Ahora que tanto se habla de la memoria –de memoria histórica, de rememorización de antiguas agresiones, de entrenamiento de la memoria, de enfermedades vinculadas a pérdida de memoria…– propongo que distingamos entre ‘tener memoria’ y ‘hacer memoria’. ‘Tener memoria’ sería la cualidad mental que nos permite recordar hechos bastante aproximados a lo que ocurrió en el pasado. Decimos: “¿Recuerdas aquella cena de Fin de Año en la que hicimos una fondue de queso?”. Y respondemos: “Ahora que lo dices, sí. Hace diez o quince años. ¡Qué memoria tienes!” Y tener mala memoria sería olvidar hechos y nombres.
En cambio, ‘hacer memoria’ sería un acto de interpretación que combina, en proporciones diversas, recuerdos poco o muy precisos, olvidos poco o muy intencionados y al que aún se añaden las circunstancias poco o muy fantasiosas necesarias para que todo ligue. Henri Bergson sostenía que la memoria es un acto reiterado de interpretación. Y como nuestra experiencia vital a lo largo del tiempo es confusa y contradictoria, para conseguir que esta interpretación sea consistente y verosímil –para nosotros y para los demás–, es necesario reinventar el pasado. La memoria también suele ser una trampa.
En el plano personal, el sociólogo Peter L. Berger empleaba el término ‘alternación’ para describir estos cambios de guion con los que a lo largo de la vida nos explicamos a nosotros mismos para ir encajando el pasado con el presente. Para poder dar un sentido consistente con lo que pensamos ahora a lo que hace cincuenta años nos fascinaba y a qué nos abandonamos con entusiasmo, puede que necesitemos creer –y hacerlo creer a quienes nos piden explicaciones– que aquello fue resultado de una coacción autoritaria de la que no pudimos escapar.
En el plano colectivo ocurre lo mismo. Un filósofo canadiense que estudió estos procesos de reinterpretación que pretenden redimir el pasado, Theodor Plantinga, explicaba que los nuevos relatos se constituyen sobre cuatro principios: el antropomorfismo –inventar intencionalidades ficticias–, la polarización –imaginar conflictos entonces inexistentes–, la integración de diversas historias que en su día no habían tenido ninguna conexión, y el anacronismo. Anacronismos como los que hacemos cuando aplicamos categorías éticas y morales actuales a hechos pasados, vividos sinceramente comprometidos con otras definiciones de lo que se consideraba bueno y malo.
Todavía hay otro condicionante en el acto de ‘hacer memoria’. Y es que lo hacemos no para recrear el pasado sino para que nuestra reconstrucción del pasado tenga sentido en el presente y, sobre todo, encaje en lo que son nuestras expectativas de futuro. Sí: hacemos memoria del pasado según cómo imaginamos el futuro. Si el propósito fuera recrear el pasado, todos los esfuerzos estarían puestos en intentar comprenderlo, en sabernos poner en nuestra piel anterior o en hacernos cargo del clima social de entonces. Comprender, pero no juzgar. Ahora bien, lo que ahora llaman ‘políticas de memoria’ suelen ser pasada de cuentas con un pasado que queremos quitarnos de encima o, directamente, queremos cargarlo a nuestros adversarios.
Desde este punto de vista, no siempre una responsabilidad personal o institucional pasada es asimilable a una culpa intencional. No tiene mucho sentido que unos padres pidan perdón ahora por haber criado con dedicación y a conciencia a su hijo según los criterios de lo que era una buena educación en su tiempo. Tampoco hubieran podido hacerlo de otra manera. Y me parece injusto que, por poner otro ejemplo, se menosprecien las actitudes de aquellos fabricantes textiles que trataban a sus empleados con un honesto paternalismo a la hora de atender sus necesidades más perentorias. Que en el primer caso existía un marco de relación autoritaria padres-hijos, es indiscutible. Y que, en el segundo, la condescendencia del empresario hacía más dócil la actitud del empleado, es obviedad. Pero, ¿qué sentido tiene exigir que se pida perdón por lo que no se hizo con mala fe, víctimas en todo caso de lo que ahora llamamos ‘males estructurales’?
A quienes tienen claro que son necesarios y exigibles estos ejercicios de perdón o de escarnio público, de censura y cancelación –son las formas inquisitoriales actuales de excomunión, sin pruebas ni defensa–, les diría que cuán difícil es pensar que ya estamos en la cumbre de la excelencia ética y moral, que se vayan preparando para cuando, desde otros paradigmas futuros más exigentes, o simplemente diferentes a los actuales, también se les someta a juicios sumarios por culpas que ahora no son capaces ni de imaginar. ¡Tengamos en cuenta que para algunos apóstoles del hacer memoria, ésta es su manera de inventar y quemar herejes!
ARA