{"id":64382,"date":"2025-05-13T11:40:38","date_gmt":"2025-05-13T10:40:38","guid":{"rendered":"https:\/\/nabarralde.eus\/?p=64382"},"modified":"2025-05-13T11:40:38","modified_gmt":"2025-05-13T10:40:38","slug":"recuerdo-a-oteiza","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/nabarralde.eus\/es\/recuerdo-a-oteiza\/","title":{"rendered":"Recuerdo a Oteiza"},"content":{"rendered":"<p>&nbsp;<\/p>\n<p><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" width=\"880\" height=\"495\" class=\"wp-image-64383\" src=\"https:\/\/nabarralde.eus\/wp-content\/uploads\/2025\/05\/exterior-del-museo-oteiza-en-altzuza.jpeg\" alt=\"Exterior del Museo Oteiza, en Altzuza\" srcset=\"https:\/\/nabarralde.eus\/wp-content\/uploads\/2025\/05\/exterior-del-museo-oteiza-en-altzuza.jpeg 880w, https:\/\/nabarralde.eus\/wp-content\/uploads\/2025\/05\/exterior-del-museo-oteiza-en-altzuza-300x169.jpeg 300w, https:\/\/nabarralde.eus\/wp-content\/uploads\/2025\/05\/exterior-del-museo-oteiza-en-altzuza-768x432.jpeg 768w, https:\/\/nabarralde.eus\/wp-content\/uploads\/2025\/05\/exterior-del-museo-oteiza-en-altzuza-696x392.jpeg 696w, https:\/\/nabarralde.eus\/wp-content\/uploads\/2025\/05\/exterior-del-museo-oteiza-en-altzuza-747x420.jpeg 747w\" sizes=\"auto, (max-width: 880px) 100vw, 880px\" \/><\/p>\n<p><em>Exterior del Museo Oteiza, en Altzuza<\/em> Iru\u00f1apress<\/p>\n<p>Cada equinoccio de primavera se levantaba la persiana del bal\u00f3n de la casa Oteiza, ahora museo, situada en la falda del monte San Miguel, Eguesibar, encaramada entre los barrancos Andazclai y Aezueta. Sab\u00edamos as\u00ed que habia regresado de su periplo oce\u00e1nico invernal, y se reintegraban a la monta\u00f1a baska. Era tiempo de trajinar por la carretera de Altzuza, acercarnos a su milenaria Iglesia de San Esteban, para recibir a los amigos que nos ven\u00edan y nosotros esper\u00e1bamos. Itziar, la del cabello de plata y sonrisa amable, Jorge el del \u00e1nimo vigoroso. Tras abrazarnos para calmar la ausencia de meses, nos dirigimos a la casa que la brisa primaveral refrescaba, aliviando la vejez de sus piedras primordiales. Entonces o\u00edmos un violento tiroteo que desagarr\u00f3 el silencio sacramental de la tarde. Nos alarmamos y m\u00e1s cuando de la maleza irrumpi\u00f3 un jan jabal\u00ed. Era un macho joven y robusto, de formidables colmillos marfile\u00f1os que, al alcanzar al asfalto, lo rasp\u00f3 con sus pezu\u00f1as de acero, desorientado y desesperado en su huida. Sus peque\u00f1os pero perspicaces ojos se fijaron en nosotros. Me entr\u00f3 el p\u00e1nico por los mayores del grupo y mis hijos peque\u00f1os. Nos miramos con horror ante la amenaza cierta de que el animal embistiera, con desconcierto de lo que deb\u00edamos hacer. Oteiza, con voz grave y autoritaria, orden\u00f3 nuestra conducta.<\/p>\n<p>\u2013Quietos \u2013comand\u00f3 y estir\u00f3 lentamente su bast\u00f3n poni\u00e9ndolo cual escudo delante de los ni\u00f1os. Nos quedamos clavados en la carretera y la mirada anhelante en el animal apenas distanciado dos metros del nosotros. Ni respiramos hasta que el jabal\u00ed, y los tiros segu\u00edan resonando, desvi\u00f3 su atenci\u00f3n y emprendi\u00f3 veloz carrera de salvaci\u00f3n hacia la parte norte de la maleza, desapareciendo de nuestra vida, rebajando su resuello a medida que se alejaba en la espesura. En silencio caminos hasta el banco frente a la casa de m\u00e1s de tres siglos que era suya, y donde habr\u00eda de estar una fuente y un roble. Oteiza habl\u00f3, quiz\u00e1 para devolvernos el \u00e1nimo, quiz\u00e1 para perfilar el instante que hab\u00edamos vivido y sobrevivido. Quiz\u00e1s necesitaba explicar sus ardientes pensamientos, apurados por la situaci\u00f3n cr\u00edtica. Fue relatando sobre su escultura como un vac\u00edo desocupado, en el que la masa desaparece&#8230; como un jabal\u00ed que ocup\u00f3 nuestro espacio, pero ya no estaba.<\/p>\n<p>Habl\u00f3, lo hac\u00eda siempre y m\u00e1s en aquella hora en que rez\u00f3, de la Virgen de Arantzazu y de su vientre vac\u00edo, del hijo sagrado tendido a sus pies, colgada en la pared del santuario con su dise\u00f1o de p\u00faas, tal como conven\u00eda al nombre del lugar elegido por la madre de Dios para convocar paz entre los baskos. De los catorce ap\u00f3stoles, que no doce, sino catorce, recalcaba convencido, y eso es lo que nos une en comunidad a los doce principiantes, y que culminaban una fachada rompedora en el arte arquitect\u00f3nico de nuestro tiempo y nuestro pa\u00eds. De Arantzazu, a donde fuimos todos, fuimos todo, regresamos a Altzuza, de monte a monte de nuestra geograf\u00eda, y fue discurriendo de la salvaci\u00f3n que procuramos al animal de ser abatido y que no lo fue, de la su agresi\u00f3n que no ocurri\u00f3 gracias a nuestra inmovilidad. No nos vio como enemigos, sino como u conjunto que le resguard\u00f3 de su muerte. Desocup\u00f3 el espacio.<\/p>\n<p>Ca\u00eda la tarde en Eguesibar y el hombre de los ojos azules y penetrantes, call\u00f3. No agotado, que eso no sab\u00eda lo que era, sino porque hab\u00eda dicho cuanto quer\u00eda decir. Itziar, la de los cabellos de plata y la sonrisa amable, nos empuj\u00f3 hacia su morada equinoccial y nos ofreci\u00f3 caf\u00e9 para recobrar fuerzas, y discurrimos por el sal\u00f3n donde su obra yac\u00eda en desorden. Las esculturas que sus manos y su mente prodigiosas realizaban para crear el vac\u00edo. Se\u00f1al\u00f3 una y y la toc\u00f3 con su dedo prodigioso y la escultura de hierro rojo le respondi\u00f3, movi\u00e9ndose. Oteiza se dirigi\u00f3 a los ni\u00f1os advirtiendo que est\u00e1bamos escuchando el latido del coraz\u00f3n de Manuel Irujo. El que empuj\u00f3 y sigue empujando a este pueblo a seguir su camino. Hab\u00edamos presenciado como la vida triunfa sobre la muerte, testigos fuimos de que la eternidad se consigue corriendo hacia la maleza para desviar el acoso. Euskadi es una creaci\u00f3n de todos y resulta tambi\u00e9n una desocupaci\u00f3n del espacio, no sabemos de fronteras, conocemos que una vez un hombre y una mujer con el vientre lleno se perpetuaron en esta geograf\u00eda de monta\u00f1a y mar, y decidieron hacerla suya por los siglos de los siglos y de una forma: hablando euskera.<\/p>\n<p>El coraz\u00f3n de Manuel Irujo lati\u00f3 entonces y sigue latiendo, movimiento continuo, invencible. Y Oteiza fue colmando el espacio, recordando un viaje de evasi\u00f3n desde mi peque\u00f1a nada a la gran nada del cielo en la que penetraba, para escaparme, con deseo de salvaci\u00f3n y nos acerca de alg\u00fan modo a uno de estos 3 caminos de salvaci\u00f3n espiritual que son la filosof\u00eda, la religi\u00f3n y el arte&#8230; Es ahora que puedo asociar y explicarme estos dos recuerdos. Relacionar mi contemplaci\u00f3n del cielo lejano desde el fondo de mi agujero en la arena de la playa, con la fabricaci\u00f3n del peque\u00f1o vac\u00edo, espiritualmente respirable y liberador, del agujero, al alcance de mi mano, en la piedra.<\/p>\n<p>Acab\u00f3 el equinoccio de aquella primavera, concluy\u00f3 el solsticio de verano y se baj\u00f3 la persiana del balc\u00f3n y nos sentimos vac\u00edos sin Oteiza.<\/p>\n<p>Noticias de Navarra<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>&nbsp; Exterior del Museo Oteiza, en Altzuza Iru\u00f1apress Cada equinoccio de primavera se levantaba la persiana del bal\u00f3n de la casa Oteiza, ahora museo, situada en la falda del monte San Miguel, Eguesibar, encaramada entre los barrancos Andazclai y Aezueta. 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