Y el Estado se lo quedaron ellos

En alemán lo llamaron ‘Entnazifizierung’ y después el Pentágono se inventó el término ‘desnazificación’. Fue una enorme campaña llevada a cabo en Alemania y Austria inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial. El objetivo, conseguido, era apartar de los puestos de poder e influencia a todo aquel que hubiera militado en el partido nacionalsocialista alemán durante el régimen de Hitler. Y, evidentemente, prohibir cualquier organización que tuviera la más mínima relación con el nazismo. La reconstrucción de Alemania se hizo, pues, sobre bases democráticas muy sólidas, como se ha comprobado en los decenios siguientes.

Para actuar así, sin embargo, había hecho falta una derrota, la de los nazis. Y esta fue la gran diferencia con el Estado español, una diferencia que pagamos aquí. En el Estado español las fuerzas democráticas no pudieron derrotar al franquismo, sino que pactaron en él. No sólo no se limpió el Estado, sino que lo dejaron en sus manos. Ningún funcionario franquista, ningún militante franquista, ningún jefe militar franquista fue apartado del lugar que ocupaba. Les permitieron continuar haciendo su trabajo. Evidentemente, en el aparato del Estado entró gente nueva, demócratas, pero los fascistas permanecieron en su sitio, esperando que les llegara un tiempo mejor. Y por eso ahora pasan cosas que, explicadas en cualquier país europeo, causan estupor.

Por ejemplo, esta historia que les contábamos ayer: que el autor de la increíble nota de prensa del gobierno español sobre la pitada al Rey en el Camp Nou sea un experiodista del diario Arriba, órgano oficial de la Falange. No tan solo periodista, por cierto, sino jefe de sección. Según las metadatos fue él. Él lo niega, y es posible que alguien cogiera una plantilla de su ordenador, lo que explicaría la firma. Pero, oiga, el problema no es si él escribió el texto o no, sino cómo es posible que un responsable de un diario falangista ocupe una posición tan destacada hoy en el Ministerio de Presidencia. Esta es la cuestión.

Durante años hemos oído bromas sobre los hijos de franquistas que hacían política y ocupaban los ministerios que habían tenido sus padres. Añadamos ahora este detalle: los cómplices del franquismo que hoy en España pueden ejercer sin problemas una profesión vinculada a la política. Recordemos el abogado de Alicia Sánchez-Camacho, un señor que firmó la pena de muerte contra Puig Antich y que aún hoy dice que era legal. Por poner sólo un ejemplo.

Aturdidos por la transición, esta gente aceptó, más o menos, las formas democráticas. Pero cuando la involución se hace evidente, como ocurre ahora con el PP, vuelven a ser, lisa y llanamente, lo que han sido siempre. En el lenguaje y en las formas. Especialmente cuando aparece el componente nacionalista español, una de las fuentes básicas del franquismo que ahora lo sigue siendo del PP -como es natural-. Eso que todavía vemos hoy: el menosprecio de la pluralidad lingüística y nacional, el desagrado hacia la democracia, la apelación a ideas tan insólitas como que la constitución pasa por encima de los derechos…, todo esto tiene un origen incontestable: el franquismo y su manera de entender el mundo.

Sencillamente, no hicimos lo que sí se hizo en Alemania y Austria, y el franquismo pudo permanecer en el lugar donde era más fuerte, o sea, en el Estado. Este es el gran fracaso de la democracia española, como aún es fácil de ver cuarenta larguísimos años después.

VILAWEB