{"id":62678,"date":"2024-09-12T13:54:01","date_gmt":"2024-09-12T12:54:01","guid":{"rendered":"https:\/\/nabarralde.eus\/?p=62678"},"modified":"2024-09-12T13:54:01","modified_gmt":"2024-09-12T12:54:01","slug":"sudan-el-punto-de-encuentro","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/nabarralde.eus\/es\/sudan-el-punto-de-encuentro\/","title":{"rendered":"Sud\u00e1n, el punto de encuentro"},"content":{"rendered":"<p>Publicado el 2 de septiembre de 2024<\/p>\n<p>N\u00ba. 2099<\/p>\n<p>Una lucha de poder entre dos generales ha desatado la mayor cat\u00e1strofe humanitaria de la actualidad. En la ciudad de Omdurman, en la orilla del Nilo, han surgido cientos de comedores sociales donde se re\u00fanen muchas personas que hablan de los horrores de la guerra.<\/p>\n<p><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" width=\"726\" height=\"1073\" class=\"wp-image-62679\" src=\"https:\/\/nabarralde.eus\/wp-content\/uploads\/2024\/09\/word-image-62678-1.jpeg\" srcset=\"https:\/\/nabarralde.eus\/wp-content\/uploads\/2024\/09\/word-image-62678-1.jpeg 726w, https:\/\/nabarralde.eus\/wp-content\/uploads\/2024\/09\/word-image-62678-1-203x300.jpeg 203w, https:\/\/nabarralde.eus\/wp-content\/uploads\/2024\/09\/word-image-62678-1-693x1024.jpeg 693w, https:\/\/nabarralde.eus\/wp-content\/uploads\/2024\/09\/word-image-62678-1-696x1029.jpeg 696w, https:\/\/nabarralde.eus\/wp-content\/uploads\/2024\/09\/word-image-62678-1-284x420.jpeg 284w\" sizes=\"auto, (max-width: 726px) 100vw, 726px\" \/><\/p>\n<p>Mucho antes de que el sol saliente ilumine la orilla oriental del Nilo, mucho antes de que los morteros y las granadas salten de un lado a otro de la corriente, Ayman al-Amin Taha llega al comedor social que regenta. Lo \u00fanico que se escucha por las calles des\u00e9rticas son los cantos suaves de los p\u00e1jaros. Hace un d\u00eda claro y, de vez en cuando, llega el olor de los jazmines floridos.<\/p>\n<p>Los soldados que ocupan los puntos de control de Omdurman a\u00fan duermen sobre tablones de madera y Taha se sienta frente a un perol de aluminio grande como una rueda de coche. Coge una cebolla, la casca y la pone dentro de un cazo con agua. No muchos kil\u00f3metros m\u00e1s all\u00e1, un ca\u00f1\u00f3n FlaK abre fuego.<\/p>\n<p>Cada ma\u00f1ana a partir de las cinco y media, Taha se planta delante de cinco grandes fuegos de gas para preparar la comida que al mediod\u00eda y por la noche repartir\u00e1 entre cientos de personas que pasan hambre. Hoy, junto a otros cuatro ayudantes, har\u00e1 sopa de arroz con cebolla.<\/p>\n<p>Muchos habitantes de la zona afirman que, de no ser por estos comedores sociales, morir\u00edan de hambre.<\/p>\n<p>All\u00ed donde el Nilo Azul y el Nilo Blanco confluyen, donde Taha cocina para los pobres, yacen, destruidas por el fuego de la artiller\u00eda, las ciudades hermanas de Omdurman y Jartum. Hay barrios enteros que han quedado totalmente en ruinas y por las calles, llenas de coches y tanques chamuscados, corren camionetas con ametralladoras en el remolque. En Omdurman, la ciudad que fue el centro espiritual de Sud\u00e1n, hoy las mujeres hablan de violaciones y los j\u00f3venes de reclutamientos forzosos y de luchas, aturdidos y colocados con metanfetaminas.<\/p>\n<p>En los pocos hospitales que todav\u00eda est\u00e1n abiertos, los m\u00e9dicos hablan de tiroteos diarios y de todo lo que les falta mientras atienden a ni\u00f1os tan desnutridos que solo son piel y huesos y soldados con extremidades amputadas.<\/p>\n<p>Los principales mercados de la ciudad han sufrido saqueos y pr\u00e1cticamente no se ha salvado ninguna tienda ni f\u00e1brica. En las carnicer\u00edas se ve c\u00f3mo se balancean los ganchos oxidados que hab\u00edan aguantado la carne. Las prensas de las f\u00e1bricas de aceite han desaparecido. En el mercado de las especias, que huele a comino, hay un pil\u00f3n de d\u00e1tiles pudri\u00e9ndose. El mercado del oro est\u00e1 completamente en ruinas.<\/p>\n<p>A unos cinco kil\u00f3metros de donde est\u00e1 Taha, al otro lado del Nilo, se alzan los rascacielos de Jartum, la capital abandonada por el gobierno. Es donde estall\u00f3 la guerra en abril de 2023.<\/p>\n<p>El detonante: el ej\u00e9rcito sudan\u00e9s ten\u00eda la intenci\u00f3n de incorporar un grupo paramilitar, las &#8216;Rapid Support Forces&#8217; (RSF; en espa\u00f1ol, Fuerzas de Apoyo R\u00e1pido), que contaban con unos 100.000 hombres antes del inicio de la guerra. Sin embargo, las negociaciones sobre la futura estructura de mando no fueron bien y, desde entonces, las fuerzas armadas regulares de Sud\u00e1n, comandadas por el presidente de facto, el general Abdel Fattah al Burhan, se enfrentan a las RSF comandadas por su antiguo compa\u00f1ero, el teniente general Mohamed Hamdan Daglo, conocido como Hemeti.<\/p>\n<p>Hemeti empez\u00f3 su sangrienta carrera en 2003 como comandante de las milicias \u201cjanjauid\u201d en la regi\u00f3n de Darfur, en el oeste de Sud\u00e1n. Sus hombres, conocidos por su brutalidad, entraban en los pueblos, asesinaban a sus habitantes, violaban a sus mujeres, y robaban y saqueaban las casas. Cientos de miles de civiles murieron durante el genocidio.<\/p>\n<p>En 2013, el entonces dictador, Omar al-Bashir, cedi\u00f3 el liderazgo a las RSF \u2014en ese momento reci\u00e9n fundadas\u2014 al leal Hemeti. Se supon\u00eda que esta maniobra deb\u00eda protegerlo de un golpe de estado por parte del ej\u00e9rcito regular. Hemeti se llev\u00f3 muchos de sus antiguos guerreros a sus nuevas tropas.<\/p>\n<p>Al-Bashir hab\u00eda creado un monstruo.<\/p>\n<p>Hoy, las RSF controlan 8 de las 18 capitales regionales de Sud\u00e1n y siguen avanzando en el sudeste del pa\u00eds. Las zonas controladas por el ej\u00e9rcito est\u00e1n gobernadas desde la ciudad costera de Puerto Sud\u00e1n. En la regi\u00f3n de Darfur, las RSF vuelven a cometer masacres contra miles de residentes. Territorio que invaden, territorio que saquean. Alex de Waal, director de la &#8216;World Peace Foundation&#8217; en la &#8216;Tufts University&#8217; de Boston y experto en Sud\u00e1n, describe a la milicia como una m\u00e1quina de saquear. Sin embargo, los comerciantes tambi\u00e9n acusan al ej\u00e9rcito de vaciarles las tiendas.<\/p>\n<p>Seg\u00fan c\u00e1lculos estadounidenses, la guerra ha causado ya unas 150.000 v\u00edctimas en el \u00faltimo a\u00f1o y medio. Las conversaciones de alto el fuego iniciadas forzosamente por Estados Unidos empezaron en Ginebra el 14 de agosto, pero el ej\u00e9rcito sudan\u00e9s a\u00fan no ha enviado ninguna delegaci\u00f3n.<\/p>\n<p>Esta guerra civil hace ya tiempo que ha originado la mayor crisis de refugiados del mundo. Se calcula que unos 9 millones de los 48 millones de habitantes del pa\u00eds han tenido que abandonar sus hogares desde abril del pasado a\u00f1o. M\u00e1s de 25 millones viven en situaci\u00f3n de severa inseguridad alimentaria. Seg\u00fan el Programa Mundial de Alimentos, es la crisis de hambre m\u00e1s grave de la actualidad.<\/p>\n<p>Por este motivo, cientos de Takias \u2014tal y como se llaman los comedores sociales\u2014 reparten comidas en las ciudades hermanas en la orilla del Nilo. Est\u00e1n financiados con donaciones nacionales y extranjeras. Muchos han abierto en los \u00faltimos meses. Casi todo el mundo los necesita. M\u00e9dicos, t\u00e9cnicos de laboratorio, profesores, abogados, estudiantes, empresarios: todo el mundo se acerca varias veces al d\u00eda a recoger tres cucharadas de arroz estofado o sopa de lentejas.<\/p>\n<p>Estos comedores sociales son lugares en los que pervive la cohesi\u00f3n social, pero tambi\u00e9n se han convertido en lugares en los que la gente que comparte su relato de la guerra.<\/p>\n<p>A \u00faltima hora del mediod\u00eda, Taha, que tiene 50 a\u00f1os, est\u00e1 en el anexo de un centro comunitario con otras seis mujeres, todos detr\u00e1s de ollas de aluminio, poniendo sopa en los cubos de pl\u00e1stico y aluminio que la gente les alarga. Por los agujeros que ha causado la metralla en el techo de lata entra una luz polvorienta. El hermano de Taha, un hombre de negocios rico, es quien financia el comedor social. Quince mujeres y hombres se encargan de cocinar, hacer pan y lavar los trastos todos los d\u00edas. Los ayudantes llevan tablones de madera llenos de pan reci\u00e9n hecho de la panader\u00eda que tambi\u00e9n regentan los hermanos.<\/p>\n<p>\u201cCada d\u00eda viene m\u00e1s gente\u201d, explica Taha. Lleva una camisa verde y vaqueros, y la barba bien recortada. \u201cCasi nadie tiene trabajo ni dinero para comprar comida. Por lo menos hacer funcionar el comedor social ahora es menos peligroso que a principios de a\u00f1o. En ese momento, los milicianos de las RSF saqueaban el barrio, arrestaban o disparaban personas al azar. En esos momentos, Taha s\u00f3lo se atrev\u00eda a enviar tres veces al mes una camioneta a trav\u00e9s de los puntos de control hasta uno de los mercados controlado por el ej\u00e9rcito, explica. Era el \u00fanico sitio con suficientes productos disponibles. Los milicianos le mataron a tres conductores. \u201cNadie se atrev\u00eda a salir, la gente se mor\u00eda de hambre dentro de casa\u201d, dice. Pero nunca se ha planteado plegar velas. \u00abLa gente nos necesita\u00bb.<\/p>\n<p>En marzo, el ej\u00e9rcito recuper\u00f3 el control de ciertas zonas de Omdurman. Actualmente, las RSF rodean la ciudad y tambi\u00e9n controlan Jartum, al otro lado del Nilo, casi por completo. Sin embargo, la zona del comedor social vuelve a estar bajo control del ej\u00e9rcito.<\/p>\n<p>Delante de Taha se agolpan cientos de personas ordenadas en una fila que llega hasta fuera a la calle. Los m\u00e1s viejos son los que tienen derecho a tomar comida primero, seguidos de las mujeres. Los ni\u00f1os se les deslizan entre las piernas. El aire caliente hiede a sudor.<\/p>\n<p>Ali Saleh coloca, tembloroso, una bolsa de pl\u00e1stico de color amarillo en una olla de aluminio que le alarga una cocinera. Estira cuidadosamente las asas de la bolsa por los bordes de la cazuela. La mujer sumerge el cuchar\u00f3n tres veces en el estofado de arroz y le llena la bolsa. Saleh mira a la mujer cansado.<\/p>\n<p>\u00abEste comedor social\u00bb explica \u00abme ha salvado la vida\u00bb. El pantal\u00f3n le envuelve holgadamente las piernas. Las tiene tan delgadas que, en algunos puntos, casi puede rodearlas con una sola mano. Saleh tiene 60 a\u00f1os y calcula que ha perdido unos 20 kilos durante la guerra. Un t\u00edo segundo suyo hab\u00eda sido presidente de Sud\u00e1n y \u00e9l mismo hab\u00eda trabajado de ch\u00f3fer para un ministerio.<\/p>\n<p>En junio, la ONU advirti\u00f3 que 14 regiones de Sud\u00e1n podr\u00edan sufrir epidemias de hambre, una realidad que se confirm\u00f3 oficialmente para ciertas partes de Darfur en julio. Al menos 750.000 personas est\u00e1n a punto de morir de hambre, incluidos 220.000 ni\u00f1os. Un grupo de investigaci\u00f3n holand\u00e9s advierte que hasta dos millones y medio de sudaneses podr\u00edan morir de hambre este a\u00f1o. Los expertos de la ONU acusan a ambas partes en conflicto de utilizar el hambre como arma de guerra. El ej\u00e9rcito, por ejemplo, no permite que los convoyes de ayuda humanitaria lleguen a las zonas controladas por las RSF.<\/p>\n<p>Saleh pone con cuidado su bolsa llena de sopa y otra con ocho barras de pan en un saco de pl\u00e1stico que hab\u00eda dejado bajo una acacia frente a las puertas del comedor social y, acto seguido, se lo cuelga en el hombro con un movimiento r\u00edgido. \u00abLo habitual es que no pueda permitirme comprar comida\u00bb, explica de camino a casa. Desde que estall\u00f3 la guerra, se ha puesto gravemente enfermo hasta cinco veces a causa de la desnutrici\u00f3n.<\/p>\n<p>Varias manzanas m\u00e1s all\u00e1, las calles quedan desiertas y las fachadas de las casas se ven totalmente perforadas por la metralla y las balas. Lo \u00fanico que se oye es el ruido del viento chasqueando las planchas de los techos y los disparos. El pasado noviembre, explica Saleh, casi muri\u00f3 de hambre. En ese momento, su barrio estaba bajo el control de las RSF. Saquearon las casas, pero sobre todo las tiendas. No hab\u00eda nada que comprar, ni verduras, ni arroz, ni cereales. Del grifo no sal\u00eda ni una gota de agua. Ten\u00eda que ir a buscarla a la orilla del Nilo.<\/p>\n<p>Su mujer huy\u00f3 a casa de unos conocidos. Se llev\u00f3 al hijo con ella para que las RSF no le reclutaran a la fuerza. Saleh no quer\u00eda dejar desprotegido el modesto hogar que su padre le hab\u00eda dejado en herencia. Perdi\u00f3 peso r\u00e1pidamente, pasaba d\u00edas sin comida. Pas\u00f3 d\u00edas tumbados en un colch\u00f3n, bebiendo unos pocos tragos del zumo que a\u00fan les quedaba en casa: tamarindo y lim\u00f3n. \u201cNunca hab\u00eda tenido la muerte tan cerca\u201d afirma. Al cabo de cuatro d\u00edas logr\u00f3 levantarse y arrastrarse hasta casa de un conocido.<\/p>\n<p>Saleh gira la esquina de su calle. La basura se agolpa ante las paredes de las casas abandonadas. En medio del camino hay una bicicleta infantil aplastada. Casi todos los vecinos han huido. Muchos, explica Saleh, se han ido a Egipto. Este barrio, explica, era un buen sitio para vivir.<\/p>\n<p>La gente de aqu\u00ed ha podido permitirse el lujo de huir.<\/p>\n<p>Tras una puerta de metal abollada espera la mujer de Saleh. Lleva un pa\u00f1uelo amarillo y tiene la piel de los p\u00f3mulos muy chupada. Calcula que ha perdido la mitad de su peso. Tiene 45 a\u00f1os, pero parece mucho mayor. \u201cCada vez que mi marido va al comedor social\u201d, dice, \u201ctemo que no vuelva\u201d.<\/p>\n<p>Saleh coloca el contenido del saco sobre el somier de una cama delante de casa. Saca la bolsa de arroz y el pan que ha llevado del comedor social y los pone junto a berenjenas, pepinos y patatas que compr\u00f3 en el mercado con su exigua pensi\u00f3n. Cuando quiere ir a buscar el dinero \u2014el equivalente a unos 18 euros\u2014, debe irse hasta una ciudad a unas tres horas de coche hacia el norte. El de hoy es un aut\u00e9ntico banquete. \u00abEsto nos lo podemos permitir una vez al mes, dos como mucho\u00bb.<\/p>\n<p>Al d\u00eda siguiente, Taha vuelve a estar en el comedor social. Sol\u00eda \u200b\u200bdedicarse a la importaci\u00f3n de piezas de repuesto de coches usados, dirig\u00eda un complejo en el Nilo y ten\u00eda una peque\u00f1a flota de barcos para realizar excursiones por el r\u00edo, explica. Las RSF los hundi\u00f3 todos. Tan s\u00f3lo le queda un restaurante y un par de instalaciones frigor\u00edficas. Y el comedor social.<\/p>\n<p>\u00abDonde gobiernan las RSF\u00bb afirma Taha, \u00abno se dedican a gobernar: no hacen m\u00e1s que robar\u00bb. Taha quisiera que las dos partes en conflicto se sentaran a negociar. \u201cBasta ya. Debemos vivir en paz de una vez\u201d. Hist\u00f3ricamente, el ej\u00e9rcito ha tenido v\u00ednculos s\u00f3lidos con Egipto y Arabia Saud\u00ed, y \u00faltimamente ha recibido armas de Ir\u00e1n y de Rusia. Los Emiratos \u00c1rabes Unidos, en cambio, se los proporcionan a las RSF.<\/p>\n<p>Taha va a la panader\u00eda del centro comunitario para comprobar si tienen suficientes suministros. Dentro de un horno que los panaderos deben alimentar con le\u00f1a porque no tienen gas, los panes van cogiendo un tono dorado.<\/p>\n<p>Esta ma\u00f1ana Abdulrahim Mirghani viene a recoger un pan y se lo lleva a casa, una peque\u00f1a habitaci\u00f3n que comparte con su hermano. Dos somieres con colchones que languidecen encima de dos armarios.<\/p>\n<p>Es joven, tiene tan s\u00f3lo 21 a\u00f1os y lleva una camiseta descolorida. Lleva el pelo recto hacia arriba. Tres veces al d\u00eda, dice, sale de esta habitaci\u00f3n tan parca y camina hasta el horno o el comedor social. El resto de tiempo lo suele pasar sentado detr\u00e1s de las cortinas, cerradas, escuchando m\u00fasica y dando vueltas a todo lo que no ha salido bien.<\/p>\n<p>Esta guerra es el punto m\u00e1s bajo y oscuro de la historia de una revoluci\u00f3n fallida en la que los sudaneses hab\u00edan depositado grandes esperanzas. Y Mirghani, como \u00e9l mismo explica, form\u00f3 parte de ella.<\/p>\n<p>Han pasado m\u00e1s de cinco a\u00f1os desde su salida a la calle con decenas de miles de personas m\u00e1s. En diciembre de 2018, la poblaci\u00f3n sudanesa intent\u00f3 transformar el pa\u00eds en una democracia. Mirghani, que entonces iba a la escuela, era miembro del comit\u00e9 local que organizaba las protestas en su barrio. \u00c9l y otros muchos fueron arrestados, pero consiguieron lo que nadie esperaba: se manifestaron hasta que ahuyentaron al dictador Omar al-Bashir.<\/p>\n<p>Despu\u00e9s de 30 a\u00f1os de dictadura, de repente el pa\u00eds parec\u00eda tener la democracia al alcance de su mano.<\/p>\n<p>A partir de entonces dos hombres determinaron el destino del pa\u00eds: Burhan, el l\u00edder del ej\u00e9rcito, y Hemeti, el l\u00edder de la milicia. Los dos hombres que hoy se enfrentan uno con otro. En ese momento, fundaron un consejo de transici\u00f3n, formado por civiles y militares a partes iguales. Al final del proceso de transici\u00f3n, deb\u00edan celebrarse comicios libres. Sin embargo, el 25 de octubre de 2021, el ej\u00e9rcito y las RSF dieron otro golpe de estado y disolvieron al gobierno interino. Entonces todav\u00eda iban juntos.<\/p>\n<p>Mirghani y sus compa\u00f1eros de lucha, seg\u00fan cuenta en su peque\u00f1a habitaci\u00f3n, volvieron a salir a la calle y exigieron que los generales se retiraran. Un combatiente de las RSF le dispar\u00f3 un tiro al brazo, dice. La cicatriz le recorre toda la parte superior del brazo. El ej\u00e9rcito volvi\u00f3 a prometer una transici\u00f3n hacia un gobierno civil.<\/p>\n<p>Sin embargo, en abril de 2023, cuando se supon\u00eda que los generales deb\u00edan renunciar al poder y acordar la rapidez con la que podr\u00edan integrarse las RSF en las fuerzas armadas, surgi\u00f3 una nueva disputa. Hemeti se volvi\u00f3 contra el ej\u00e9rcito.<\/p>\n<p>Durante la revoluci\u00f3n, Mirghani explica que no s\u00f3lo se manifestaron para derribar el r\u00e9gimen de Bashir, sino tambi\u00e9n para reclamar la disoluci\u00f3n de las RSF. \u201cConoc\u00edamos su historia, conoc\u00edamos las masacres de Darfur, los saqueos y la brutalidad. Ahora tambi\u00e9n vemos estos cr\u00edmenes aqu\u00ed y, por eso, como muchos de sus compa\u00f1eros, ahora apoya a quien hab\u00eda considerado su enemigo: el ej\u00e9rcito.<\/p>\n<p>Mirghani se sienta en la alfombra. La lluvia pica al otro lado de las cortinas. Cuando estall\u00f3 la guerra, explica, quer\u00eda terminar el bachillerato para estudiar arte.<\/p>\n<p>Pero fue v\u00edctima de la violencia de las RSF por segunda vez. \u00c9l y otros tres amigos quer\u00edan recoger basura de la zona que controlaban las RSF. Los vecinos se hab\u00edan quejado de que los mosquitos hac\u00edan nidos y aumentaban los casos de dengue. Sin embargo, de repente, una camioneta se les detuvo al lado, saltaron miembros de las RSF y se los llevaron. Les acusaban de ser esp\u00edas del ej\u00e9rcito.<\/p>\n<p>Durante los d\u00edas siguientes, tres veces todos los d\u00edas, los milicianos les cog\u00edan a \u00e9l y a otros presos, los sacaban de la celda y se los llevaban hasta el patio de la antigua central de la radio municipal, atados. Les tapaban los ojos y les golpeaban la espalda con culata de fusil y los pon\u00edan mojadas en la cara hasta que pensaban que quedar\u00edan asfixiados. Les disparaban cerca de los pies. Mirghani explica que estaba convencido de que no saldr\u00eda vivo de aquel lugar. Dos compa\u00f1eros prisioneros murieron ante ellos torturados.<\/p>\n<p>Quince d\u00edas despu\u00e9s, Mirghani fue liberado. Al parecer, los milicianos hab\u00edan llegado a la conclusi\u00f3n de que, bien mirado, no era esp\u00eda.<\/p>\n<p>Sin embargo, dice sentado en su parca habitaci\u00f3n, espera que alg\u00fan d\u00eda Sud\u00e1n tenga un gobierno civil. Aunque hoy la democracia parezca m\u00e1s lejana que nunca. \u00abPero las ideas\u00bb afirma \u00abno pueden morir\u00bb.<\/p>\n<p>Al d\u00eda siguiente por la ma\u00f1ana, Mohamed Hassan recoge 35 barras de pan en el comedor social. Durante varios meses, el hermano de Taha dirigi\u00f3 un hospital de campa\u00f1a al descampado de hierba junto al comedor social. Hassan trabaj\u00f3 all\u00ed junto a unos 15 m\u00e9dicos, enfermeras y otros voluntarios.<\/p>\n<p>En la tienda, este antiguo responsable del laboratorio de un hospital universitario se convierte en m\u00e9dico. O en cirujano, si las circunstancias lo exigen: aprendi\u00f3 a sacar balas y metralla de los cuerpos de los pacientes y tratar las heridas. \u00abSiempre ten\u00eda miedo de que el siguiente paciente fuera uno de mis hijos\u00bb dice.<\/p>\n<p>Hoy, Hassan y otros tres compa\u00f1eros dirigen el \u00fanico centro de salud del distrito. Muchos m\u00e9dicos y enfermeras han huido, nos explica mientras vamos hacia la cl\u00ednica. O han muerto.<\/p>\n<p>En Omdurman quedan dos grandes hospitales. El resto fueron destruidos y saqueados. \u201cLas RSF se instalaron para utilizarlos de base y, c\u00f3mo no, el ej\u00e9rcito los bombarde\u00f3\u201d.<\/p>\n<p>\u00abSe calcula que entre el 70 y el 80% de los hospitales de las zonas afectadas por el conflicto ya no est\u00e1n operativos\u00bb concluye un informe de la organizaci\u00f3n no gubernamental &#8216;M\u00e9dicos Sin Fronteras&#8217;. \u00abM\u00e1s del 65% de la poblaci\u00f3n no tiene acceso a asistencia sanitaria\u00bb.<\/p>\n<p>Hassan abre las puertas de su peque\u00f1a cl\u00ednica. Los primeros pacientes llegan de inmediato. Un anciano sufre de unos nervios da\u00f1ados por la metralla y una mujer necesita urgentemente medicamentos para su padre, que sufre malaria.<\/p>\n<p>Encima de un mostrador del laboratorio hay una m\u00e1quina de esterilizaci\u00f3n. Hasan enciende una luz y mira a su alrededor con tristeza. \u00abDe hecho, nos falta de todo\u00bb, concluye. \u201cNo tenemos centrifugadora, ni siquiera un microscopio\u201d. De una bolsa de pl\u00e1stico saca una bolsa de maquillaje hecha de piel de cocodrilo rosa de imitaci\u00f3n. Coge un par de tiras para realizar test de tifus y de malaria. Son sus propias reservas, las que pudo salvar del hospital universitario.<\/p>\n<p>En el quir\u00f3fano, Hassan quita el polvo de una ri\u00f1onera. Cada noche, el poco instrumental del que disponen queda recubierto de una fina pel\u00edcula polvorienta que entra con el viento que entra por las ventanas sin cristales.<\/p>\n<p>El primer paciente se sienta en una camilla inestable. Ha pisado un pedazo de cristal. Hasan se pone un par de guantes de l\u00e1tex, pone el pie del hombre al borde de una papelera, abre la herida y extrae sangre y pus. El paciente se retuerce y da un golpe en la cama por el dolor. No tenemos anestesia, explica Hassan. \u00abS\u00f3lo tenemos yodo\u00bb.<\/p>\n<p>Una tarde, los ni\u00f1os del barrio juegan en el trozo de hierba que hay frente al comedor social. Taha baja del coche. Viene del norte de la ciudad, donde la gente lleva una vida relativamente pl\u00e1cida. Las RSF nunca han llegado, los supermercados est\u00e1n llenos de productos demasiado caros y los restaurantes est\u00e1n abiertos. Tambi\u00e9n el de Taha.<\/p>\n<p>Ha pasado por delante de los cementerios en los que se han convertido los campos de f\u00fatbol porque las RSF han prohibido que la gente pueda enterrar a los muertos como les mandan los preceptos. Las tumbas est\u00e1n marcadas con ramas o trozos de marcos de ventanas.<\/p>\n<p>Taha dice estar cansado. Lo que m\u00e1s le molesta, sostiene, es la violencia contra las mujeres. Las RSF han violado much\u00edsimas mujeres y ni\u00f1as en la capital sudanesa y las ha obligado a casarse, concluye la ONG &#8216;Human Rights Watch&#8217; en un informe. Sin embargo, los dos bandos en conflicto han negado ayuda a las v\u00edctimas.<\/p>\n<p>Taha explica que los hombres de su centro comunitario hicieron todo lo posible por proteger a las mujeres de la zona. Desgraciadamente, no siempre lo lograron.<\/p>\n<p>A la sombra de unos \u00e1rboles, Elaf Yahja juega con sus amigas. Tiene doce a\u00f1os. A lo lejos se sienten disparos. Ninguna criatura tan siquiera se toma la molestia de levantar la mirada.<\/p>\n<p>\u00abAl principio de la guerra pas\u00e9 mucho miedo, sobre todo cuando pasaban los aviones\u00bb explica. Lleva una blusa blanca bordada con lentejuelas doradas, mallas negras y zapatos tipo bailarina. \u201cPero ahora ya no. Ni siquiera cuando pasan cosas cerca\u201d. Lo que m\u00e1s le molesta son los francotiradores que hay junto al Nilo. \u00abPor su culpa ya no podemos jugar a orillas del r\u00edo\u00bb.<\/p>\n<p>Cuando habla, su mirada es desafiante. Dice que quiere ser m\u00e9dico. Elaf se ha acostumbrado a la realidad b\u00e9lica que le rodea, pero se niega a aceptar que su escuela \u2014como todas las instituciones educativas de Omdurman\u2014 est\u00e9 cerrada desde el inicio de la guerra.<\/p>\n<p>En marzo de 2023 dio clase por \u00faltima vez. Cuando llegaron las vacaciones, era una de las mejores de la clase y estaba impaciente por empezar las clases de \u00e1rabe y de ingl\u00e9s del curso siguiente. Pero no mucho m\u00e1s tarde, la escuela qued\u00f3 en medio de una zona de combate.<\/p>\n<p>Este domingo de julio, los militares le permiten regresar a la escuela por primera vez. Elaf est\u00e1 muy emocionada. Al entrar titubeante en el patio, ve montones de cenizas, bl\u00edsteres de p\u00edldoras y botellas de perfume por el suelo. Material que los milicianos de las RSF que estaban estacionados en el centro seguramente hab\u00edan utilizado para desinfectarse las heridas.<\/p>\n<p>Sin embargo, los vecinos explican otras cosas. Por la noche, los milicianos de las RSF se llevaban a chicas de 16 o 17 a\u00f1os a las casas que ocupaban. Se o\u00edan los gritos. Casi todas las noches.<\/p>\n<p>Elaf camina hacia la escalera, incr\u00e9dula. La mayor\u00eda de aulas est\u00e1n vac\u00edas. \u201cTodos los buenos recuerdos\u2026\u201d susurra, pero no termina la frase. Por \u00faltimo abre la puerta de su antigua aula.<\/p>\n<p>En la pizarra hay un dibujo de \u00c1frica hecho con yeso. En la esquina superior derecha hay una fecha: 4 de marzo. \u201cEsta fue nuestra \u00faltima lecci\u00f3n de historia\u201d susurra. Las mesas y las sillas que quedan est\u00e1n recubiertas de una capa de polvo rojizo. \u201cNo hay mucho da\u00f1ado, pero todo es diferente\u201d.<\/p>\n<p>Traducci\u00f3n al catal\u00e1n de Laura Obradors<\/p>\n<p>Traducci\u00f3n al espa\u00f1ol de Nabarralde<\/p>\n<p>EL TEMPS<\/p>\n<p>https:\/\/www.eltemps.cat\/article\/61014\/sudan-el-punt-de-trobada?id_butlleti_enviar=362&#038;utm_source=butlleti_article&#038;utm_medium=butlleti&#038;utm_campaign=sudan-el-punt-de-trobada<\/p>\n<p><strong>La catastr\u00f3fica guerra de Sud\u00e1n, un problema mundial<\/strong><\/p>\n<p>The Economist<\/p>\n<p>LA VANGUARDIA<\/p>\n<p>Podr\u00eda matar a millones de personas y extender el caos por \u00c1frica y Oriente Medio<\/p>\n<p>La guerra de Sud\u00e1n ha recibido una m\u00ednima parte de la atenci\u00f3n prestada a Gaza y Ucrania. Sin embargo, amenaza con ser m\u00e1s mort\u00edfera que cualquiera de esos dos conflictos. El tercer pa\u00eds m\u00e1s grande de \u00c1frica est\u00e1 en llamas. Su capital ha quedado arrasada; puede que unas 150.000 personas hayan sido asesinadas, y los cad\u00e1veres se amontonan en cementerios improvisados visibles desde el espacio. M\u00e1s de 10 millones de personas (una quinta parte de la poblaci\u00f3n) se han visto obligadas a huir de sus hogares. Sobre el pa\u00eds se cierne una hambruna capaz de ser m\u00e1s mort\u00edfera que la padecida por Etiop\u00eda en la d\u00e9cada de 1980; seg\u00fan algunas estimaciones, podr\u00edan morir 2,5 millones de civiles antes del final del a\u00f1o.<\/p>\n<p>Se trata de la peor crisis humanitaria del mundo y, tambi\u00e9n, una bomba de relojer\u00eda geopol\u00edtica. El tama\u00f1o y la ubicaci\u00f3n de Sud\u00e1n convierte el pa\u00eds en un motor de caos m\u00e1s all\u00e1 de sus fronteras. Los Estados de Oriente Medio y Rusia patrocinan con total impunidad a los beligerantes. Occidente se desentiende; las Naciones Unidas est\u00e1n paralizadas. La violencia desestabilizar\u00e1 a los vecinos y desencadenar\u00e1 flujos de refugiados hacia Europa. Sud\u00e1n tiene unos 800 kil\u00f3metros de costa en el mar Rojo por lo que su implosi\u00f3n amenaza el canal de Suez, una arteria clave del comercio mundial.<\/p>\n<p>Los principales contendientes son las Fuerzas Armadas Sudanesas (FAS), el ej\u00e9rcito convencional, y una milicia llamada Fuerzas de Apoyo R\u00e1pido (FAR). Ninguno de los dos tiene un objetivo ideol\u00f3gico ni una identidad \u00e9tnica monol\u00edtica. Los dos est\u00e1n dirigidos por se\u00f1ores de la guerra sin escr\u00fapulos que compiten por el control del Estado y su bot\u00edn.<\/p>\n<p>Sud\u00e1n ha padecido guerras civiles intermitentes desde su independencia en 1956. Un sangriento conflicto termin\u00f3 con la secesi\u00f3n de Sud\u00e1n del Sur en 2011. Hace veinte a\u00f1os, un combate genocida en Darfur atrajo la atenci\u00f3n del mundo. Sin embargo, incluso teniendo en cuenta esos horrorosos par\u00e1metros, el conflicto actual resulta espeluznante. Jartum, una ciudad anta\u00f1o bulliciosa, se encuentra reducida a ruinas. Ambos bandos bombardean a los civiles, reclutan a ni\u00f1os y provocan hambrunas. Las FAR est\u00e1n acusadas de forma veros\u00edmil de violaciones masivas y genocidio.<\/p>\n<p>Las potencias exteriores alimentan los combates. Los Emiratos \u00c1rabes Unidos (EAU), un parque recreativo para sibaritas, suministran balas y drones a los asesinos de las FAR. Ir\u00e1n y Egipto arman a las FAS. Rusia ha jugado a dos bandas y desplegado a los mercenarios de Wagner. Arabia Saud\u00ed, Turqu\u00eda y Qatar tambi\u00e9n compiten por la influencia. Cada uno de esos agentes tiene objetivos muy concretos, desde asegurarse el suministro de alimentos hasta apoderarse del oro. Entre todos, est\u00e1n contribuyendo a convertir un pa\u00eds enorme en un sangriento bazar. La carnicer\u00eda ir\u00e1 a peor. Nuestro an\u00e1lisis de los datos y las im\u00e1genes t\u00e9rmicas de los sat\u00e9lites muestra un pa\u00eds cubierto de incendios. Se han quemado granjas y cultivos. La poblaci\u00f3n se ve obligada a comer hierba y hojas. De continuar la escasez de alimentos, podr\u00edan morir de inanici\u00f3n entre 6 y 10 millones de personas de aqu\u00ed a 2027, seg\u00fan un grupo de reflexi\u00f3n neerland\u00e9s que est\u00e1 modelizando la crisis.<\/p>\n<p>\u00c1frica ha vivido en los \u00faltimos 25 a\u00f1os, en el Congo, otra guerra de un horror comparable. Lo diferente en el caso de Sud\u00e1n es el grado en que el caos se extender\u00e1 m\u00e1s all\u00e1 de su territorio. El pa\u00eds tiene fronteras porosas con siete Estados fr\u00e1giles que representan el 21% de la masa terrestre del continente y que albergan a 280 millones de personas; entre ellos, Chad, Egipto, Etiop\u00eda y Libia. Esos pa\u00edses se enfrentan a unos desestabilizantes flujos de refugiados, armas y mercenarios.<\/p>\n<p>M\u00e1s all\u00e1 de \u00c1frica, se espera en Europa una nueva oleada de refugiados (tras las ocasionadas por las guerras en Siria y Libia) en un momento en que la inmigraci\u00f3n es un asunto incendiario en Francia, Alemania y otros pa\u00edses. En la actualidad, ya es sudan\u00e9s el 60% de quienes se encuentran en los campamentos de Calais, en el lado meridional del canal de la Mancha.<\/p>\n<p>El pa\u00eds podr\u00eda convertirse en refugio de terroristas o proporcionar una plataforma para otros reg\u00edmenes deseosos de sembrar el desorden: Rusia e Ir\u00e1n exigen una base naval en el mar Rojo a cambio de armar a las FAS. Si Sud\u00e1n se sume en un caos permanente o se convierte en un Estado delincuente hostil a Occidente, podr\u00eda alterar aun m\u00e1s el funcionamiento del canal de Suez, por el que circula habitualmente una s\u00e9ptima parte del comercio mundial (sobre todo, entre Europa y Asia). UN paso que ya se enfrenta a interrupciones debidas a los ataques de los rebeldes hut\u00edes en Yemen, que obligan a los buques de carga a dar largos y costosos rodeos por \u00c1frica.<\/p>\n<p>Pese a lo mucho que est\u00e1 en juego, el mundo ha respondido con indiferencia y fatalismo a la guerra de Sud\u00e1n, lo que demuestra hasta qu\u00e9 punto se est\u00e1 normalizando el desorden. Occidente trat\u00f3 de poner fin a la crisis de Darfur en la d\u00e9cada de 2000; pero hoy los funcionarios estadounidenses se encogen de hombros y dicen que est\u00e1n demasiado ocupados con China, Gaza y Ucrania.<\/p>\n<p>La opini\u00f3n p\u00fablica occidental se muestra muda: no ha habido este a\u00f1o muchas banderas sudanesas ondeando en los campamentos de las grandes universidades estadounidenses. El Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas est\u00e1 dividido, su burocracia es demasiado lenta. China tiene poco inter\u00e9s en resolver guerras lejanas. Otros pa\u00edses africanos han perdido las ganas de denunciar atrocidades. Las t\u00edmidas conversaciones de Ginebra para conseguir un alto el fuego no han llegado a ninguna parte.<\/p>\n<p>Sin embargo, es un grave error que el mundo exterior se desentienda de Sud\u00e1n, tanto por razones morales como de inter\u00e9s propio. Y es equivocado pensar que no se puede hacer nada. La indignaci\u00f3n p\u00fablica puede presionar para conseguir una mayor acci\u00f3n por parte de los gobiernos democr\u00e1ticos que se preocupan por las vidas humanas. Y muchos pa\u00edses tienen un incentivo para desescalar y contener los combates. Europa desea limitar los flujos migratorios; Asia necesita un mar Rojo estable.<\/p>\n<p>Limitaci\u00f3n de da\u00f1os<\/p>\n<p>Un enfoque m\u00e1s constructivo deber\u00eda tener dos prioridades. Una es enviar r\u00e1pidamente m\u00e1s ayuda para reducir el n\u00famero de las v\u00edctimas de las hambrunas y las enfermedades. Los camiones cargados de alimentos deben cruzar todas las fronteras posibles. Es necesario que la financiaci\u00f3n p\u00fablica y privada fluya hacia las ONG sudanesas que gestionan las cl\u00ednicas y los comedores creados sobre el terreno. Cabe la posibilidad de enviar v\u00eda m\u00f3vil dinero directamente a quienes padecen hambre para que puedan comprar alimentos donde haya mercados que funcionen.<\/p>\n<p>La otra prioridad es presionar a los c\u00ednicos agentes externos que alimentan el conflicto. Si los se\u00f1ores de la guerra de Sud\u00e1n tuvieran menos armas y menos dinero para comprarlas, habr\u00eda menos matanzas y menos hambrunas inducidas por la guerra. Estados Unidos, Europa y otras potencias responsables deber\u00edan imponer sanciones a cualquier empresa o funcionario p\u00fablico que explote o permita la guerra de Sud\u00e1n, incluidos los de aliados como los EAU. No ser\u00e1 f\u00e1cil recomponer Sud\u00e1n. Tras m\u00e1s de 500 d\u00edas de combates despiadados, los da\u00f1os tardar\u00e1n d\u00e9cadas en repararse. Sin embargo, si el mundo act\u00faa ahora, s\u00ed que ser\u00e1 posible salvar millones de vidas y reducir la posibilidad de unas desastrosas r\u00e9plicas geopol\u00edticas. Durante demasiado tiempo, Sud\u00e1n ha sido la guerra de la que casi todo el mundo ha preferido desentenderse. Ha llegado el momento de prestar atenci\u00f3n.<\/p>\n<p>&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;-<\/p>\n<p>\u00a9 2024 The Economist Newspaper Limited. All rights reserved Traducci\u00f3n: Juan Gabriel L\u00f3pez Guix<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Publicado el 2 de septiembre de 2024 N\u00ba. 2099 Una lucha de poder entre dos generales ha desatado la mayor cat\u00e1strofe humanitaria de la actualidad. En la ciudad de Omdurman, en la orilla del Nilo, han surgido cientos de comedores sociales donde se re\u00fanen muchas personas que hablan de los horrores de la guerra. 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