{"id":37113,"date":"2017-07-17T08:46:27","date_gmt":"2017-07-17T06:46:27","guid":{"rendered":"https:\/\/nabarralde.eus\/filosofia-del-verano\/"},"modified":"2017-07-17T08:46:27","modified_gmt":"2017-07-17T06:46:27","slug":"filosofia-del-verano","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/nabarralde.eus\/es\/filosofia-del-verano\/","title":{"rendered":"Filosof\u00eda del verano"},"content":{"rendered":"<p> <\/p>\n<p>Esperando a Godot es una de las piezas dram\u00e1ticas m\u00e1s importantes del siglo XX. Su poder de seducci\u00f3n se encuentra en la magn\u00edfica descripci\u00f3n que su autor, Samuel Beckett, realiza de la condici\u00f3n humana. Beckett no es s\u00f3lo un escritor, tambi\u00e9n es un gran pensador. Su literatura es una filosof\u00eda literaria. En Esperando a Godot, se expresa con maestr\u00eda la condici\u00f3n deseante de los humanos. Y sobre esta cuesti\u00f3n vamos a reflexionar en lo que sigue. No se tratar\u00e1 de pensar en el verano, sino de pensar el verano. \u00bfC\u00f3mo hacerlo? La respuesta es desde el tiempo, porque el verano es un modo de ser del tiempo humano, un trozo de tiempo, una organizaci\u00f3n del tiempo con la que cada a\u00f1o nos encontramos. El verano es un tiempo de espera, porque es en este tiempo que esa condici\u00f3n deseante se palpa de forma m\u00e1s intensa. El verano es el tiempo que antropol\u00f3gicamente est\u00e1 dedicado a cumplir una espera, a culminar una espera.<\/p>\n<p>1. El verano y el deseo<\/p>\n<p>Si hay humanidad \u2013y por supuesto tambi\u00e9n inhumanidad\u2013 hay tambi\u00e9n tiempo y espacio. Los seres humanos somos cuerpos en contextos, en situaciones, en relaciones, en narraciones. La espacio-temporalidad es estructural a la vida humana. Esto significa que existir es hab\u00e9rselas con un espacio y con un tiempo concretos, hist\u00f3ricos, biogr\u00e1ficos; existir consiste en organizar y desorganizar ese tiempo y ese espacio, es dividirlo y clasificarlo. De estas clasificaciones resulta, a veces, lo mejor, aunque, en ocasiones, pueda surgir todo lo contrario, porque, para decirlo con Jorge Luis Borges, cualquier instante puede ser el cr\u00e1ter del infierno o el agua del para\u00edso. En cualquier caso lo importante aqu\u00ed es darse cuenta de que nadie crea estas clasificaciones a voluntad. Son heredadas. Heredamos una organizaci\u00f3n del mundo, una organizaci\u00f3n del espacio y del tiempo. Es la herencia gramatical (compuesta por signos, s\u00edmbolos, gestos y normas) que todo ser humano recibe al venir al mundo. Un ser finito, precisamente porque es finito, no podr\u00eda sobrevivir en un mundo sin marcos, sin clasificaciones. Ning\u00fan ser finito podr\u00eda habitar un mundo que no est\u00e9 estructurado gramaticalmente.<\/p>\n<p>En esta l\u00ednea puede decirse que un mundo humano necesita, para poder ser habitado saludablemente, ser cortado. Algo as\u00ed significa que lo habitual, lo cotidiano, tiene que ser, en determinados momentos, transformado en algo distinto, en algo otro, esto es, en algo no habitual. Es verdad que el ser humano no puede vivir sin rutinas, sin h\u00e1bitos, sin costumbre. En una palabra: sin repetici\u00f3n, pero, al mismo tiempo, tampoco puede habitar su mundo sin la ruptura de sus rutinas. S\u00f3lo con la rutina el tiempo se vuelve opresivo, y la vida puede llegar a ser asfixiante. Por eso, si no hay transformaci\u00f3n del tiempo y del espacio, si el tiempo y el espacio son siempre id\u00e9nticos, si no hay cambio, la existencia se vuelve insoportable porque irrumpe una de las amenazas m\u00e1s importantes de la existencia: el aburrimiento. Es cierto que el corte, el cambio, la transformaci\u00f3n, no nos asegura superar el aburrimiento, pero lo que sabemos con certeza es que sin esas transformaciones el riesgo de aburrirnos es alt\u00edsimo. M\u00e1s adelante volveremos sobre esta cuesti\u00f3n.<\/p>\n<p>Uno de los modos que los humanos tenemos (al menos en el mundo occidental) de organizaci\u00f3n, o planificaci\u00f3n, del tiempo es el de trabajo\/ocio, o mejor todav\u00eda, la diferencia entre un tiempo de obligaci\u00f3n y un tiempo abierto. La mayor parte de la vida (que marca el calendario) la pasamos viviendo en un tiempo de obligaciones, que corresponde no solamente al trabajo, sino tambi\u00e9n a las atenciones sociales. En este tiempo debemos trabajar, pero tambi\u00e9n tenemos otras obligaciones, no menos importantes, como por ejemplo atender a otros. Esta atenci\u00f3n es de orden social y moral. Tenemos que asistir a comidas familiares, comuniones, cumplea\u00f1os, bodas, entierros, etc\u00e9tera.<\/p>\n<p>Ahora bien, existe otro tiempo, otra espacio-temporalidad, que compensa la obligaci\u00f3n. Se suele llamar tiempo libre, pero la li\u00adbertad es algo filos\u00f3ficamente demasiado complejo e importante como para usarla en este contexto. Por eso en lugar de tiempo libre, pre\u00adfiero referirme a este momento del tiempo-espacio humano como un tiempo abierto, es decir, como un tiempo no estructurado por el deber, sino solamente por el deseo. El verano se inscribe en esta se\u00adgunda estructura espacio-tem\u00adporal. \u00bfPor qu\u00e9 esperamos el verano? Sencillamente porque sabemos que ser\u00e1 aquel momento del a\u00f1o en el que \u2013supuestamente\u2013 vamos a sus\u00adpender el deber y va a irrumpir el deseo. Uno podr\u00e1 ocupar el tiempo estival en lo que desea y no en lo que debe. Es verdad que muchas veces el deber es tan poderoso que coloniza el deseo, pero en tal caso el verano deja de ser verano.<\/p>\n<p>2. El verano, tiempo abierto<\/p>\n<p>El verano es un tiempo abierto, aunque no absolutamente abierto, porque en los seres humanos no hay nada absoluto. Como advirti\u00f3 Nietzsche, no hay hechos sino s\u00f3lo interpretaciones. Esto no significa una especie de s\u00e1lvese quien pueda, como muchas veces se piensa, sino que todo, en un universo humano, es en perspectiva, en situaci\u00f3n, en relaci\u00f3n. Hay prejuicios sociales, culturales, epocales, que limitan, a veces de manera opre\u00adsiva, la apertura de este tiempo \u00adestival.<\/p>\n<p>Es verdad que vivimos en un tiempo calificado de incierto \u2013o de l\u00edquido, como lo calific\u00f3 con acierto Zygmunt Bauman\u2013, pero a menudo esta incertidumbre no se soporta, y aparecen nuevos imperativos, nuevos deberes sociales que no son percibidos como tales y que funcionan al modo de cierre de las aperturas propias de la condici\u00f3n humana. Pero veamos alg\u00fan ejemplo. Concretamente vamos a considerar tres aspectos que surgen en verano y que asedian la vida cotidiana. No significa esto, claro est\u00e1, que todo ser humano lo viva, ni mucho menos que lo viva en toda cultura, pero s\u00ed al menos en el mundo occidental a principios del siglo XXI, en un universo sobreacelerado, un universo en el que los espacios se han vuelto an\u00f3nimos, como constat\u00f3 el antrop\u00f3logo franc\u00e9s Marc Aug\u00e9.<\/p>\n<p>El primero ser\u00e1 el del viaje, el segundo la lectura, y el tercero, el m\u00e1s inquietante, el aburrimiento. Verano, pues, como un tiempo distinto, como un tiempo esperado, pero que, aunque parezca que es un tiempo libre, un tiempo de creaci\u00f3n, se convierte para muchos en un tiempo tambi\u00e9n organizado, en un tiempo problem\u00e1tico, en un tiempo incierto. Esto sucede porque la humanidad de los humanos no puede eludir ni la incertidumbre ni la ambig\u00fcedad.<\/p>\n<p>3. El verano y el viaje<\/p>\n<p>Nadie se atreve a sostener en una reuni\u00f3n que no le gusta viajar. El viaje se ha convertido en un im\u00adperativo social, y una de las preguntas que surgen cuando el calendario indica que se acerca el tiempo estival es \u201c\u00bfd\u00f3nde vas este verano?\u201d. Parece como si en este tiempo uno tenga que ir a alg\u00fan sitio, y si es un lugar ex\u00f3tico mucho mejor. Una reflexi\u00f3n sobre el verano tendr\u00eda, pues, que ser tambi\u00e9n una \u00adreflexi\u00f3n sobre el viaje, sobre las formas y modos que tenemos de viajar.<\/p>\n<p>Al final de uno de sus libros m\u00e1s relevantes \u2013Emilio, o de la educaci\u00f3n\u2013, Jean-Jacques Rousseau habla de los viajes. Para el fil\u00f3sofo ginebrino, la lectura no basta para una buena educaci\u00f3n. Es necesario tambi\u00e9n leer el gran libro del mundo. Pero, como dice Rousseau, \u201chay que saber viajar\u201d. Muchas personas creen que viajan, pero, en realidad, no lo hacen, y, por eso, a estas personas los viajes les forman todav\u00eda menos que los libros. Pero, en tal caso, \u00bfqu\u00e9 es un viaje? \u00bfQu\u00e9 significa viajar? \u00bfHay alguna caracter\u00edstica que posea el viaje que no pueda ponerse entre par\u00e9ntesis?<\/p>\n<p>El verdadero viaje siempre sorprende. Si a uno no le sorprende, no le altera de alg\u00fan modo lo que ve, es que no est\u00e1 realmente viajando, es que no ha salido de casa. Si al viajar nos llevamos la casa a cuestas, como una especie de caracol, entonces el viaje se convierte en un puro traslado, en el que no acontece ninguna experiencia, porque nada altera la cotidianidad, y la rutina se impone de nuevo. Por eso, a menudo los viajes estivales se convierten en un ver lo que hay que ver. Pero \u00bfacaso ese ver lo que hay que ver no es tambi\u00e9n una forma de no ver nada, o de ver solamente lo que dice la gu\u00eda de viajes?<\/p>\n<p>Es evidente que uno puede viajar como le plazca. No pretendo de ninguna de las maneras prescribir una forma de viajar. Lo que se plantea es otra historia, se plantea una especie de fenomenolog\u00eda del viaje. La cuesti\u00f3n ser\u00eda la siguiente: si uno no vuelve a casa transformado \u00bfpodr\u00eda decirse en sentido estricto que ha viajado? \u00bfCu\u00e1ntos viajes realizamos de tal modo que al regresar uno ya es otro? \u00bfO bien ese viaje para lo \u00fanico que ha servido es para llenar un tiempo de ocio, un tiempo que se ha llenado sin salir de casa aunque nos hayamos trasladado a la otra punta del planeta? En un viaje organizado, programado, uno ve, ciertamente, pero es probable que no vea otra cosa que lo que tiene que ver, que lo que alguien ha establecido que vea. Incluso las sorpresas ya est\u00e1n programadas. Es algo as\u00ed como aquellas series de televisi\u00f3n en las que se oyen risas en off de distinta intensidad, que le indican a uno cuando tiene que re\u00edrse.<\/p>\n<p>Una experiencia del viaje como la que se describe aqu\u00ed, un viaje transformador, se parece a la experiencia del leer. Porque no me parece descabellado sostener que, en general, leer y viajar son las dos actividades que uno se propone en verano. Pero mientras que la primera es socialmente obligada, la segunda est\u00e1, cada vez m\u00e1s, reducida a unos pocos.<\/p>\n<p>4. El verano y la lectura<\/p>\n<p>Mi primer recuerdo veraniego es una playa con un libro. Las aventuras de Los Cinco y de Los Siete Secretos me acompa\u00f1aron durante ese tiempo que empezaba a finales de junio y no terminaba hasta septiembre. Dos largos meses para ba\u00f1arme en el mar y leer. Esa lectura era un aut\u00e9ntico viaje. Y esa es una buena met\u00e1fora del leer: la aventura. No hay viaje sin aventura, no hay lectura sin aventura, no hay verano sin aventura, no hay formaci\u00f3n sin aventura. En este sentido merece la pena recordar algo que escribi\u00f3 hace muchos a\u00f1os Elias Canetti en su libro de apuntes titulado La provincia del hombre: \u201cEl aprender debe seguir siendo una aventura, de lo contrario habr\u00e1 nacido muerto. Lo que aprendas en el momento deber\u00e1 depender de encuentros casuales y deber\u00e1 continuar as\u00ed, de encuentro en encuentro, un aprendizaje en metamorfosis, un aprendizaje en el placer.\u201d<\/p>\n<p>La lectura del verano tiene que empezar con la elecci\u00f3n de un libro. Ciertamente hoy en d\u00eda hay dispositivos electr\u00f3nicos que permiten no elegir. Pero una experiencia de lectura comienza con una elecci\u00f3n, con un viaje a la librer\u00eda, con un sumergirse en un aroma, en un espacio, en una isla\u2026 La elecci\u00f3n de un buen libro comienza con un perderse en una librer\u00eda. Dice Walter Benjamin en un libro maravilloso, Infancia en Berl\u00edn hacia 1900, que importa poco no saber orientarse en una ciudad. Perderse, en cambio, en una ciudad, como quien se pierde en un bosque, requiere aprendizaje. Una buena lectura, como un buen viaje, como una buena formaci\u00f3n, tienen que vivir una situaci\u00f3n de p\u00e9rdida, de desorientaci\u00f3n. No hay lectura interesante si uno simplemente se reconoce en lo que lee, si el libro le reafirma en sus convicciones. La buena lectura abre muchos m\u00e1s interrogantes y dudas.<\/p>\n<p>\u00bfPor qu\u00e9 escogemos un libro? Quiz\u00e1 no lo sabremos nunca. Uno viaja por la librer\u00eda y, de repente, algo llama su atenci\u00f3n. Es posible que sea la forma, la materialidad del objeto, pero inmediatamente lo abrimos y leemos, por ejemplo, la primera frase. Siempre he pensado que, salvo algunas notables excepciones, todo gran libro tiene una gran primera frase. El ejemplo m\u00e1s evidente es el Quijote, pero recordemos En busca del tiempo perdido, La metamorfosis, Cien a\u00f1os de soledad , y tantos otros. \u00bfC\u00f3mo resistirse a seguir leyendo, c\u00f3mo negarse a entrar en ese universo \u00fanico e irrepetible despu\u00e9s de un impresionante inicio?<\/p>\n<p>Leer en verano puede ser leer para pasar el tiempo, leer para descansar, para desconectar. Pero tambi\u00e9n puede ser leer para vivir, leer para no saber, leer para nada, porque la lectura tambi\u00e9n es eso, algo que se hace simplemente porque se hace, sin proyecto ni finalidad alguna. A menudo tengo la sensaci\u00f3n de que, en c\u00edrculos acad\u00e9micos, ya no se lee, s\u00f3lo se busca informaci\u00f3n, y buscar informaci\u00f3n no es leer. Michel Foucault reclamaba al final de la introducci\u00f3n de La arqueolog\u00eda del saber que le dejasen en paz cuando se trata de escribir. Algo muy parecido podr\u00eda decirse de la lectura: que nos dejen en paz cuando se trata de leer.<\/p>\n<p>5. El verano y el aburrimiento<\/p>\n<p>El ser humano es un ser que se aburre, que puede aburrirse, y el verano tambi\u00e9n es (o puede ser) un tiempo de aburrimiento. Algunos fil\u00f3sofos se han ocupado de esta cuesti\u00f3n. Pero \u00bfqu\u00e9 es aburrirse y por qu\u00e9 a veces tenemos la sensaci\u00f3n de que el verano es un tiempo propicio en el que muchos hemos vivido, y todav\u00eda vivimos, esta experiencia antropol\u00f3gica fundamental?<\/p>\n<p>El aburrimiento muestra una relaci\u00f3n antropol\u00f3gica fundamental con el tiempo. Es un sentimiento del tiempo, una vivencia del tiempo, una vivencia de un tiempo largo, un tiempo que no pasa al ritmo que consideramos tendr\u00eda que pasar para que la vida fuera interesante. Por eso, como dir\u00eda Heidegger, nos esforzamos para superar el aburrimiento encontrando ocupaciones importantes que nos llenen el tiempo.<\/p>\n<p>El verano es un cambio de tiempo, pero un cambio que no est\u00e1, al menos en un principio, ya dado. Nadie nos dice qu\u00e9 debemos hacer en verano, porque el verano no es el tiempo del deber sino del deseo. De ah\u00ed que el aburrimiento sea el gran peligro que nos invade. En el verano el tiempo puede abrirse ante los ojos como un campo desierto en el que cada uno de nosotros no puede sino inventar un quehacer. \u00bfEl aburrimiento provoca angustia?<\/p>\n<p>El fil\u00f3sofo Vladimir Jank\u00e9l\u00e9vitch, en su libro La aventura, el aburrimiento, lo serio, responde a esta pregunta negativamente. Seg\u00fan \u00e9l, no solo nos aburrimos cuando nos faltan aventuras y peligros, tambi\u00e9n podemos aburrirnos por falta de angustia. Un futuro sin riesgo ni azar, sin aventura, una vida cotidiana exenta de tensi\u00f3n, son tambi\u00e9n causas de aburrimiento. Y es precisamente ah\u00ed el lugar en el que el verano puede surgir no como un tiempo de goce, sino como un tiempo esperado que se convierte en un tiempo aburrido.<\/p>\n<p>Ahora bien, este es el precio a pagar por ser humanos, porque s\u00f3lo un ser que existe \u2013y no solamente que es\u2013 puede aburrirse. Ni las \u00adcosas, ni las plantas, se aburren. El tedio es el resultado, seg\u00fan Jan\u00adk\u00e9l\u00e9vitch, de nuestro car\u00e1cter semiangelical. Tambi\u00e9n podr\u00edamos decirlo con Nietzsche: somos seres no fijados. Y algo as\u00ed significa, entre otras cosas, que no tenemos m\u00e1s remedio que inventar y que crear, que inventarnos y que crearnos. El aburrimiento es un signo \u2013a veces dram\u00e1tico, es verdad\u2013 de existencia. Si hay verano, en cualquier caso, hay ambig\u00fcedad y riesgo. Pero es un riesgo al que pocos estar\u00edan dispuestos a renunciar.<\/p>\n<p>Joan-Carles M\u00e8lich es fil\u00f3sofo; profesor de Filosof\u00eda de la Educaci\u00f3n en la UAB. Su \u00faltimo libro publicado es \u2018La prosa de la vida. Fragmentos filos\u00f3ficos II\u2019 (Fragmenta)<\/p>\n<p>LA VANGUARDIA<\/p>\n<p>\u00a0<\/p>\n<p>\u00a0<\/p>\n<p>\u00a0<\/p>\n<p>\u00a0<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Esperando a Godot es una de las piezas dram\u00e1ticas m\u00e1s importantes del siglo XX. Su poder de seducci\u00f3n se encuentra en la magn\u00edfica descripci\u00f3n que su autor, Samuel Beckett, realiza de la condici\u00f3n humana. Beckett no es s\u00f3lo un escritor, tambi\u00e9n es un gran pensador. Su literatura es una filosof\u00eda literaria. 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