José María Iparraguirre y su vieja guitarra a cuestas

 

El bardo guipuzcoano, que siempre será recordado por su ‘Gernikako arbola’, aprendió a tocar los acordes con el cuerpo acribillado de heridas en la guerra carlista. Su vida idealista, inestable e itinerante le marcó dentro y fuera de Euskal Herria

Mucho se ha escrito sobre la vida y obra del bardo José María Iparraguirre. Pero lo que hoy nos ocupa y preocupa es su inseparable guitarra, que también tiene una interesante e infatigable historia propia. No le abandonó ni en el lecho de muerte. Curiosamente, sus acordes, incluidos el de la canción ‘Gernikako arbola’, se escucharon más en América y Europa. Los dos trotamundos aparecen juntos en casi todos los retratos, siendo los más conocidos los de su amigo pintor Antonio María Lecuona. Uno de ellos preside el Salón de Plenos del Ayuntamiento de Urretxu, localidad en la que nació el 12 de agosto de 1820.

Estas son algunas pinceladas de la biografía de este singular trovador ambulante. Con cinco años sus padres le enviaron a Idiazabal, donde fue instruido por su tío paterno José Antonio, que era maestro de ese municipio. Otras investigaciones sitúan esta etapa de su infancia en Zerain. En 1832 estudió gramática latina en Vitoria, tal vez para ser seminarista. En 1833 se trasladó junto a su familia a Madrid, donde estudió unos meses en un colegio de los Jesuitas. Solo tenía entre 13 y 14 años cuando escapó de su casa para alistarse en el ejército carlista de Gipuzkoa que combatía contra los isabelinos. Décadas después mantuvo que no lo hizo por razones políticas, sino por el profundo amor que sentía por su tierra. Tras el final de la guerra, en septiembre de 1839, rechazó el Convenio de Vergara e inició un exilio por Europa que duró doce años, con luces y sombras.

Retrato al óleo de José María Iparraguirre pintado por Antonio María Lecuona y que preside el salón de plenos del Ayuntamiento de Urretxu. Retrato al óleo de José María Iparraguirre pintado por Antonio María Lecuona y que preside el salón de plenos del Ayuntamiento de Urretxu.

Tuvo exitosas actuaciones, y también varios amoríos, en Francia, Italia, Alemania, Suiza e Inglaterra. Fue expulsado del país vecino tras ser apresado en Toulouse por participar en la revolución republicana de 1848. Pero este `Elvis Presley’ guipuzcoano tenía un lado oscuro que le acompañó toda su vida. «Dilapidador, derrochó a manos llenas pecunios, querencias, ilusiones y hasta virtudes», destaca el músico y buen conocedor de la figura del bardo, el músico Gontzal Mendibil. Considera que «su recorrido musical pudo haber sido más largo de haber aceptado, siendo aún joven, las clases de música que le ofreció en París Gilbert-Louis Duprez, afamado tenor francés, profesor de canto y compositor. Pero sus únicos conservatorios fueron los campamentos y las tabernas».

La canción ‘Gernikako arbola’

En 1846 conoció en París a Sophie-Adèle Picquart, con quien tuvo un año después su primer hijo. Abandonó a la mujer, aunque más tarde reconoció oficialmente al niño. Viajó a Londres, donde asistió a la Exposición Universal de 1851, allí conoció al general José Mazarredo, que le gestionó el indulto para regresar a España. Ese mismo año recorrió Euskal Herria y España con sus canciones. Dos años después, con su poderosa voz de barítono cantó por primera vez ‘Gernikako Arbola’.

Suscríbete y disfruta una experiencia sin límites. Entérate de las noticias que importan, mantente al día con los últimos acontecimientos y profundiza en el análisis de la actualidad. Disfruta de acceso sin límites a nuestras secciones desde cualquier dispositivo.

Lo interpretó en el café San Luis de Madrid, uno de los lugares en que Iparraguirre cantaba habitualmente, y al que acudían los vascos que estaban en la capital. Hay quien asegura que ese ‘zortziko’ había sido cantada antes en Euskal Herria, «y en una ocasión ante 6.000 personas», según el profesor, escritor y crítico literario Jon Kortazar.

También se discute si fue el autor de la emblemática canción o si lo compuso el pianista y organista durangués Juan María Blas de Altuna, con quién actuó en el estreno de Madrid. Polémicas aparte, la melodía tuvo un éxito fulminante, en gran parte porque Iparraguire era en un reconocido mártir de la causa fuerista.

Una guitarra argentina

Hacia 1855 el bardo se enamoró de Ángela Querejeta Aizpurua, una hermosa tolosarra de 17 años que servía en una fonda. Dos años más tarde, para probar fortuna, partieron en barco a América, donde convivieron durante 19 años. En Buenos Aires, este bohemio aventurero fue acogido por su tío de Idiazabal, quien también emigró tras la contienda carlista. En la capital argentina se casó con Ángela Querejeta el 23 de febrero de 1859, y tuvieron ocho hijos.

La familia Iparraguirre en Uruguay- La familia Iparraguirre en Uruguay-

Acuciados por las deudas, en 1860 el matrimonio se estableció en Montevideo, donde abrió un cafetín, que también fue una ruina. Los clientes pagaban la primera ronda, pero el resto corría a cargo de la casa. Tras cerrar el local tuvo que trabajar durante años como pastor, algo que odiaba. Nunca había sido un baserritarra. En 1877, cuando se enteró de la abolición de los Fueros tomó la determinación de retornar a Euskal Herria para luchar por ellos. Hay quien dice que fue por morriña. Regresó sin su familia a Gipuzkoa gracias a una colecta realizada por la colonia vasca en Buenos Aires. Sobrevivía a duras penas gracias al dinero que le daban sus amigos foralistas, mientras su salud se iba deteriorando. En 1880 las diputaciones vascas aprobaron la concesión de una pensión vitalicia mensual de 1.100 pesetas. Ya un viejo juglar, falleció el 6 de abril de 1881 en el caserío Zozabarro de Ezkio-Itsaso. Solo fueron 61 años de vida, de los que solo unos 26 los pasó en Euskal Herria.

Volviendo al tema que titula esta historia, se cree que el predecesor de los hoy llamados cantautores aprendió a tocar la guitarra antes de cumplir los 16 años, siendo ya un adolescente alto, erguido y de rostro agradecido que atraía a las jóvenes. Ocultaba su cuerpo acribillado de heridas sufridas en varias batallas durante la primera guerra carlista. Fue entonces cuando comenzó a componer la letra y la música de las canciones que le harían célebre. Una de las primeras fue ‘Gitarra zartxo bat da’, un ‘zortziko’ que bien parece un autorretrato si nos fijamos en su letra. Se considera un artista euskalduna, un ser mendicante, libre como un pájaro, sin ataduras y con nostalgia del país. También supone una muestra del cariño que tenía hacia su guitarra, un instrumento musical poco habitual entre los músicos vascos en esa época. Era más popular el ttun-ttun o danburia, un cordófono que consiste en una caja de resonancia de madera sobre la que se disponen varias cuerdas bien tensadas que se percuten con una baqueta.

La guitarra de José María Iparraguirre en la Casa de Juntas de Gernika. La guitarra de José María Iparraguirre en la Casa de Juntas de Gernika.

La soprano francesa Caroline Duprez (1832-1875) quedó admirada por la voz de este cosmopolita y rebelde hombretón cuando le oyó cantar ‘Gitarra zartxo bat da’ en el Tirol. Se prestó a darle clases gratuitas de canto. Al final fueron amantes y recorrieron juntos varios países de Europa.

La mujer de Iparraguirre, Ángela Querejeta, dijo en una ocasión en Uruguay, que ese ‘zortziko’ era su favorito. Al mismo tiempo, lamentó que más que a sus ovejas su marido amaba a la guitarra que compró, cuando vivían en Buenos Aires, al lutier malagueño Salvador Ramírez, de la fábrica de guitarras Progreso Argentino. Fue un conocido guitarrista que estaba exiliado en Argentina. A diferencia de sus predecesoras, que lo tenían abovedado, estas guitarras se caracterizaban por su fondo plano, un diapasón más largo y una forma de ocho más marcada. Nada se sabe de la o las guitarras que tuvo Iparraguirre hasta entonces.

El historiador Pedro Berriochoa Azcárate destaca de este quijote vasco, como fue definido en su época, tres rasgos presentes en su periplo vital por Europa y América: el fuerismo (como doctrina política frente al liberalismo del siglo XIX), el romanticismo (como movimiento cultural, que orientó su mirada hacia los sentimientos y «lo irracional», frente al racionalismo de la Ilustración del siglo XVIII) y el catolicismo (como trasfondo religioso, ya que «toda su niñez transcurrió bajo la sombra de la Iglesia»). A su juicio, Iparraguirre tuvo «una vida a la deriva, errante, sin asiento, sin casa y sin solar».

El propio bardo coincidía con esta visión. El mismo se autocalificaba como un «arlote», sin casa ni oficio ni beneficio. «Su vida idealista, inestable e itinerante llamaba la atención a quienes soñaban desde casa», destaca, por su parte, Jon Kortazar. En su opinión, fue ‘inventado’ como bardo por una serie de intelectuales y agente sociales, entre los que encuadra a Ricardo Becerro de Bengoa, su primer biógrafo y primer autor de un libro sobre el poeta-cantor en 1896.

Retrato de José María Iparraguirre, obra de Anselmo de Guinea, y que se encuentra en la Casa de Juntas de Gernika. Retrato de José María Iparraguirre, obra de Anselmo de Guinea, y que se encuentra en la Casa de Juntas de Gernika.

En el terreno musical, los ‘zortzikos’ de Iparraguirre, con ese compás insólito del 5/8, no casaban del todo con las tonadas de los bertsolaris tradicionales. Tampoco era un improvisador, como sucede en el bertsolarismo. Era una persona culta y un cantante ‘chansonnier’. Había recibido clases de canto, conocía la ópera y llegó a dominar cinco idiomas. Su gastada guitarra casaba bien con su aspecto romántico y su vida idealista, inestable e itinerante. Todo menos burguesa. Su talento para componer se unía a la capacidad de comunicar en sus actuaciones. Su repertorio era de lo más variado. Acompañado de los acordes de su guitarra incluía ‘zortzikos’, napolitanas, coplas de bulevar y aires criollos, entre otros estilos musicales.

Al final, Iparragirre falleció sin la compañía de su familia, pobre, sin la compañía de su mujer y sus ocho hijos, y alejado del éxito como músico. El deceso fue sobre las tres de la madrugada del 6 de abril de 1881 en el caserío Zozabarro de Ezkio-Itsaso, que era una venta. Estuvo asistido por el médico de Gabiria, Ignacio Casares. Se silenció la potente voz del imponente bardo de poblada barba blanca y quedó muda su vieja guitarra, que le acompañó hasta el lecho de muerte. «Fue el primer hippie de la historia», le define el actual alcalde de Urretxu, Jon Luqui.

Dibujo del caserío Zozabarro de Ezkio-Itsaso, que era una venta y en el que falleció José María Iparraguirre en 1861. Dibujo del caserío Zozabarro de Ezkio-Itsaso, que era una venta y en el que falleció José María Iparraguirre en 1861.

Como no podía ser menos, al igual que su vida, su fallecimiento también estuvo envuelta en polémica. Una de las pocas personas que le acompañaron en sus últimos momentos fue Joaquín Castañeda Otermin (1848-1904), un topógrafo carlista que residía en Zumarraga, músico y amigo del bardo. Aseguró que había fallecido por culpa de una «fuerte pulmonía». Otros especularon con un ataque al corazón, y hubo quien lo achacó a una ingesta de setas venenosas. En los medios escritos americanos denunciaron una conspiración asesina, tesis que llegó a respaldar su propia viuda.

Asimismo, fue controvertido el tema del testamento. El libro parroquial de Ezkio-Isaso y la partida de defunción -que mantiene que Iparraguirre murió por un «catarro pulmonar agudo»- señalan que José María Iparraguirre no testó. Sin embargo, Castañeda y otros familiares y amigos del finado aseguran que sí lo hizo. En juego había pocas pertenencias por repartir, pero su mayor legado era la guitarra argentina de la que nunca se separó el bardo. Se la llevó Castañeda, quien la dejó en usufructo a José de Zubiria, un tenor navarro amigo de Iparraguirre nacido en Elizondo en 1823.

En el centenario de su muerte, se sacaron sus restos mortales para colocarlos en el mausoleo construido en su honor en Urretxu. La escultura en Urretxu, obra del catalán Font y Pons, Su casa natural en esa localidad. .

Al fallecer Zubiria en Durango en 1884, el envejecido instrumento musical fue reclamado tanto por Castañeda como por Pedro Egaña Díaz de Carpio, abogado, ex ministro y periodista nacido en Vitoria en 1803 y fallecido en Zestoa en 1885. Éste último lo hizo en nombre de Quiroga Iparraguirre, sobrino del bardo. Ambas partes acordaron donar la guitarra a la Diputación de Bizkaia. Posteriormente tras una moción presentada por el diputado Fernando de Olascoaga, del 15 de mayo de 1896, se dispuso la colocación de la guitarra en una urna acristalada en la Casa de Juntas de Gernika, donde sigue expuesta desde entonces.

Para unos Iparraguirre fue el mejor representante del sentimiento euskaldun y del amor a Euskal Herria, y para otros no fue más que un dandi vividor y derrochador, sin arraigo familiar o patria alguna. Lo importante es que la memoria del poeta cantor y su incondicional compañero musical sigue viva. Una estatua de su figura se erigió en su pueblo natal de Urretxu en 1890, Becerro de Bengoa publicó la biografía en 1896, la primera de una saga en la que destaca en una larga lista posterior de José María Salaverría: ‘Iparraguirre, el último bardo’ de 1932. A partir de los años 70 del siglo pasado los cantantes vascos han editado discos con su obra. Patxi Andión fue el primero en 1973, le siguió Urko y luego Oskorri. En 1981 Luis Iriondo dirigió un homenaje que se plasmó en el álbum ‘Zure oroiz’. Y Gontzal Mendibil creó el espectáculo ‘Iparragirre hegalaria’.

Diario Vasco