva, que no estuvo a la altura del momento histórico y no defendió con firmeza la legitimidad del acto de afirmación nacional catalana que suponía iniciar contactos para la paz en Euskal Herria al margen de los partidos españoles.

En tercer lugar, los militantes de Esquerra que -además del secretario general, Josep Lluís Carod- participamos en ese operativo (Carlos Garcia Solé y Jaume Nogueroles) fuimos apartados “de facto” internamente de la vida del partido y vetados para acceder a cargos de representación con el argumento de que perjudicábamos la imagen de “partido de gobierno” que ERC quería dar a cualquier precio. La prioridad de la dirección de Esquerra tras el éxito electoral en las elecciones españolas de 2004 fue mantener el pacto tripartito con ICV y PSC, el “sí” encubierto a la reforma estatutaria y el rechazo a una estrategia orientada al ejercicio del derecho de autodeterminación. De hecho, se interiorizó “la reunión de Perpiñán” como un error y se procedió deliberadamente a deconstruir la imagen soberanista y rupturista con el orden establecido que a raíz de ese acontecimiento percibió la ciudadanía catalana. El declive electoral que ERC sufrió hasta hace dos años también tiene su origen en ese episodio.

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