Ferminico

La polémica surgida estos días en torno a la exposición Desenterrados nos hace retroceder inevitablemente a épocas pretéritas. Me ha recordado para empezar aquel cuento tan divertido del flautista de Hamelin. Abel Azcona ha sido entre nosotros el virtuoso flautista que ha sido capaz de sacar a la luz a los seres que viven en lo mas recóndito de la Iglesia católica. Arrastrando el incienso de lóbregos rincones donde habitualmente se esconden del mundo que avanza, se han reunido en la vía pública para regocijo de propios y extraños que ya se habían olvidado de ellos. Resultaban tan ridículos en sus manifestaciones extemporáneas y extremistas que los espectadores han reído la gracia a carcajadas. Sé de quien se arrimó al grupo de rezadores creyendo que se trataba de una pantomima, un espectáculo teatral que representaba escenas cómicas de un pasado lejano hasta que se dio cuenta de que la cosa iba en serio. Entonces se echó a correr asustado porque lo que al principio puede parecer risible no lo es en absoluto cuando se descubre la calaña de las gentes de lo oscuro.

Se han creado imágenes plásticas que seguramente pasaran a la historia. Eran cuadros de una belleza antigua que resucitaban a Domenico Theotokopoulos. Yo no podía evitar recordar las imágenes del Greco con sus frailes, sus viejas de caras alargadas, sus jóvenes barbilampiños de semblante penitente.

Y todo ello ha sido mérito sin duda de Abel Azcona. Sus acciones serán muy discutibles tanto como innegable es el éxito que ha conseguido. Abel me parece un chico inteligente, con un pasado terrible y un futuro impredecible. Yo no quisiera que fuera tan negro como él lo pinta. Cualquiera entiende que en el agujero de su provocación solo han caído los mermados de espíritu, los que no ven más allá de sus narices, aquellos que quisieran tener en formación militar hasta a las caprichosas moscas. Pasando del tema hubieran salido ganando. De esta manera solo los podemos considerar claros perdedores porque no todo lo que se ha visto ha resultado gracioso y bello.

Mientras los alborotadores pedían respeto para sus escandalizadas conciencias se han pasado de la raya y mucho. ¿Acaso no sabían que nuestros abuelos masacrados en las cunetas escuchaban de sus verdugos el grito de “Viva Cristo Rey” antes de ser asesinados? Sí que lo sabían y lo han hecho además en el lugar donde se estaba reivindicando la memoria de las víctimas. Los que gritaban “Viva Cristo Rey” eran pocos. Los que respondían con vivas eran muchos. Se han atrevido incluso a pedir la ejecución del alcalde de Iruñea. ¿A qué espera la señora Alba para poner en marcha medidas contra la apología del terrorismo? ¿Necesita que le refresquen la memoria para recordar las sangrientas madrugadas del 36 en Azkoien-Peralta?

Estas humildes gentes que nacen plebeyas y necesitan convertirse en marqueses para no parecerse a los campesinos y obreros que usan nombres y apellidos corrientes se enamoran de los rangos nobiliarios y de los mármoles. Si son de Carrara, mejor. Piden a los demás lo que ellos son incapaces de ofrecer. Exigen respeto para su credo algo que podría resultar comprensible si no acompañaran su reivindicación de gritos estentóreos que no respetan ni la memoria, ni los sentimientos, ni la vida de los demás.

Los extremistas religiosos son así. Se llamen ultracatólicos, Estado Islámico, ultraortodoxos judíos, sectas fanáticas. En general están cortados por el mismo patrón. Todo por y para Dios pero sin contar con las personas. Defensa a ultranza del no nacido y sable a degüello contra los que han nacido y no les gustan.

Hace 27 años que nació Abel Azcona. Su madre no quería que él naciera y él hubiera preferido no nacer. En una misma época a su madre no le dejaron abortar y en Iruñea se juzgó a tres ginecólogos porque habían practicado, supuestamente, un aborto. Los que ahora se rasgan las vestiduras porque les han tocado el rito vociferaban entonces contra el aborto. Los periodistas llamábamos Nascituru a su abogado defensor, que finalmente consiguió que los abortos de las mujeres navarras resultaran a nuestra administración mucho más caros que a ninguna otra del Estado. Es todo lo que lograron los extremistas religiosos, eso y ensuciar el nombre de una ciudad que mayoritariamente y por fortuna no piensa como ellos. “Dejad nacer a Ferminico”: proclamaban a los cuatro vientos. ¿No queríais que naciera Ferminico? Pues ahí lo tenéis: se llama Abel Azcona.

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