{"id":41261,"date":"2018-10-23T18:12:50","date_gmt":"2018-10-23T17:12:50","guid":{"rendered":"https:\/\/nabarralde.eus\/?p=41261"},"modified":"2018-10-23T18:12:50","modified_gmt":"2018-10-23T17:12:50","slug":"la-triste-historia-del-caracol-y-la-gobernadora","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/nabarralde.eus\/es\/la-triste-historia-del-caracol-y-la-gobernadora\/","title":{"rendered":"La triste historia del caracol y la gobernadora"},"content":{"rendered":"<p>Hoy no parece posible ni conocer ni cambiar el mundo, pero tampoco podemos refugiarnos en la virtud (o en la poes\u00eda) sin abandonarlo a su suerte y acelerar su destrucci\u00f3n<\/p>\n<p>Principio del formulario<\/p>\n<p>Partula tuvo un final desdichado. Era un caracol peque\u00f1o y gentil extendido por las islas del Pac\u00edfico central y muy apreciado en Tahit\u00ed: se alimentaba s\u00f3lo de l\u00edquenes y respetaba \u2013y hasta ayudaba a mantener sanos\u2013 los cultivos y los huertos. Era el \u00fanico rey caracol en la regi\u00f3n. Hasta que la glotoner\u00eda de la mujer del gobernador de la isla Reuni\u00f3n introdujo desde Madagascar la Achitina, una especie grande y apetitosa que en pocos a\u00f1os se multiplic\u00f3 por todo el archipi\u00e9lago. Al contrario que la amable Partula, Achitina era un caracol agresivo y voraz, y ello hasta tal punto que a mediados del siglo XX se hab\u00eda convertido en una problema grave para los agricultores de Tahit\u00ed, que demandaron una soluci\u00f3n al representante del gobierno. Tras algunos cuidadosos estudios, se decidi\u00f3 combatir homeop\u00e1ticamente el mal; es decir, introduciendo una tercera especie can\u00edbal, la Euglandina, a la que en 1977 se encomend\u00f3 la tarea de acabar con la plaga de Achitinas. Fue un grave error: la Euglandina desde\u00f1\u00f3 a la Achitina, objeto de la glotoner\u00eda de la gobernadora, y devor\u00f3 en pocos a\u00f1os todos los ejemplares de Partulas de la isla. Hoy no queda ninguno. Su extinci\u00f3n inducida invalid\u00f3 adem\u00e1s el trabajo de cincuenta a\u00f1os del eminente cient\u00edfico Henry Edward Crampton, autor de la m\u00e1s importante, detallada y prometedora monograf\u00eda sobre la especie.<\/p>\n<p>De esta historia \u2013contada por el paleont\u00f3logo Stephen Jay Gould en uno de sus libros\u2013 se pueden extraer tres lecciones.<\/p>\n<p>La primera sobre los peligros de creer que lo que le gusta comer a un gobernador sibarita puede gustar tambi\u00e9n a un caracol gigante.<\/p>\n<p>La segunda sobre la contingencia y la fatalidad del bien: el inocente antojo de comer caracoles puede provocar efectos en cadena completamente imprevisibles y adem\u00e1s irreversibles.<\/p>\n<p>La tercera sobre el error y la benevolencia del mal: una decisi\u00f3n honrada y equivocada puede ser tan devastadora como un terremoto o una tiran\u00eda.<\/p>\n<p>Dejemos de momento esta historia y sus lecciones y atendamos a otra reflexi\u00f3n del citado Jay Gould, esta vez sobre la \u201cnaturaleza humana\u201d. Gould extrapola su teor\u00eda evolucionista sobre el \u201cequilibrio puntuado\u201d a las pautas de la antropolog\u00eda: lo normal en la historia natural es la estasis o estabilidad, aunque lo decisivo es el cambio, que es siempre r\u00e1pido y disruptivo. La especie dura sin variaciones millones de a\u00f1os; la especiaci\u00f3n se produce en unos pocos miles. Ahora bien, si la \u201cnaturaleza\u201d de una especie se define en sus per\u00edodos de estabilidad, la \u201cnaturaleza humana\u201d se expresar\u00e1 tambi\u00e9n m\u00e1s claramente en la duraci\u00f3n social que en los sobresaltos hist\u00f3ricos. \u201cLa historia est\u00e1 hecha de guerra, de codicia, de ansias de poder, de odio y de xenofobia\u201d y por eso \u2013dice Gould\u2013 a menudo tendemos a interpretar que el hombre es \u201cnaturalmente\u201d agresivo y violento. Pero si lo que define la historia es el cambio y lo que define la \u201cnaturaleza\u201d es la estabilidad, entonces la historia se define en contradicci\u00f3n con la naturaleza social del ser humano, compuesta de \u201cmillares de peque\u00f1os e insignificantes actos de amabilidad y consideraci\u00f3n\u201d. Tanto Carlos Fern\u00e1ndez Liria como yo mismo hemos hablado a menudo de esta contradicci\u00f3n entre la \u201ccondici\u00f3n natural\u201d y la \u201ccondici\u00f3n hist\u00f3rica\u201d del hombre, conflicto resuelto en favor de la historia (es decir, contra la sociedad) en virtud de la \u201casimetr\u00eda\u201d eficiente entre la paz y la guerra, entre la bondad y la maldad, entre el amor y el odio. Como escrib\u00eda tras el atentado en Barcelona de agosto de 2017, \u201clo contrario de una bomba\u201d produce s\u00f3lo efectos inconmensurables: no sabemos cu\u00e1ntos edificios sostiene el amor, cu\u00e1ntas muertes ahorra la cortes\u00eda, de cu\u00e1ntas depresiones salva un gesto banal de solidaridad vecinal, cu\u00e1nta malevolencia desarma la belleza. Sabemos medir, en cambio, las heridas de un cuchillo y las ruinas de un bombardeo. \u201cUna paliza racista puede dar al traste con a\u00f1os de paciente educaci\u00f3n en la tolerancia y un asesinato convertir una ciudad amistosa en un nido de terror\u201d, escribe Gould. O como dice un refr\u00e1n popular egipcio: \u201clo que acumula en un a\u00f1o la hormiga lo destruye al pasar la pata de un camello\u201d. La naturaleza humana es una hormiga; la historia humana, opuesta a ella, un camello. La tentaci\u00f3n de la violencia es tambi\u00e9n el mejor argumento en su contra: es demasiado eficaz, demasiado decisiva, demasiado \u201ctransformadora\u201d.<\/p>\n<p>La historia, como historia del cambio r\u00e1pido frente a la estabilidad \u201cnatural\u201d, dep\u00f3sito de mil gestos afables y banales, es la lucha entre la audacia individual, benefactora o destructiva, y el conservadurismo social, donde se enquistan, en forma de costumbres e instituciones, buenas y malas historias. Es, en todo caso, el equilibrio pugnaz entre historia y sociedad, entre condici\u00f3n hist\u00f3rica y condici\u00f3n humana del hombre lo que ha marcado nuestra evoluci\u00f3n como \u00fanica especie \u201ccultural\u201d del reino animal. Este equilibrio y esta pugna \u2013y la \u201cpuntuaci\u00f3n\u201d rapid\u00edsima que hoy la amenaza\u2013 est\u00e1n muy bien descritos por el historiador ingl\u00e9s Eric Hobsbawm en las siguientes l\u00edneas:<\/p>\n<p>\u201cEntre las cuestiones importantes que suscitan estas nuevas perspectivas\u201d, dice, \u201cla que nos lleva a la evoluci\u00f3n hist\u00f3rica del hombre resulta esencial. Se trata del conflicto entre las fuerzas responsables de la transformaci\u00f3n del <em>homo sapiens<\/em>, desde la humanidad del neol\u00edtico hasta la humanidad nuclear, por una parte, y por otra, las fuerzas que mantienen inmutables la reproducci\u00f3n y la estabilidad de las colectividades humanas o de los medios sociales, y que durante la mayor parte de la historia las han contrarrestado eficazmente. Esa cuesti\u00f3n te\u00f3rica es central. El equilibrio de fuerzas se inclina de manera decisiva en una direcci\u00f3n. Y ese desequilibrio, que quiz\u00e1s supera la capacidad de comprensi\u00f3n de los seres humanos, supera por cierto la capacidad de control de las instituciones sociales y pol\u00edticas humanas\u201d.<\/p>\n<p>La aceleraci\u00f3n lamarckiana de la historia, que ha subsumido enteramente la vida social, hace in\u00fatiles nuestros instrumentos evolutivos de comprensi\u00f3n \u2013de tipo binario\u2013 y al mismo tiempo deja fuera de juego a nuestras instituciones \u2013y desde luego el control democr\u00e1tico de los cambios mismos. Pero hay una tercera consecuencia: como no hay ya estabilidad, no hay \u201cnaturaleza humana\u201d y los gestos peque\u00f1os que antes identific\u00e1bamos con ella \u2013la normalidad bondadosa entre vecinos o familiares\u2013 tienen ahora efectos imprevisibles mucho m\u00e1s all\u00e1 de nuestros cuerpos. La gobernadora de Reuni\u00f3n quer\u00eda comer caracoles y destruy\u00f3 Partula y de paso el trabajo de toda la vida de un talentoso cient\u00edfico. Este tipo de \u201clargas distancias\u201d se producen \u2013se produc\u00edan\u2013 por lo general en situaciones de excepci\u00f3n; es decir, en situaciones intensamente hist\u00f3ricas. Las guerras, por ejemplo. Los alemanes que, durante la segunda guerra mundial, se refugiaban en su \u201cnaturaleza humana\u201d -sus peque\u00f1as solidaridades vecinales, objetivamente buenas- cerraban los ojos a los cr\u00edmenes del nazismo y, de esa manera, colaboraban con ellos. Hoy pasa lo mismo, por ejemplo, con el consumo o con la tecnolog\u00eda en un mundo global y desigual. La \u201cnaturaleza humana\u201d y sus peque\u00f1os gestos ha sido no s\u00f3lo engullida sino instrumentalizada por la historia, cuya aceleraci\u00f3n nos ha dejado sin estasis y, por lo tanto, sin \u201cnaturaleza\u201d. En contra de lo que pensaba Jay Gould, all\u00ed donde todos los d\u00edas y todos los minutos forman parte de la historia, la \u201cnaturaleza humana\u201d \u2013bondadosa, solidaria y repetitiva\u2013 tambi\u00e9n hace el mal. Hoy la estabilidad decide a favor de las fuerzas destructivas de la transformaci\u00f3n (de la evoluci\u00f3n lamarckiana de la historia) no menos que la violencia. Los hombres buenos que votan a Salvini, a Trump o a Bolsonaro en defensa de la \u201cnaturaleza humana\u201d generan la misma destrucci\u00f3n e inestabilidad hist\u00f3rica que los radicales que apoyaban a Hitler o Mussolini en defensa de la aventura del ser, la \u201cautenticidad\u201d de la violencia y la gestaci\u00f3n del \u201chombre nuevo\u201d. Todos trabajamos ya -nos guste o no- dentro de la Historia.<\/p>\n<p>De estas reflexiones se desprenden dos conclusiones relacionadas con el arranque del art\u00edculo: con la pobre Partula, la fatalidad del bien y la bondad del mal. La primera tiene que ver con el regreso del \u201cpecado\u201d, como en los primeros tiempos del cristianismo. El cristianismo, de hecho, surgi\u00f3 al mismo tiempo que otras corrientes similares \u2013del neoplatonismo al gnosticismo y el maniqueismo\u2013, todas las cuales recog\u00edan el sentimiento individual de una irredimible culpa c\u00f3smica. Se era culpable comiendo, tocando, pensando, tosiendo: existiendo. Est\u00e1 volviendo a pasar, esta vez bajo la presi\u00f3n de una econom\u00eda epid\u00e9mica conectada y sin fronteras y de unas tecnolog\u00edas que, como escrib\u00eda hace poco, acercan la distancia a la inmediatez m\u00e1s asfixiante mientras encierran al cuerpo, diminuto y antiguo, en un caj\u00f3n estrecho y culpable. Soy responsable de todo; mis gestos m\u00e1s sencillos son pecaminosos: el de hacer la compra, el de comer carne, el de adquirir ropa barata, el de hablar en masculino, el de utilizar el m\u00f3vil. Frente a esa agud\u00edsima conciencia c\u00f3smica impersonal, paralela a la opacidad de nuestra carne, \u00bfno tenemos ya derecho, como las sociedades antiguas, a sobrevivir y olvidar a los muertos, a mirar una flor, a disfrutar de un ron? Cuando prestamos un huevo a un vecino, \u00bfestamos ignorando a los inmigrantes, las v\u00edctimas de las guerras, nuestra contribuci\u00f3n pecaminosa al cambio clim\u00e1tico? Cuando nuestra amada(o) nos parece la m\u00e1s bella (o) de la tierra o nuestro equipo de f\u00fatbol el mejor del mundo, \u00bfestamos ya prevaricando, con efectos materiales mensurables, en contra de la verdad y la justicia? Ya no es el caso Navantia, donde el lazo <em>hist\u00f3rico<\/em> entre supervivencia en un lado del planeta y muerte en el otro se hace acusatoriamente evidente de un vistazo sino los gestos m\u00e1s peque\u00f1os y cotidianos, a los que una militancia neogn\u00f3stica cargada de raz\u00f3n \u2013pues la tiene\u2013 reprocha su car\u00e1cter globalmente destructivo. El ecologismo, el feminismo, la defensa de los DDHH, salvaci\u00f3n del mundo, dejan fuera, como culpables, los deseos de normalidad \u2013el derecho a la normalidad\u2013 de millones de seres humanos que quieren seguir viviendo, igual que sus ancestros, como si no pasara nada.<\/p>\n<p>La otra conclusi\u00f3n tiene que ver, precisamente, con la dificultad para abordar mentalmente esta complejidad hist\u00f3rica \u2013la victoria avasalladora de los vectores de cambio\u2013 as\u00ed como para intervenir desde las cortas distancias, las \u00fanicas que nuestro cuerpo sigue reconociendo y en las que nos refugiamos frente al enredo global, rampante e irreprimible. Sin el cerebro \u2013es de perogrullo\u2013 no podr\u00edamos sostenernos como especie, pero en realidad es contra \u00e9l que hemos alcanzado todos nuestros logros espec\u00edficos, desde los propios de la ciencia \u2013como ya explicaba Gaston Bachelard\u2013 hasta los irrenunciables progresos de la \u00e9tica y el derecho, como sabemos desde Arist\u00f3teles y Plat\u00f3n. Pensar contra el cerebro \u2013contra su paup\u00e9rrima binariedad y su dom\u00e9stica escala antropom\u00e9trica\u2013 es cada vez m\u00e1s dif\u00edcil, de tal manera que nuestra m\u00e1quinas acaban pensando por nosotros. Al mismo tiempo, obrar contra la culpa c\u00f3smica es casi imposible. No es extra\u00f1o que, si la ecolog\u00eda, el feminismo y la izquierda en general \u201cculpabilizan\u201d los deseos de normalidad -se\u00f1alan la \u201cnaturaleza humana\u201d como responsable <em>hist\u00f3rica<\/em> del inminente apocalipsis- la gente sin fuerzas, llevada de su propia humanidad y de su propio cerebro, acabe negando esa relaci\u00f3n, defendiendo las distancias cortas y votando a cualquiera que siga tratando la \u201cnaturaleza humana\u201d como discernible a\u00fan de la historia y autorizando la ejecuci\u00f3n sin pecado de los gestos peque\u00f1os asociados a la estabilidad \u201cmoral\u201d de la especie. Eso es lo que hizo -por cierto- el Dios de la Iglesia en el siglo IV, una vez se acept\u00f3 la morosidad del fin de los tiempos y se depuraron los excesos \u201cher\u00e9ticos\u201d de sensibilidad c\u00f3smica: perdonar los pecados peque\u00f1os. Por eso creo que no puede llamarse fascismo al nuevo destropopulismo, aunque sus causas y sus efectos se parezcan: porque no es ninguna ideolog\u00eda; es una in\u00fatil y peligrosa resistencia antropol\u00f3gica frente a los muy eficaces y muy peligrosos vectores de cambio \u2013\u201cinhumanos\u201d y sin ning\u00fan contrapunto equilibrante\u2013 que han acabado por fundir historia, capitalismo y tecnolog\u00eda en un solo caudal fuera de control (incluso para los propios capitalistas y \u00a0los propios prometeos tecnol\u00f3gicos de Silicon Valley).<\/p>\n<p>Hoy no parece posible ni conocer ni cambiar el mundo, pero tampoco podemos refugiarnos en la virtud (o en la poes\u00eda) sin abandonarlo a su suerte y acelerar su destrucci\u00f3n \u2013o al menos complicar las lesiones. \u00bfQu\u00e9 hacer entonces? Nunca como ahora se ha podido hacer tanto da\u00f1o global en las distancias cortas, incluso a trav\u00e9s del bien, pero es el \u00fanico espacio donde se puede intervenir y, por eso mismo, el que no tenga una pol\u00edtica para las cocinas y los bares \u2013con todos los riesgos que ello acarrea\u2013 quedar\u00e1 fuera de la circulaci\u00f3n. Ahora bien, el que no cultive una conciencia l\u00facida, realista y \u00e9tica de las distancias largas y de sus abismos civilizacionales s\u00f3lo podr\u00e1 hacer da\u00f1o en las distancias cortas. Habr\u00e1 que unirse por dignidad, pues, al partido m\u00e1s radical; es decir, al menos radical, al m\u00e1s alejado de los dos extremos extremistas dominantes: el de los enunciadores de principios abstractos y el de los destructores de v\u00ednculos concretos. Habr\u00e1 que unirse al partido de los parcheadores y remendones, el de los que frenan un desahucio, apoyan unos presupuestos decentes, dan de comer al hambriento y tiritas al llagado, sin hacerse ilusiones acerca de la Nueva Venida de Cristo ni renunciar, sin embargo, a la comuni\u00f3n universal de los heridos. Si entre decir las cosas y no decirlas hay todav\u00eda alguna diferencia, ya est\u00e1 dicho. Si no hay ninguna diferencia \u2013pues la postverdad manda en los cuerpos\u2013 este texto se destruir\u00e1 a s\u00ed mismo por un banal e impotente exceso de raz\u00f3n.<\/p>\n<p>Final del formulario<\/p>\n<p><a href=\"https:\/\/ctxt.es\/es\/20181017\/Firmas\/22345\/caracol-partula-fatalidad-bondad-del-mal-silicon-valley-gaston-bachelard.htm\">https:\/\/ctxt.es\/es\/20181017\/Firmas\/22345\/caracol-partula-fatalidad-bondad-del-mal-silicon-valley-gaston-bachelard.htm<\/a><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Hoy no parece posible ni conocer ni cambiar el mundo, pero tampoco podemos refugiarnos en la virtud (o en la poes\u00eda) sin abandonarlo a su suerte y acelerar su destrucci\u00f3n Principio del formulario Partula tuvo un final desdichado. 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