Expansionismo y seguridad en Europa: de la URSS de Stalin a la Rusia de Putin

Un análisis comparativo de las ambiciones territoriales rusas y su impacto en la geopolítica mundial

La historia de Rusia, ya sea bajo la égida del imperio zarista, la Unión Soviética o la Federación Rusa contemporánea, ha estado marcada por una constante: la expansión territorial y la búsqueda de influencia geopolítica. Dos figuras centrales en esta narrativa son Iósif Stalin y Vladímir Putin, cuyas políticas y acciones han dejado una huella indeleble en la configuración de Europa Oriental y Asia Central. En este análisis comparativo, se explorará la vocación expansionista de ambos líderes, estableciendo un paralelismo entre las ambiciones territoriales de Stalin durante la consolidación y expansión de la Unión Soviética y las acciones de Putin en el contexto de la actual crisis en Ucrania, que amenaza con desestabilizar no solo a este país, sino también a las repúblicas bálticas y a Polonia.

Iósif Stalin, quien gobernó la Unión Soviética desde mediados de la década de 1920 hasta su muerte en 1953, es una figura emblemática del expansionismo soviético. Su política exterior estuvo guiada por la idea de consolidar y expandir el socialismo a nivel global, pero también por una visión profundamente arraigada de la seguridad nacional, que consideraba esencial la creación de un “cinturón de seguridad” alrededor de las fronteras soviéticas. Este concepto, conocido como la doctrina de las “fronteras avanzadas”, justificó la anexión de territorios y la imposición de regímenes afines en los países vecinos.

Durante la Segunda Guerra Mundial, Stalin aprovechó la coyuntura geopolítica para expandir las fronteras de la Unión Soviética. El Pacto Ribbentrop-Mólotov de 1939, un acuerdo de no agresión entre la Alemania nazi y la Unión Soviética, incluyó protocolos secretos que dividieron Europa del Este en esferas de influencia. Como resultado, la URSS anexó los estados bálticos (Estonia, Letonia y Lituania), partes de Polonia (las regiones de Galitzia y Volinia), Besarabia (actual Moldavia) y partes de Finlandia (Carelia). Estas anexiones no solo ampliaron el territorio soviético, sino que también permitieron a Stalin establecer un control férreo sobre regiones estratégicas.

Tras la guerra, Stalin consolidó su influencia en Europa del Este mediante la creación de un bloque de estados satélites, conocidos colectivamente como el “bloque del Este”. Países como Polonia, Checoslovaquia, Hungría, Rumania, Bulgaria y Alemania Oriental quedaron bajo la órbita soviética, ya sea mediante la imposición de gobiernos comunistas o la presencia militar directa. Este expansionismo no solo respondía a una ideología, sino también a una lógica geopolítica: la URSS buscaba protegerse de futuras invasiones desde Occidente, especialmente tras la experiencia traumática de la invasión nazi en 1941.

Vladímir Putin, quien ha dominado la política rusa desde finales de la década de 1990, ha articulado una visión de la política exterior que, en muchos aspectos, refleja la de Stalin, aunque con matices propios de la era postsoviética. Putin ha expresado en repetidas ocasiones su nostalgia por la grandeza de la Unión Soviética y su descontento con el orden internacional surgido tras la guerra fría, que considera injusto para Rusia. Su política exterior se ha caracterizado por una combinación de pragmatismo y nacionalismo, con el objetivo de restaurar la influencia rusa en lo que considera su “esfera de influencia natural”.

La anexión de Crimea en 2014 y el apoyo a los separatistas prorrusos en el este de Ucrania son ejemplos claros de esta estrategia. Putin justificó la toma de Crimea alegando la necesidad de proteger a la población rusófona y asegurar la base naval de Sebastopol, vital para la flota rusa del mar Negro. Sin embargo, detrás de esta acción subyace una lógica expansionista similar a la de Stalin: la búsqueda de un control estratégico sobre territorios clave y la reafirmación de Rusia como potencia regional.

La actual crisis en Ucrania, que ha escalado hasta el punto de una invasión militar a gran escala en febrero de 2022, representa la culminación de esta política. Putin ha argumentado que Ucrania no es una nación legítima, sino una creación artificial de la Unión Soviética, y ha expresado su oposición a la expansión de la OTAN hacia el este, que considera una amenaza existencial para Rusia. Sin embargo, más allá de las justificaciones retóricas, la invasión de Ucrania parece estar motivada por un deseo de reafirmar el control ruso sobre un país que históricamente ha sido parte de su esfera de influencia.

Aunque separados por casi un siglo, las políticas expansionistas de Stalin y Putin presentan notables paralelismos. Ambos líderes han utilizado la retórica de la seguridad nacional para justificar la anexión de territorios y la intervención en países vecinos. Tanto Stalin como Putin han buscado establecer un “cinturón de seguridad” alrededor de Rusia, ya sea mediante la creación de estados satélites o la imposición de gobiernos afines. Además, ambos han recurrido a la fuerza militar para lograr sus objetivos, mostrando una disposición a sacrificar vidas humanas y a desafiar el orden internacional.

Sin embargo, también existen diferencias significativas. Mientras que el expansionismo de Stalin estaba enmarcado en una ideología socialista y una visión revolucionaria de la política internacional, el de Putin se basa en un nacionalismo conservador y en una nostalgia por el pasado imperial y soviético de Rusia. Además, el contexto internacional en el que operan ambos líderes es radicalmente diferente. Stalin actuó en un mundo bipolar, donde la Unión Soviética y Estados Unidos competían por la hegemonía global. Putin, en cambio, enfrenta un orden internacional más complejo, con múltiples actores y una interdependencia económica que limita su margen de maniobra.

La invasión de Ucrania por parte de Rusia ha generado una profunda preocupación en las repúblicas bálticas (Estonia, Letonia y Lituania) y en Polonia, países que forman parte de la OTAN y la Unión Europea. Estos estados, que históricamente han estado bajo la órbita rusa o soviética, temen que Putin pueda intentar replicar su estrategia en Ucrania en sus territorios. Las repúblicas bálticas, en particular, tienen importantes minorías rusófonas, lo que podría ser utilizado como pretexto para una intervención similar a la de Crimea.

Polonia, por su parte, ha sido un firme aliado de Ucrania y un crítico acérrimo de la política exterior rusa. Su posición geográfica, entre Alemania y Rusia, la convierte en un actor clave en la seguridad europea. El temor a una expansión rusa hacia el oeste ha llevado a Polonia a fortalecer sus defensas y a solicitar una mayor presencia militar de la OTAN en su territorio. Este escenario recuerda a la situación previa a la Segunda Guerra Mundial, cuando Stalin y Hitler dividieron Polonia en el marco del Pacto Ribbentrop-Mólotov.

LA VANGUARDIA