{"id":33176,"date":"2015-08-27T10:38:21","date_gmt":"2015-08-27T08:38:21","guid":{"rendered":"https:\/\/nabarralde.eus\/cuento-con-cuatro-cientificos-y-una-indita\/"},"modified":"2015-08-27T10:38:21","modified_gmt":"2015-08-27T08:38:21","slug":"cuento-con-cuatro-cientificos-y-una-indita","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/nabarralde.eus\/es\/cuento-con-cuatro-cientificos-y-una-indita\/","title":{"rendered":"Cuento con cuatro cient\u00edficos y una indita"},"content":{"rendered":"\n<div>\n<p style=\"text-align: justify;\">El 25 de septiembre de 1896, en un lugar llamado Sandoa del Potrero de Iter\u00eda, Paraguay, el robo y carneada de un caballo desata una venganza. Sus due\u00f1os buscan en el espesor de la selva a los supuestos culpables: un grupo de indios ach\u00e9 que los cient\u00edficos positivistas llamaron guayaqu\u00edes. Pero la selva, que no deja de crecer, suele tapar las huellas, interrumpirlas o dispersarlas aun ante el ojo de un h\u00e1bil rastreador. El humo en tal territorio suele ser una se\u00f1al para el encuentro o una delaci\u00f3n. En este caso delataron. Era el d\u00eda siguiente. Los colonos robados, tras avanzar bajo una leve llovizna cuyo ruido ocultaba el de sus pasos, sorprendieron a los indios alrededor de un fog\u00f3n, protegidos bajo las hojas de un timb\u00f3. Les dispararon dando muerte a tres. Pocos meses despu\u00e9s los antrop\u00f3logos Ten Kate y De La Hitte fueron al lugar y recogieron el cad\u00e1ver de una india vieja que se llevaron con fines de investigaci\u00f3n. Los colonos, al parecer luego del c\u00e1lculo caprichoso un caballo=una ni\u00f1a ten\u00edan en su poder a una ach\u00e9 de tres o cuatro a\u00f1os secuestrada durante la matanza y a quien los antrop\u00f3logos describieron luego, en su informe, como triste y enferma. A ese bot\u00edn de guerra lo entregar\u00edan en la localidad de San Vicente al doctor Alejandro Korn, director del Hospital Melchor Romero, no para que la cure, sino para que \u00e9sta que sea su sirvienta. En casa de los Korn cumplir\u00e1 catorce a\u00f1os. Entonces apareci\u00f3 un cuarto cient\u00edfico, el doctor R. Lehmann-Nitsche, que la estudiar\u00e1 y le tomar\u00e1 fotograf\u00edas, una de ellas desnuda. El ser\u00e1 quien relate en un art\u00edculo titulado Relevamiento antropol\u00f3gico de una india guayaqui la vida breve de esa ni\u00f1a llamada Damiana, porque el d\u00eda de la matanza de los suyos correspond\u00eda, en el santoral cristiano, al de San Cosme y San Dami\u00e1n.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Lehmann-Nitsche con una pluma cercana a la de la generaci\u00f3n de escritores del ochenta que novelaron la supuesta insaciabilidad femenina (Eugenio Cambaceres, Lucio V. L\u00f3pez, Antonio Argerich) cuenta c\u00f3mo Damiana, al llegar a la adolescencia, sufri\u00f3 un cambio abrupto y \u201cla libido sexual se manifest\u00f3 de una manera tan alarmante que toda la educaci\u00f3n y todo amonestamiento por parte de la familia result\u00f3 ineficaz\u201d (&#8230;). \u201cAusent\u00e1base la india de la casa con frecuencia, a veces hasta tres d\u00edas, en compa\u00f1\u00eda de un gal\u00e1n y lleg\u00f3 a envenenar a un perro que cuidaba la habitaci\u00f3n para hacer entrar al hombre.\u201d El doctor Lehmann-Nitsche parece ceder ante el mito denunciado por Susan Sontag: la asociaci\u00f3n entre tuberculosis y aumento del deseo er\u00f3tico \u2013Damiana muri\u00f3 de esa enfermedad en 1907\u2013; entonces estaba internada, por orden de su director y ex patr\u00f3n, Alejandro Korn, en el hospital psiqui\u00e1trico Melchor Romero.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Luego de su muerte, su cabeza fue enviada al Hospital Charit\u00e9 de Berl\u00edn y restituida en 2012, el resto de sus huesos quedaron olvidados en un rinc\u00f3n del Museo Antropol\u00f3gico de La Plata hasta que fueron descubiertos en 2007 y restituidos en 2010.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">La ley 25.517 por la que las comunidades ind\u00edgenas pueden reclamar los restos de los suyos que permanezcan en museos, colecciones p\u00fablicas y privadas permiti\u00f3 reconstruir el esqueleto de Damiana para devolverla a su pueblo en donde fue enterrada, llorada, vuelta a llamar Kryygi.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Damiana Kryygi, de Alejandro Fern\u00e1ndez Mouj\u00e1n, es la historia de una restituci\u00f3n, su documento. Pero para el director eso era menos importante que encontrar el lenguaje para hacerlo.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Fern\u00e1ndez Mouj\u00e1n, si bien elige el recurso tradicional de asumir el papel del personaje investigador (personaje si se quiere de \u00e9pica blanda ya que, muertas las v\u00edctimas y los victimarios, desea y acompa\u00f1a una verdad m\u00e1s all\u00e1 de la jur\u00eddica), lo hace con una performance casi lac\u00f3nica; su voz en off no es la de quien media entre el testimonio y las evidencias como una suerte de traductor esclarecido y sentencioso \u2013sus preguntas suelen ser meramente inductivas, sus hip\u00f3tesis una deducci\u00f3n respetuosa luego de una escucha atenta\u2013, mucho menos es la de un aventurero sometido a los rigores de la naturaleza y a los portazos de las instituciones y se vanagloria de su roce con la experiencia: s\u00f3lo un constante pero tenue temblor a la manera de una letan\u00eda transmite al espectador la conmoci\u00f3n de los acontecimientos.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\u00a0<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><strong>Alicia sin espejo<\/strong><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">La primera foto de Kryygi es inmediata a su captura y ha sido tomada por el doctor Ten Kate. Su cabello es corto y su mirada trist\u00edsima. Le han puesto en la mano una peque\u00f1a pelota, tal vez porque la c\u00e1mara positivista suele conservar la escenograf\u00eda y la utiler\u00eda de la infancia \u2013hasta el Petiso Orejudo fue fotografiado contra un cielo de cart\u00f3n con nubes cual ovejitas\u2013 o era preciso detener el llanto de una cautiva de tres a\u00f1os que acababa de ser separada de su madre. Debajo no hay un ep\u00edgrafe como esos con que el reverendo y fot\u00f3grafo Lewis Carroll pon\u00eda al pie de las fotos de su ni\u00f1as amadas y desechadas al crecer seg\u00fan sus propias y desilusionadas cartas y donde pod\u00eda leerse el nombre de Beatriz Henley, de Alexandra Kitchin y m\u00e1s frecuentemente el de Alice Liddell; ni\u00f1as disfrazadas o semidesnudas en cuyo rostro se lee el fastidio \u2013ese sentimiento burgu\u00e9s\u2013, mientras que en el de Kryygi s\u00f3lo el terror y la pena. Su cabello casi al rape que cita el corte del orfanato parece una proclama de su condici\u00f3n entre los blancos, su breve bata blanca, una profec\u00eda de su internaci\u00f3n en el Melchor Romero y ese trozo de piel desnuda que, difusa por el revelado, se parece a un corbat\u00edn, despoja en la imagen, su g\u00e9nero: claro, para esa c\u00e1mara es un esp\u00e9cimen.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Esa ni\u00f1a podr\u00eda ser nuestra Alicia tr\u00e1gica que, al rev\u00e9s de la otra, al crecer no fue rechazada por su fot\u00f3grafo sino que, recostada desnuda contra un muro del Melchor Romero, fue obligada a posar como ejemplar humano de una tribu curiosa en nombre del inter\u00e9s cient\u00edfico (con cierta suspicacia habr\u00eda que consignar que Lehmann-Nitsche fue un apasionado estudioso y coleccionista de las expresiones populares criollas \u2013canciones, dichos y adivinanzas que recopilaba con rigor\u2013) y que, bajo el seud\u00f3nimo de V\u00edctor Borde public\u00f3 en Leipzig un libro titulado Textos er\u00f3ticos del R\u00edo de la Plata.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\u00a0<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><strong>Con el enemigo, ni las figuritas<\/strong><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">A principio del gobierno de Ra\u00fal Alfons\u00edn, la proliferaci\u00f3n compulsiva, acr\u00edtica y sensacionalista de los relatos sobre las experiencias vividas por los prisioneros en los campos de concentraci\u00f3n argentinos difundidos por la prensa amarilla convert\u00eda la tortura en pornograf\u00eda. La oferta period\u00edstica consegu\u00eda insensibilizar hasta la indiferencia a trav\u00e9s de la repetici\u00f3n incesante (el marqu\u00e9s de Sade utilizaba el mismo anest\u00e9sico) de vej\u00e1menes que inclu\u00edan, seg\u00fan la ley de qui\u00e9n da m\u00e1s, el di\u00e1logo entre torturadores y torturados en una especie de cotidianidad cordial y el flagelo del feto en el vientre de su madre.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">En la ant\u00edpodas de este marcado del testimonio, y es \u00e9ste quiz\u00e1 su mayor valor, Albertina Carri, en su pel\u00edcula Los rubios, un documental ficci\u00f3n sobre sus padres, el soci\u00f3logo Roberto Carri y la licenciada en Letras Ana Mar\u00eda Caruso (Legajos N\u00ba 1761 y 1771), desaparecidos el 24 de febrero de 1977, se dedica sin dejar fuera el testimonio, a investigar sobre los modos en que se representaba la desaparici\u00f3n, algo absolutamente novedoso y audaz en un momento en que proliferaba la est\u00e9tica de las \u201ccabezas parlantes\u201d y los primeros planos sobre testigos que hac\u00edan relatos desgarradores. Inspirada en el cine de vanguardia y lejos del realismo extorsivo, Carri despeg\u00f3 el testimonio de la autoexpresi\u00f3n al hacerse representar en el film por la actriz Anal\u00eda Couceyro y trabaj\u00f3 el testimonio a trav\u00e9s de mediaciones como la pantalla de una computadora (el de Lila Pastoriza) o de relatos que explicaban por qu\u00e9 qued\u00f3 afuera el de una sobreviviente (Paula L.) o el de un sobrino que habr\u00eda dicho que cuando fuera grande iba a matar a los asesinos de sus abuelos, pero sin incluirlos.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">El destape a trav\u00e9s del subg\u00e9nero show del horror, sin deliberaci\u00f3n pol\u00edtica y sin la estrategia de la Justicia, aunque s\u00ed con la coartada de la denuncia, dej\u00f3 legados siempre en acci\u00f3n, a menudo de apariencias m\u00e1s sutiles y por eso m\u00e1s arteros: muy recientemente el crimen de Angeles Rawson se comunic\u00f3 como un thriller (bastante estirado aun en los per\u00edodos en que no hab\u00eda novedades en el caso) la repetici\u00f3n hipn\u00f3tica de detalles sobre su vida a trav\u00e9s de fotograf\u00edas multiplicadas y repetidas de sus selfies \u2013Angeles con funyi ingenuamente compadr\u00f3n o peluca rubia de tribu anim\u00e9, Angeles haciendo los cuernitos o con una remera en donde las lentejuelas dibujan unas enormes manos tratando de alcanzar su apodo Mummy bordados en su pecho (foto casual que se volvi\u00f3 tr\u00e1gicamente prof\u00e9tica), Angeles haciendo acataa\u00e1 parada en una pierna\u2013 de especulaciones sobre su himen, de sus esf\u00ednteres, de su cuerpo por fuera y por dentro como si la intenci\u00f3n de la prensa fuera ofrecer al consumidor la posici\u00f3n imaginaria del portero Mangeri sin pagar las consecuencias: su goce voyeur antes del crimen, tal vez la justificaci\u00f3n de \u00e9ste.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Esa preocupaci\u00f3n necesaria por los modos de presentaci\u00f3n fue el eje de la pel\u00edcula de Fern\u00e1ndez Mouj\u00e1n y menos, como se sospechar\u00eda apresuradamente, la mera denuncia desde una conciencia edificante de hechos sucedidos en determinados estados y tiempos de la ciencia, la raz\u00f3n y los derechos humanos, para acompa\u00f1ar la Justicia de los m\u00e1s d\u00e9biles. Preocupado porque las denuncias recientes sobre la suerte de Kryygi que a menudo eran acompa\u00f1adas por su fotograf\u00eda desnuda y con sus pechos y pubis cubiertos con las cintas negras del c\u00f3digo de la censura en el porno y porque no deseaba que su c\u00e1mara se superpusiera a la de Ten Kate y Lehmann-Nitsche, Fern\u00e1ndez Mouj\u00e1n filma el desnudo de manera tal que parece impedir que la atenci\u00f3n se detenga en \u00e9l, que el morbo se sume a la contemplaci\u00f3n de una evidencia. Mostr\u00f3 en cambio la sombra en una pared del Melchor Romero, en donde imagin\u00f3 el lugar donde Kryygi hab\u00eda posado \u2013un cierto desgaste, una grisura con la altura de la ni\u00f1a\u2013, hallazgo est\u00e9tico que le permite una hip\u00f3tesis reparadora: ella habr\u00eda salido de su pasividad dolorosa para dejar una huella. Eligi\u00f3 reproducir sus retratos en donde su mirada se pierde un poco, dirigida a un m\u00e1s all\u00e1 de la c\u00e1mara de Lehmann-Nitsche que la ha fijado y parece dirigirse hacia un futuro en donde alguien \u2013otro Alejandro que no fuera Korn\u2013 la pudiera contar de otra manera.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">PAGINA 12<\/p>\n<\/p><\/div>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>El 25 de septiembre de 1896, en un lugar llamado Sandoa del Potrero de Iter\u00eda, Paraguay, el robo y carneada de un caballo desata una venganza. Sus due\u00f1os buscan en el espesor de la selva a los supuestos culpables: un grupo de indios ach\u00e9 que los cient\u00edficos positivistas llamaron guayaqu\u00edes. 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