El mundo se ha acelerado y el reglamento de las últimas décadas ha saltado por los aires. De repente, por ejemplo, la independencia de Groenlandia ha pasado de ser una hipótesis lejana a la opción más probable a corto plazo, aunque Dinamarca sea un país indiscutiblemente alineado en el eje atlántico. La OTAN, pese a ser la alianza ganadora de la guerra fría, comienza a ser vista como una herramienta inservible que no garantiza nada ya en estos momentos y que será olvidada en el futuro. Vladimir Putin ha pasado de ser proyectado como un loco irresponsable ante la opinión pública occidental a intimidar a las cancillerías europeas en tanto que jugador estratégico de largo alcance. Esto sin hablar de la irrupción geoestratégica del gigante chino.
Todo ese zarandeo provocará cambios sustanciales que no son fáciles de predecir, pero que seguro que alterarán el equilibrio de fuerzas y el mapa político del mundo. El anterior reordenamiento, simbolizado por la caída del muro de Berlín, arrastró una cadena de independencias que el Estado español todavía no ha digerido del todo, como lo demuestra la resistencia desorbitada a reconocer la República de Kosovo. Al igual que Madrid ve con preocupación los movimientos de Marruecos –aliado prioritario de EEUU–, que, tras asegurarse el control del Sáhara Occidental, puede ahora tener la tentación de borrar las posesiones africanas que aún perviven del pasado colonial español. Algo que ocasionaría una crisis identitaria en el nacionalismo español similar a la de 1898.
En este contexto, Cataluña jugará algún papel. Las hipótesis pueden ser muchas; una de ellas, la resolución del conflicto por abandono de la parte catalana o, por el otro extremo, la agudización del dossier catalán en un escenario que, probablemente, será gestionado desde La Moncloa por una coalición entre el PP y Vox. Se puede mirar muy corto y aferrarse al supuesto ‘pájaro en mano’ socialista, pero es evidente que hay una cuenta atrás activada.
EL PUNT-AVUI