{"id":43749,"date":"2019-08-05T20:25:38","date_gmt":"2019-08-05T19:25:38","guid":{"rendered":"https:\/\/nabarralde.eus\/?p=43749"},"modified":"2019-08-05T20:25:38","modified_gmt":"2019-08-05T19:25:38","slug":"un-estado-que-da-miedo","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/nabarralde.eus\/es\/un-estado-que-da-miedo\/","title":{"rendered":"Un Estado que da miedo"},"content":{"rendered":"<p>Todos los poderes en la historia se han sustentado en su capacidad de dar miedo y en su capacidad de convencer. Seguramente todos han mezclado de una manera u otra estas dos f\u00f3rmulas, la coacci\u00f3n y la seducci\u00f3n, pero no todos lo han hecho en las mismas proporciones. Maquiavelo ya aconsejaba al Pr\u00edncipe que, si quer\u00eda mantener su poder, era bueno que intentara ser querido por sus s\u00fabditos. Pero si no lo consegu\u00eda, como m\u00ednimo deb\u00eda ser temido. Cuanto m\u00e1s sofisticado es un sistema pol\u00edtico, cuanto m\u00e1s civilizado y m\u00e1s democr\u00e1tico, apuesta m\u00e1s por la convicci\u00f3n y la generaci\u00f3n de consenso que por la amenaza con el uso de la fuerza, de la violencia que reclama en r\u00e9gimen de monopolio. Y se puede decir tambi\u00e9n al rev\u00e9s, cuanto menos interiorizados tiene los valores democr\u00e1ticos, cuanta m\u00e1s tendencia totalitaria o autoritaria, m\u00e1s necesita meter miedo y menos conf\u00eda en convencer. La f\u00f3rmula es dram\u00e1tica, pero no ineficaz. Unamuno distingui\u00f3, ante el franquismo, entre vencer y convencer. Dijo que el r\u00e9gimen vencer\u00eda, pero no convencer\u00eda; es decir, que ganar\u00eda la batalla del miedo pero perder\u00eda la batalla del consenso. Seguramente ten\u00eda toda la raz\u00f3n. Pero el r\u00e9gimen que sali\u00f3 y que aplic\u00f3 esta apuesta dur\u00f3 cuarenta a\u00f1os. Como m\u00ednimo.<\/p>\n<p>El poder tiene muchas maneras de meter miedo. Siempre es su capacidad de utilizar la fuerza. Pero hay algunas condiciones de este uso de la fuerza especialmente temibles. Una es la discrecionalidad: la posibilidad de utilizar esta fuerza sin m\u00e1s explicaciones que las propias necesidades y los propios caprichos. No de una manera razonada y de apariencia equitativa, sino absolutamente contingente e inexplicable. Porque le da la gana. Una segunda es la impunidad: La certeza de que este uso y abuso de la fuerza no ser\u00e1 ni juzgado ni castigado, porque nadie juzga el poder, o en todo caso se juzga y absuelve \u00e9l mismo, en un laberinto hecho a medida de sus intereses. Una tercera es la falta de l\u00edmites: un poder da m\u00e1s miedo cuando se sabe que est\u00e1 dispuesto a todo, que no reconoce l\u00edmite pol\u00edtico ni moral, m\u00e1s all\u00e1 de su propia conveniencia. Y una cuarta -hay habr\u00eda muchas m\u00e1s, seguramente, pero lo detendremos aqu\u00ed- ser\u00eda el silencio, la &#8216;omert\u00e0&#8217;: la capacidad de invisibilizar sus propias acciones, de producir el silencio a su alrededor, y de hacer ver que no pasa lo que pasa.<\/p>\n<p>Seguramente, dec\u00edamos, todos los poderes, desde siempre, conf\u00edan a la vez en su capacidad de dar miedo y en su capacidad de generar consenso, de convencer. Pero dec\u00edamos tambi\u00e9n que no todos los combinan en las mismas proporciones. Y hay, de siempre, y tambi\u00e9n en el Estado moderno, una variante: convencer a unos para asustar a otros. Que asustar a una parte de sus ciudadanos sea precisamente lo que un poder utiliza para legitimarse ante los dem\u00e1s. Un poder a la medida de unos, de los intereses de los unos -ideol\u00f3gicos, de clase, territoriales o todo a la vez-, y que por tanto obtiene todas las bendiciones de parte de estos unos, y que renuncia totalmente a convencer a los dem\u00e1s, sino m\u00e1s bien que opta por meterles miedo, por ser temido entre ellos, sin aspirar ni siquiera a hacer gestos para ser amado, o al menos aceptado.<\/p>\n<p>Se ha dicho muchas veces que el Estado espa\u00f1ol actual -no hablemos ya de sus antecedentes hist\u00f3ricos- ha elegido, ante un n\u00famero muy considerable de sus ciudadanos, ser temido, renunciando a ser apreciado. La unidad del Estado, su poder, han descansado -ante de un n\u00famero considerable de ciudadanos, repartidos por todo el territorio, aunque de manera desigual- en su capacidad de utilizar la fuerza para asustar. La fuerza de la polic\u00eda, los tribunales, de todos los instrumentos coercitivos del Estado, incluso la posibilidad consagrada constitucionalmente de utilizar el ej\u00e9rcito, m\u00e1s que la vocaci\u00f3n de convencer, de generar y ampliar consensos. Ciertamente esto ha hecho que el Estado sea percibido como propio, orgullosamente, por una parte de los ciudadanos. Pero para muchos otros, el Estado da miedo. Maquiavelo dec\u00eda que para mantener el poder es mejor ser amado que ser temido, pero que si no eres querido tienes que buscar ser temido. El Estado espa\u00f1ol ha renunciado, ante muchos de sus ciudadanos, a la primera v\u00eda y est\u00e1 desde hace tiempo s\u00f3lo en la segunda.<\/p>\n<p>En este contexto, la aparici\u00f3n de noticias inquietantes en P\u00fablico sobre los v\u00ednculos del CNI con algunos de los terroristas que hicieron los atentados en Barcelona y Cambrils y la espesa red de silencios tejida alrededor de estas informaciones, ayuda a alimentar esta relaci\u00f3n de miedo con el Estado. Si el Estado da miedo, todo ello cae en el saco del miedo, lo amplifica y lo solidifica. Todo esto quieren decir las noticias que han aparecido. Pero significa tambi\u00e9n -y quiz\u00e1 sobre todo- la indiferencia con la que las ha querido ahogar.<\/p>\n<p>Publicado el 29 de julio de 2019<\/p>\n<p>N\u00fam. 1833<\/p>\n<p>EL TEMPS<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Todos los poderes en la historia se han sustentado en su capacidad de dar miedo y en su capacidad de convencer. 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